jueves, 1 de agosto de 2013

La guerra popular y el gobierno comunista en Nepal



La primera revolución comunista del siglo XXI se está desarrollando en Nepal. El Partido Comunista Unificado de Nepal (Maoísta) está llevando a los obreros, campesinos y oprimidos en un movimiento que busca nada menos que todo un mundo nuevo. Desde la destrucción de la Unión Soviética, la clase dominante nos ha dicho que el comunismo esta muerto. Desafortunadamente para ellos, la gente de este pequeño país, desesperadamente pobre no parecen estar escuchándolos.

Los maoístas de Nepal están luchando por hacer un nuevo tipo de revolución en un nueva forma. Ellos no buscan copiar mecánicamente los modelos de la revolución que hemos visto en el pasado, y han hecho un análisis detallado minuciosamente de lo que ven como los errores cometidos en las revoluciones del siglo 20 y cómo se proponen evitarlos. A menudo han sorprendido a sus camaradas y partidarios en todo el mundo con sus tácticas creativas e innovadoras, y tienen coherencia tratando de desarrollar un método para aplicar el marxismo a Nepal, que realmente se adapta a las condiciones en ese país. Ellos toman sus tácticas de un análisis de la realidad que les rodea, no de los libros centenarios.

Tras analizar la degeneración y la eventual derrota de las revoluciones socialistas en Rusia y China, el UCPN (M) ha propuesto que, para tratar de evitar que esto suceda en Nepal, las elecciones democráticas multipartido continuarán incluso después de la toma del poder estatal por la revolución. En ellos se prevé un sistema donde la gente trabajadora común y corriente sean capaces de votar a los burocratas de su cargo si se advierte que las cosas van mal, y el líder maoísta Prachanda ha declarado públicamente que ellos se ven como la continuación de la tradición de Lenin , no de Stalin, que ellos ven, como alguien que ha cometido errores serios. Han propuesto que el ejército de Nepal permanente sea disuelto y reemplazado por el armamento del pueblo. Un sistema de milicias populares responsables a las autoridades del poder local, que a su vez sea responsable de una estructura estatal bajo el control de las masas, en su opinión, hacen de una gran fuerza militar permanente innecesaria.

Han luchado durante casi 20 años por un nuevo Nepal, donde los trabajadores tengan empleos, los campesinos tengan tierras, las nacionalidades oprimidas tengan autodeterminacion, donde las mujeres conquisten la igualdad y la nación tenga plena independencia. Su lucha ha transformado Nepal, y abrió nuevas posibilidades para la revolución y la libertad que el mundo no ha visto en décadas. Una revolución triunfante en Nepal creará un eco escuchado alrededor del mundo, y tendrá un particular impacto de grandes proporciones en los vecinos nepalies, alla en el sur de Asia, como India, donde ya hay un movimiento de avanzada revolucionaria que el gobierno indio ha declarado la mayor amenaza para la seguridad de la clase dominante de la India. Como el hombre del cual los maoístas de Nepal toman su nombre y su ideología una vez dijo, "una sola chispa puede incendiar la pradera". Y, después de siglos de pobreza, de desigualdad y de injusticia en todo el mundo, el pasto está muy seco.

La guerra popular en el Himalaya


Cuando empezó la guerra popular en Nepal en 1996, los combatientes del Partido Comunista de Nepal

(Maoísta) solo tenían palos, hoces, cuchillos khukuris y un par de pistolas. Tres años después, cuando visité una zona guerrillera, todavía no tenían armas modernas, solo escopetas de un tiro. Lo que más empleaban eran granadas caseras y cuchillos khukuris. Me contaron mucho sobre los primeros ataques, contra puestos policiales, usureros, autoridades corruptas y terratenientes. Después de cada ataque reportaban con orgullo la cantidad de armas incautadas: "seis rifles, una pistola y 300 balas", "ocho rifles, un revólver y 780 balas". Lo primero que se me ocurrió fue: ¿cómo esperan ganar con tan pocas armas primitivas?

Hoy, ocho años después, el Ejército Popular de Liberación (EPL) tiene armas modernas: GPMG, LMG, SMG, SLR y lanzacohetes.


Cuando los maoístas iniciaron la guerra popular no tenían ejército popular, entrenamiento ni experiencia en la guerra. Empezaron con pequeños "grupos de combate". La primera escuadra se formó seis meses después y en pocos meses tenían 32 escuadras (de siete a nueve combatientes cada una). En una entrevista que le hice al miembro del Comité Central a cargo de los bastiones maoístas de los distritos de Rolpa, Rukum y Jajarkot, me dijo: "A veces los escuadrones se retiraban de las aldeas donde vivían cuando entraba la policía. Pero cuando se iba, regresaban y el Ejército Popular volvía a establecer el control político y militar. Hacía muchas emboscadas de policías, de pequeñas acciones a mayores, y muchos ataques a puestos y vehículos policiales. Debido a la falta de experiencia, no siempre tenía éxito. Aprendíamos la guerra librando la guerra".


Repito, fue un inicio impresionante, pero a una escala muy pequeña. Tenían escuadras y pelotones (de 24 a 30 combatientes), pero todavía no tenían compañías (100 combatientes).

Pero en 2002, el Ejército Popular de Liberación contaba con varias compañías permanentes y en ocasiones luchaba con brigadas (compuestas de cientos de combatientes). Hoy cuenta con dos divisiones, siete brigadas, 19 batallones, varias compañías, pelotones, secciones y docenas de miles de milicianos, y puede movilizar miles de combatientes para una sola batalla.

Cuando fui a Nepal los maoístas recién empezaban a establecer su autoridad política y organización en las aldeas. En el campo existían "zonas guerrilleras", donde se llevaban a cabo los combates, y recién habían empezado a formar "bases de apoyo", el embrión del "poder político rojo".

Tres años después, a fines de 2002, 10 millones de personas de la región occidental (de la población nacional de 24 millones de habitantes) vivían en zonas bajo el control de los maoístas. Los Comités Populares Revolucionarios Unidos ejercían el poder y movilizaban a las masas para administrar la producción, el abastecimiento de los artículos de primera necesidad, la educación, los servicios de sanidad, la comunicación, el transporte y el sistema judicial.

¿Qué posibilitó los impresionantes avances militares y políticos de la guerra popular de Nepal?

Para empezar, es una auténtica guerra popular que ha movilizado el apoyo de millones de personas. Los campesinos quieren tierra; la mujer quiere eliminar la profunda opresión que sufre; las nacionalidades oprimidas quieren acabar con la discriminación y el sistema de castas; la juventud y los estudiantes quieren un futuro sin pobreza y desnutrición; el pueblo quiere eliminar la opresión extranjera. Los maoístas han dado a las masas la dirección política y militar necesarias para forjar en los hechos el futuro al que aspiran.


En lo militar, el EPL aplica la estrategia militar de Mao Tsetung de "enfrentar uno a diez" en lo estratégico y "enfrentar diez a uno" en lo táctico. Los maoístas sabían que a nivel nacional las fuerzas revolucionarias serían menos que las del gobierno y, por tanto, en lo estratégico se encontrarían en una situación de "enfrentar uno a diez". Pero en lo táctico, en cada batalla, sabían que podían concentrar una fuerza superior para abrumar y eliminar a las fuerzas del gobierno, con la orientación de "enfrentar diez a uno". Así empezaron atacando los eslabones débiles del gobierno, como los puestos policiales menos fortificados.


La guerrilla aplica los principios maoístas de la guerra popular prolongada: evita batallas grandes y procura desarrollar la guerra de guerrillas, atrae a las fuerzas del gobierno hacia las "bases rojas", las cerca y asesta golpes contundentes en los eslabones más débiles. El amplio apoyo popular da a los maoístas la ventaja de inteligencia y reconocimiento. Las milicias populares desempeñan un importante papel político y militar. Así, el EPL pudo llevar a cabo exitosas acciones militares, a pesar de tener armas primitivas y unidades de combatientes relativamente pequeñas. La policía, por su parte, se vio cada vez más a la defensiva y se acuarteló.

Desde el principio, el establecimiento de bases de apoyo para ejercer el nuevo poder político ha sido una parte clave de la estrategia maoísta.

Una vez que expulsaron del campo a la policía, las autoridades y los terratenientes, dejaron de existir también las instituciones que oprimían al pueblo y, en su lugar, los maoístas establecieron el "nuevo poder político". Cuanto más territorio fue capaz de "liberar" la guerrilla por medio de la lucha armada, tanto más pudo consolidar la autoridad política, aunque todavía era tenue.

Hoy los maoístas controlan el 80% del campo. En las bases de apoyo el partido dirige a las masas a ejercer el "poder rojo": a destruir el viejo sistema y sus instituciones de explotación y opresión, y a edificar una nueva base económica, una nueva forma revolucionaria de gobierno, una nueva cultura y nuevas relaciones. A principios de este año se establecieron varios Gobiernos Populares Autónomos, una expresión concreta de la política del partido de autonomía y autodeterminación para las nacionalidades y regiones oprimidas.

La guerra popular ha logrado estos enormes avances a pesar de una salvaje contrainsurgencia. El Ejército Real Nepalés lleva a cabo campañas de búsqueda y destrucción en el campo, mata, tortura y detiene a quienquiera que le parezca guerrillero o "partidario de los maoístas". Con una gigantesca campaña de desinformación y censura, el gobierno ha clausurado periódicos revolucionarios, ha detenido a periodistas, y ha difundido mentiras y calumnias contra los maoístas. La clase dominante ha estado en crisis constante con profundas escisiones e intrigas intestinas sobre cómo lidiar con la guerrilla. El 22 de octubre de 2002 el rey Gyanendra dio un golpe de palacio, destituyó al primer ministro, tomó el poder ejecutivo y disolvió el parlamento.

Por otra parte, la "guerra contra el terrorismo" de Estados Unidos ha abierto las puertas para mayor intervención extranjera y apoyo a la contrarrevolución en Nepal. El gobierno nepalés ha calificado de "terroristas" a los maoístas y el Departamento de Estado de Estados Unidos puso al PCN(M) en la lista de organizaciones "terroristas". Estados Unidos ha apertrechado al Ejército Real Nepalés con entrenamiento y asesores, por lo menos $22 millones de ayuda militar y más de 5,000 rifles M-16. Inglaterra ha dado $40 millones y conseguido que otros gobiernos apoyen económica y militarmente al gobierno nepalés. India ha dado camiones llenos de armas y helicópteros, y está cazando y arrestando a líderes del PCN(M) que se encuentran en India.


Estados Unidos quiere tildar de "terrorista" a cualquier movimiento que desafía su dominio o a sus títeres. El sistema trabaja duro para conseguir que la gente acepte veredictos simplistas sobre las guerras populares, que en esencia condenan a las masas por luchar contra su opresión. Por eso hay ataques y amenazas contra fuerzas fuera de Nepal que apoyan políticamente a la guerra popular. Hace poco el vocero del Departamento de Estado estadounidense dijo: "Hemos designado a los maoístas en una Orden Ejecutiva. Congelamos los fondos que tienen en Estados Unidos en su nombre y en nombre de ciudadanos estadounidenses, y prohibimos que estos tengan transacciones con los maoístas".(Kathmandu Post,24 de abril de 2004)

En una situación como esta es importante entender que hay una diferencia entre la violencia de los opresores y la violencia de los oprimidos. Es importante discutir en serio y comprender el derecho que tiene el pueblo de hacer la revolución.

La revolución en Nepal ha inspirado a muchos y se oponen a la contrarrevolución que promueve Estados
Unidos al apoyar al gobierno nepalés. Aun los que no apoyan y tienen reservaciones sobre la guerra popular deben oponerse a la intervención de Estados Unidos y a que ataque a los que la apoyan.

Si se permite que Estados Unidos ataque a los auténticos movimientos de liberación con el cuento de que apoyan a "terroristas", si acusan de "terroristas" a quienes apoyan políticamente las guerras populares, si se permite que ataquen y persigan a quienes dicen que se necesita una revolución, si el gobierno logra aislar a los activistas más radicales, si el anticomunismo logra dividir al movimiento... esto afectará a todos y acentuará la represión contra todaslas organizaciones y movimientos progresistas, y contra todas las ideas y acciones progresistas.

¿Es posible otro mundo? ¿Será la humanidad capaz de eliminar alguna vez las disparidades entre países, nacionalidades, el hombre y la mujer, y las religiones? ¿Hay otro camino para este mundo que no sea la globalización del McWorld o la jihad del fundamentalismo religioso?


Los defensores del capitalismo contestarán que el "comunismo está muerto" y que el camino de la guerra popular maoísta está pasado de moda. Pero la verdad es que en los montes Himalaya han ascendido a nuevas alturas hacia la meta de crear una nueva sociedad libre de todas las formas de opresión y desigualdad.


Instauración del gobierno socialista nepalí

Pocos saben que Nepal está saliendo del feudalismo conducido por un gobierno comunista y, por añadidura, “maoísta”. Los grandes medios ocultan que esta pequeña nación enclavada a los pies de los Himalayas tiene un liderazgo izquierdista que surgió de “elecciones libres”, sepultó a una monarquía de 240 años y, en este siglo 21, comenzó a liquidar el feudalismo y a reformar la sociedad en favor del campesinado pobre, que constituyen la gran mayoría de los 28 millones de nepaleses.

El 18 de agosto se juramentó como primer ministro quien fuera el líder de una guerrilla “maoísta” que luchó casi 11 años por derribar la monarquía, depuesta el 28 de mayo por una Asamblea Constituyente (AC) que el 15 de agosto designó como primer ministro a Pushpa Khamal Dahal, de 53 años, maestro de escuela, conocido mejor por “Prachanda”, su nombre de guerra durante la década en que dirigió la lucha armada (1996-2006). Prachanda se traduce indistintamente como Formidable, Terrible o Feroz, según el sesgo ideológico o el color del cristal con que el “traductor” observe al personaje.

El nuevo gobierno debió enfrentar de inmediato la tragedia de una violenta temporada de monzones, que requirió evacuar a más de 100 mil personas afectadas por inundaciones. El 6 de septiembre se abolió el sistema feudal llamado Haliya, que existía desde tiempos inmemoriales y consistía en que los campesinos trabajaran para los terratenientes bajo un acuerdo de aprendizaje. La abolición fue reclamada por los propios "haliyas" en manifestaciones de protesta en Katmandú, la capital de Nepal. El gobierno anunció un programa de rehabilitación para siervos liberados, que son aproximadamente 100.000 labradores pertenecientes a una casta inferior, según el sistema feudal hinduísta, con mayoría de la etnia "tharu".

Los grandes medios, agencias de noticias y cadenas tipo CNN han ignorado los profundos cambios políticos en esta pequeña nación enclavada entre la India y China, cerca del Tíbet. Con 140.000 km2, tamaño semejante a la mitad del Ecuador –aunque duplica su población de 14 millones–, vivió una guerra civil desde 1996 a 2006, con un balance de 13.000 muertes. La “guerrilla maoísta” y la monarquía de 240 años de tradición hinduista-budista negociaron la paz en 2006.

A diferencia de Guatemala, El Salvador y otros países que vivieron su propia guerra civil de campesinos pobres contra latifundistas, los acuerdos de paz en Nepal culminaron en elecciones que ganaron los ex guerrilleros que depusieron las armas, el 10 de abril de 2008. La sorpresiva victoria del partido de los ex combatientes condujo a una Asamblea Constituyente (AC) que abolió la monarquía y se consolidó como nueva expresión máxima del poder político y de una soberanía popular republicana y democrática.

Aunque la monarquía se abolió en mayo, las negociaciones para formar un gobierno se prolongaron hasta agosto, debido a que ninguna de las fuerzas políticas alcanzó mayoría absoluta en la AC. El Partido Comunista (Maoísta) de Nepal (PCN-M), motor de la guerrilla de 11 años, alcanzó la votación más alta y la supremacía indiscutible de un futuro gobierno con 220 (38%) de los 575 escaños de la Asamblea, pero sin mayoría absoluta.


Y de esta manera, la república democrática y federal más joven del planeta llegó a ser gobernada por el Partido Comunista (Maoísta) de Nepal (PCN-M), influido por China, y dos aliados, el Partido Comunista (Marxista-Leninista Unificado) de Nepal (PCN-MLU) y el Foro de los Derechos del Pueblo Madhesi (FDPM), más otras expresiones pequeñas del mapa político local, como el Frente Popular de Nepal, el Partido Comunista de Nepal (Marxista-Leninista) y el Partido Comunista de Nepal (Unido). La etnia madhesi, que habita las llanuras del sur, habla la lengua hindú y tiene una fuerte influencia cultural india).

Las "niñas diosas" van al colegio

Las transformaciones de Nepal comenzaron antes, mientras la guerrilla llegó a controlar 70% del territorio. Cuando los guerrilleros se sentaron a negociar la paz tenían una fuerza militar-territorial real. La victoria de abril legitimó cambios que se pusieron en marcha mientras el PCN-M consolidaba su proclamada “guerra popular” para “liberar a Nepal del imperialismo, el feudalismo y el capitalismo”. Según la publicación estadounidense Revolution Newspaper, la guerra estuvo basada en el campo, donde estableció áreas de influencia y poder, pero también se desarrolló un movimiento político izquierdista masivo en las áreas urbanas.

Los escasos informes favorables al nuevo estatus indican que la revolución trajo de hecho dramáticos cambios positivos en los territorios bajo su control político. Por ejemplo, las mujeres organizaron sus filas, convirtiéndose en líderes políticos y aprendiendo a leer y a escribir. Simultáneamente, comenzó a desafiarse el sistema de castas basado en la religión hindú y aparecieron nuevas formas de poder, como los tribunales populares formados por aldeanos para resolver conflictos locales. También se redujo el alcoholismo, que siempre ha sido un grave problema entre los pobres de todo el mundo. Y aunque en algunas áreas todavía continúan efectuándose casamientos de niños, tal costumbre se ha vuelto ilegal y la gente ahora puede elegir a sus parejas sin tomar en cuenta la casta.

Entre los grandes cambios del fin del feudalismo, el Tribunal Supremo dispuso en agosto que las "niñas diosas" o "kumaris" pueden ahora abandonar su reclusión en los templos para asistir a clases, como cualquier otro menor, acogiendo un reclamo presentado hace tres años por la abogada Pun Devi Maharjan, activista de derechos humanos. "El Tribunal ha pedido al Gobierno que continúe con la tradición, pero sin que se violen los derechos de las 'kumaris', como la educación o la sanidad, de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas para la Infancia", explicó el vicesecretario de la corte superior Hemanta Rawal.

Las "kumaris" son seleccionadas entre niñas que no han alcanzado la pubertad por poseer 36 virtudes que las harían "perfectas". Una de ellas ofrenda sus poderes al “dios rey” en las fiestas hinduista-budista de Indra Jata que consumen una semana de septiembre. Para convertirse en Kumasi, una niña de 5 años debe pasar una noche sin llorar en un cuarto oscuro lleno de sapos y culebras. Alabadas porque protegen de los demonios, su divinidad implica una vida de reclusión en un templo, sin asistir al colegio ni disfrutar de una infancia normal. Sólo salen una vez al año, al final del monzón, para repartir sus bendiciones en el Indra Jata. Con la primera menstruación dejan de ser divinidades y son sustituidas por otras niñas.

Premier comunista, presidente opositor


La nueva institucionalidad registró un avance curcial el 21 de julio, cuando la Asamblea Constituyente designó a Ram Baran Yadav, del opositor Partido del Congreso, como el primer presidente de Nepal, con 308 votos obtenidos en segunda ronda. A su vez, el presidente Yadav le encomendó a Prachanda la formación del nuevo gobierno por su condición de líder de la primera fuerza en la Asamblea y el 18 de agosto le tomó juramento como jefe de estado. A su turno, el primer ministro designó a los 24 miembros del gabinete nominados por los partidos integrantes de la coalición de gobierno, quienes recibieron más tarde el respaldo de la Asamblea Constituyente.


Prachanda fue elegido primer ministro el 14 de agosto, tras varias semanas de negociaciones, resultando aprobado por 464 de los 577 diputados que ese día votaron y también designaron al Vicepresidente y a otras autoridades. Dos días después, el domingo 17, apareció una primera mano negra contraria a estos cambios bajo la forma de un bombazo en la casa del vicepresidente Paramananda Jha, del Foro Madhesi.

El político resultó ileso, pero fue herido un guardia y aún se investigan móviles y autores. Ese mismo día, los partidos de gobierno escogieron a sus ministros y viceministros. También establecieron un código de conducta para sus funcionarios.

El único oponente que tuvo Prachanda fue Sher Bahadur Deuba, veterano líder del Partido del Congreso de Nepal, quien fue primer ministro en tres oportunidades. Recibió 113 votos de su agrupación –y 438 en contra– y “optó por sentarse en la oposición en vez de sumarse a un gobierno que procuró representar a una coalición nacional de partidos”, señaló Prensa Latina. Nepal tiene, entonces, un primer ministro comunista y un presidente… de oposición.

Deuba se perfila como el jefe de la oposición. Grandes medios como la agencia italiana ANSA comenzaron a inflarlo temprano, al afirmar que “sus compañeros de partido expresaron su preocupación que el nuevo gobierno, guiado por un líder más acostumbrado al lenguaje de las armas que al de la política --la guerra civil en Nepal causó más de 13 mil muertos en un decenio-- represente un peligro para el país”. Como suele ocurrir en este tipo de lenguaje “periodístico”, no existen fuentes para el origen de tales “preocupaciones”.

ANSA añadió una lápida propia sobre “el riesgo que correría la independencia de la magistratura y las fuerzas armadas bajo un gobierno maoísta [aunque] Prachanda obtuvo el voto de casi todos los partidos nepaleses, y deberá conducir la transición política tras el ocaso de la monarquía absoluta de Gyanendra”. La británica Reuters fue menos corrosiva. Se limitó a señalar que “…eligieron este viernes a un maoísta que lideró una insurgencia de una década contra la monarquía hindú como el nuevo primer ministro de Nepal, marcando el cambio radical de la nación himalaya hacia una república democrática”.

Reuter añadió: “Los legisladores abrazaron a un radiante Prachanda, quien dijo: ‘Estoy muy entusiasmado en este momento’. Fuera de la asamblea, cientos de seguidores maoístas bailaban, algunos ondeando banderas con los emblemas de la hoz y el martillo. ‘¡Vivan los maoístas!, ¡Larga vida a Prachanda!’, gritaron cuando su líder emergió de la asamblea con lentes y vistiendo un traje negro y camisa azul”.




Baburam Bhattarai, considerado el número dos en la jerarquía partidaria, comunicó que los dirigentes de su organización política, incluyendo a Prachanda, ya no ocuparán cargos en el Ejército rebelde maoísta y que devolverán las propiedades incautadas durante la guerra. "Hoy es un día de orgullo y estará escrito con letras doradas en la historia de la nación", dijo Bhattarai.


Las ex guerrillas maoístas todavía están en la lista estadounidense de organizaciones terroristas, a pesar de que funcionarios de Washington se han reunido con Prachanda y Estados Unidos fue uno de los primeros en reconocer la elección del nuevo líder, según Reuters. "Esperamos que la elección del nuevo primer ministro remueva el último obstáculo para acelerar la formación de un Gobierno, una acción constructiva en temas clave respecto a Nepal y un inicio de la difícil, pero necesaria, tarea de redactar una nueva Constitución para Nepal", dijo la embajada de Estados Unidos en un comunicado citado por la agencia británica.

Reuters asegura que el ex comandante en jefe de la lucha guerrillera librada contra la monarquía en la jungla de los pies del Himalaya “le cedió el paso a un político astuto, insistiendo en que los maoístas no son ‘comunistas dogmáticos’ y que la globalización y libres mercados son hechos de la vida”.

Los primeros mensajes de felicitación a Prachanda llegaron desde la India, Paquistán, Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y China, cuyo primer ministro, Wen Jiabao, resaltó los tradicionales lazos de amistad entre los dos vecinos por más de medio siglo y expresó la disposición de Beijing de trabajar estrechamente para desarrollar nexos de cooperación en varios campos, dijo Reuters.

El nuevo gobierno fue viable cuando Prachanda logró el apoyo del PC Marxista Leninista y del Foro que representa a la minoría "madheshi", de origen indio, que habita en los llanos del sur del país y cuyo líder fue víctima del atentado a su domicilio. Hasta ahora el poder ejecutivo estuvo encabezado por Girija Prasad Koirala, líder del Partido del Congreso, que se convirtió en la segunda fuerza de la Asamblea tras las elecciones de abril, ganadas por los maoístas (Ver cronología).

El proceso de paz en Nepal comenzó en noviembre de 2006 con la firma de un acuerdo entre el gobierno de Koirala y la guerrilla maoísta, tras diez años y 10 meses de guerra. Las elecciones de abril y la abolición de la monarquía en mayo fueron hitos decisivos en este proceso. El rey Gyanendra abandonó el trono por su propia voluntad, después varios años de su propia guerra civil soterrada contra la guerrilla maoísta.

¿Quién es Prachanda?

"Prometo en nombre del pueblo que seré fiel a la nación soberana de Nepal", dijo el 18 de agosto quien fuera el hombre más buscado de Nepal, saludado por el nuevo himno republicano interpretado por una banda del ejército antiguamente real. Sentado en su nueva oficina y ataviado con una chaqueta gris y sombrero tradicional nepalí, el primer ministro Prachanda dijo a los periodistas: "Es bastante claro que el proceso de paz tiene que ser conducido a una conclusión lógica y mi prioridad será preparar una nueva Constitución". Otras urgencias que debe enfrentar su gobierno son la escasez de combustibles y alimentos y el inicio de "la transformación socioeconómica a través de una reforma agraria". La economía nepalesa está devastada.


Hasta 2003 sólo se conocía una foto de Prachanda –como “terrorista más buscado”–, pero desde que se convirtió en primer ministro, su imagen aparece en las portadas de todos los diarios locales. El dirigente pasó 25 de sus 53 años de edad en la clandestinidad, diez de ellos en la “guerra popular” de casi 11 años. Prachanda anunció que próximamente dará a conocer los programas sociales destinados a aliviar los padecimientos de un pueblo agobiado por las alzas de precios. Dijo que, además de los programas de ayuda social, la prioridad de su gobierno es preservar la ley y el orden.


El gobierno deberá redactar el borrador de una constitución y resolver la reinserción social de 19.000 ex guerrilleros ahora confinados en campos, en cumplimiento del tratado de paz de 2006. El gobierno deberá resolver cómo integrarlos en las filas del ex ejército real. "Ya acabamos de arrancar las raíces del feudalismo en Nepal. El gran programa del nuevo gobierno será el nacionalismo, el republicanismo y la transformación socio-económica", precisó.

Cuando entregó las armas el 21 de noviembre de 2006, Prachanda fue loado como héroe y anunció que abandonaba la violencia para siempre y que convertiría a su guerrilla en una fuerza democrática. Gopal Sharma, un periodista de Reuters, lo comparó sibilinamente con dos personajes satanizados por la prensa mundial, el peruano Abimael Guzmán y el camboyano Pol Pot, aunque sin mencionarlos: “… A sus 53 años, a este ex profesor con bigote y gafas, sonriente y cordial, le costará quitarse de encima su reputación de señor de la guerra, inspirado por Mao y su 'Revolución cultural', los peruanos de Sendero Luminoso y los Jemeres Rojos de Camboya”.

Nepal es uno de los países más pobres del mundo. Según la Agencia de Alimentos de Naciones Unidas es una de las 16 "zonas de hambre" por el creciente precio de la comida y una escasez crónica de energía. Los secuestros y robos son bastante frecuentes. Sobre Prachanda recaen las esperanzas de millones de nepaleses, que anhelan mejorar sus condiciones de vida. Millones de campesinos sueñan con una reforma agraria.

-Fuente: http://www.revcom.us/a/1238/nepal_s.htm , http://www.rebelion.org/noticia.php?id=72491 , http://kasamaproject.org/2010/03/17/new-pamphlet-from-new-zealand-revolution-in-nepal/



Contexto

Nepal fue el primer país del mundo en el que un movimiento comunista llegó al poder por las urnas. Analizamos la historia del movimiento maoísta nepalí con el propósito de identificar los elementos claves que lo hicieron posible, cuáles fueron sus faltas y qué ha significado para el país asiático ¿Será al otro lado de la cordillera del Himalaya donde triunfen finalmente las ideas de Mao?

Nepal es uno de esos pequeños Estados que pasa desapercibido políticamente en el escenario internacional. Lo poco que sabemos del país surasiático procede de las fotografías de las nevadas cumbres del Himalaya, la magnificencia de sus estupas budistas y, en el peor de los casos, las catástrofes derivadas de terremotos, aludes e inclemencias climáticas. Sus gentes aparecen durante unos segundos en las pantallas de nuestros televisores para desaparecer tras los sucesos de países más relevantes. Sin embargo, tras la imaginaria calma de elefantes y leopardos de las nieves se escondió un crudo conflicto bélico que se cobró en una década, según cálculos diversos, entre 13.000 y 17.000 vidas, desplazó a otras 100.000 y derrocó a una monarquía de más de 240 años. Asimismo, fue escenario de un evento aún más llamativo: la llegada al Gobierno nacional de un partido maoísta, el primero en conseguirlo por las urnas en toda la Historia.

La nación del Himalaya

Nepal es la nación más antigua del sur de Asia, producto de la campaña de conquistas de la dinastía de los Shah en la segunda mitad del siglo XVIII. Procedentes de las regiones altas del territorio, su expansión solo se detuvo al norte por el poderío chino y al sur por el Imperio británico, lo que daría lugar a los límites del Nepal actual. En su seno quedarían acogidas multitud de identidades diversas, algunas con más conexión con las planicies indias del sur que con la nación recién nacida al pie de las montañas.

Los nuevos gobernantes impondrían un régimen semejante al feudalismo destinado al control de la producción agrícola —ocupación de la mayor parte de la población—, en manos de una élite de realeza, militares, clérigos hinduistas y mercaderes. En este proceso se impondría además un estricto sistema de ordenación social en el que los grupos fuera del sistema hinduista de castas quedarían relegados a los eslabones más bajos. Además, el nepalí se fijó como lengua única, con la marginación e incluso la prohibición de las demás. Se iniciaba así una larga historia de autocracia que la dinastía de los Ranas proseguiría a partir del siglo XIX.

Con más de un 70% de la población viviendo de la agricultura y más de tres cuartos de población rural, el contexto era el ideal para que las ideas de Mao Tse Tung sobre la guerra popular y la vanguardia campesina arraigaran con fuerza, lo que daría a luz a uno de los movimientos revolucionarios más exitosos de la región, que terminaría recluyendo al Gobierno de Nepal dentro de la capital, Katmandú, tras haber empezado como una pequeña revuelta en las zonas montañosas del oeste del país. Tras la puesta del sol, el país entero caía bajo su control y un anuncio de una huelga por la organización bastaba para paralizar a sus más de un millón de habitantes. No obstante, para entender las raíces de este movimiento debemos remontarnos a sus orígenes.

Los orígenes del maoísmo nepalí

El maoísmo nepalí se entrelaza en sus orígenes con la oposición a una monarquía de más de dos siglos y al férreo sistema de clases impuesto por ella. También se alimentó de unas profundas y marcadas desigualdades económicas y de los conflictos étnicos que convirtieron en antagonistas a los pobladores de las llanuras —el Terai— con los de las zonas altas del país. Sería además la primera gran insurgencia contra los poderes oligárquicos en toda la Historia del país y la primera en situar la cuestión étnica en el centro de la política.

A principios del siglo XX, las poblaciones del sur nepalí se verían fuertemente influenciadas por el movimiento independentista de la India, y algunos grupos incluso operarían en territorio indio para intentar derrocar a los Ranas. Serían concretamente los gurjas, los nepalíes integrados dentro del Ejército británico como cuerpo de élite, los que más se empaparon de los ideales revolucionarios, así como las comunidades nepalíes del ámbito universitario. Aunque de estas semillas surgirían diversos grupos dispuestos a derrocar a la dinastía de los Ranas y a sustituirla por un régimen constitucional, la brutal represión terminaba siempre con los intentos de insurrección. Además, los movimientos —en parte por falta de medios, en parte por la política aislacionista de los Ranas— jamás consiguieron hacer sus ideas virales.

Así pues, el movimiento comunista como tal no aparecería en Nepal hasta 1947, en una huelga de los trabajadores de una procesadora de yute en Biratnagar. El líder de la protesta, Man Mohan Adhikari, formaba parte del Partido Comunista de la India (PCI). A su vez, Pushpa Lal Shrestha, miembro del Parlamento nepalí por aquel entonces, abandonaba la política institucional convencido de la necesidad de iniciar un movimiento comunista en el país, y fue el que tradujo el Manifiesto Comunista al nepalí en 1949. Ese mismo año Adhikari y Shrestha fundarían junto a otro pequeño grupo de hombres el Partido Comunista de Nepal (PCN). Su principio fundacional no podía ser más caro: “Libertades civiles para todas las clases”, y desde los inicios la lucha armada formaría parte de sus principios básicos.

 


La fundación del partido coincidió con un momento clave para la Historia de Nepal: el levantamiento popular contra la oligarquía de los Ranas en 1950. En él confluyeron todos los movimientos que rechazaban la dinastía de los Ranas, que se habían ido configurando en territorio indio durante las décadas previas, articulados en un movimiento masivo de desobediencia civil desde la huelga de 1947.

Aunque las Ranas fueron expulsados y se promulgó una nueva Constitución, que estableció un sistema de monarquía parlamentaria dirigida por el rey Tribhuvan, el PCN consideraba que su labor revolucionaria no terminaba ahí. En su primer congreso estableció el principio de la movilización de masas permanente para terminar con las tareas que la revolución había dejado pendientes, principalmente el mantenimiento del sistema feudal, dominado por las élites de Katmandú.

En 1960 el rey Mahendra, aprovechándose de sus poderes especiales, disolvió las Cortes e impuso un sistema de democracia guiada y el sistema de jerarquización social del panchayat. A partir de entonces, las actividades políticas de todo tipo pasarían a la clandestinidad, en cuyas sombras se forjaría el movimiento comunista. Los partidos políticos fueron totalmente prohibidos y en 1962 vio la luz una nueva Constitución que establecía Nepal como un Estado hinduista. En este contexto comenzarían las primeras escisiones y divisiones internas dentro del movimiento comunista entre aquellos más moderados, apoyados desde Moscú, y los prochinos, que se negaban a aceptar los movimientos del monarca al considerar que el sistema resultante no hacía sino mantener un régimen militar. Como ocurría en todos los puntos el planeta, la Guerra Fría y la ruptura sino-soviética repercutían en el desarrollo político de Nepal. Durante la siguiente década, los principales cuadros del partido permanecerían exiliados en India o encarcelados, sin poder articular actividades políticas de verdaderas repercusiones al estar internamente divididos.


El siguiente punto de inflexión llegó con un nuevo movimiento revolucionario: el levantamiento de Jhapa en 1971. Motivados por la creación del PCI pocos años antes y por el alzamiento de los naxalitas en el vecino estado indio de Bengala occidental, un grupo de activistas lanzaría una guerra de clases contra los señores feudales de esta provincia remota del extremo oriental del país. La insurgencia fue brutalmente reprimida, pero dio lugar a la organización comunista más grande del país, el PCN (Marxista-Leninista Unificado), en cuyo seno nació en 1978 el PCN (Marxista-Leninista) —PCN(ML)—. El partido fomentaría la integración de todos los pequeños grupos revolucionarios y para 1990 contaba ya con delegaciones en 50 distritos, lo que la convertía en la organización comunista más grande del país.


A finales de los 70 y a lo largo de los 80, las manifestaciones y protestas en contra del panchayat se sucedían y los comunistas no se quedaron atrás: pasaron al uso de atentados con bomba en diferentes ciudades. En 1990 el PCN(ML) conseguiría unificar a todos los grupos comunistas del país en el Frente Unido de Izquierda, que se uniría al Partido del Congreso para intentar poner fin al panchayat y establecer un sistema pluripartidista. La organización resultante, el Movimiento Nacional Popular, conseguiría poner fin al sistema panchayat en abril de 1990. Se impuso entonces una nueva Constitución basada en los principios de la democracia liberal.

Aunque lo consideraban incompleto, pues el nuevo orden seguía favoreciendo a una pequeña parte de la sociedad nepalí —las castas urbanizadas de las zonas altas— con sus políticas de corte neoliberal, los maoístas fueron obligados a aceptar el proceso de reformas. Finalmente, durante las elecciones legislativas de 1994, las facciones radicales del grupo se hicieron fuertes y en 1995 fundaron el PCN (Maoísta).

Desde su fundación como partido, los maoístas iniciaron una ofensiva contra el Gobierno y las oligarquías atacando a funcionarios del Gobierno y terratenientes. No obstante, sus actividades estaban más centradas en el ámbito ideológico que en el militar. La severa respuesta del Gobierno, que mandó desde Katmandú hasta 1.500 policías y realizó cientos de detenciones arbitrarias y torturas, hizo escalar la violencia hasta que los maoístas lanzaron la guerra popular apelando al “derecho a la rebelión”. El secularismo, el republicanismo y la cuestión de los derechos de las minorías se convirtieron en el centro de su discurso, así como la autonomía de las diferentes etnias, con las reivindicaciones puramente económicas relegadas a un segundo plano. Con ello, la casta y la etnia se convirtieron en los principales ejes de movilización del maoísmo nepalí.



Más allá de las desigualdades determinadas por la jerarquía social, la discriminación que los maoístas pusieron en el centro de sus reivindicaciones era de carácter territorial. Además de imponer el liderazgo de las etnias hinduistas de las zonas altas —un territorio en el que conviven más de cien grupos—, los oligarcas nepalíes habían favorecido durante años un sistema económico extremadamente centralizado en la capital y que negaba a las empobrecidas zonas rurales de la periferia la oportunidad de acceder a los recursos del Estado o a las ayudas internacionales, algo que ha condenado a Nepal a permanecer a la cola en el índice de desarrollo humano. Los maoístas fueron los primeros en denunciar esta situación y abogar por una reforma agraria radical que restableciera una propiedad equitativa de la tierra; asimismo, reivindicaron autonomía política para las provincias y derechos igualitarios para sus habitantes y lucharon por su representación equitativa en las instituciones. Así, el movimiento se convirtió en portavoz de la gran masa de desposeídos del país.


Sería precisamente desde estas regiones desde las que el 13 de febrero de 1996 los maoístas iniciaron su ofensiva rebelde y tomaron por sorpresa a todo el país. El levantamiento fue dirigido por una facción escindida del PCN en 1994, a la cabeza de la cual se situaba Pushpa Kamal Dahal, más conocido por su alias: camarada Prachanda, el Feroz. Durante muchos años, Katmandú ignoraría el reto de los maoístas considerándolos un anacronismo guerrillero y, simple y llanamente, terroristas. Sin embargo, mientras los diferentes partidos y facciones políticas se entretenían en sus guerras intestinas por el control de la política nepalí, los rebeldes iban ganando progresivamente apoyo y control fáctico de las extensas zonas rurales nepalíes y atrayendo hacia su causa a las numerosas masas empobrecidas. La guerra civil y la llegada de la precaria democracia abrieron simultáneamente los primeros espacios de participación política para estas poblaciones, que se unirían a la lucha para ganar oportunidades de representación en las instituciones como garantía de defender sus derechos y con la esperanza de acabar con la pobreza económica. Los maoístas consiguieron así poner en jaque a un ejército excelentemente armado por la India y EE. UU —en su mayor parte, con las propias armas que les habían arrebatado— hasta controlar el 80% del país.

Mientras el conflicto se alargaba y los maoístas iban conquistando poco a poco el país, hasta doce Gobiernos distintos se sucedieron, ninguno de ellos capaz de manejar la compleja situación del país ni llegar a acuerdos suficientemente sólidos con el resto de las fuerzas políticas. En este contexto, en 2001 el príncipe Dipendra, ya en el trono, asesinaría a casi toda su familia antes de quitarse la vida. Su hermano Gyanendra sería el sucesor y, poco después de llegar al poder, puso fin al corto experimento democrático nepalí reinstaurando la monarquía absoluta con ayuda de los militares y aislando al país del resto del mundo.

El golpe de Estado supuso un giro de 180 grados en la política nepalí: los partidos políticos, al ser ilegalizados, se aliaron con los maoístas contra el poder dictatorial del monarca. Así, a la lucha armada de los guerrilleros se uniría de repente un poderoso movimiento popular que llenaría las calles de Katmandú clamando por la reinstauración de la democracia parlamentaria. En abril de 2006 el rey se vio obligado a ceder ante la presión social y en noviembre las fuerzas maoístas y las parlamentarias llegaron a un acuerdo de paz que puso fin a la guerra.

A partir de entonces, un Gobierno interino —en el que también estaban integrados los excombatientes— comenzó a trabajar para la celebración de unas elecciones destinadas a formar un Parlamento constituyente. En 2008 la primera asamblea constituyente democráticamente elegida de la Historia de Nepal quedó establecida y en ella los maoístas, pocos años antes considerados una organización terrorista, se alzaron con la mayoría.

La revolución inconclusa

A pesar de todo, la llegada de los revolucionarios a las estructuras de poder no fue ningún camino de rosas. Es cierto que se lograrían grandes victorias, como la reintegración de los excombatientes en la sociedad y el desarme del grupo. Sin embargo, dos cuestiones siguieron, hasta nuestros días, dividiendo a las fuerzas políticas y a la sociedad: la reestructuración territorial del Estado y la forma de gobierno que adoptar.

El proceso constituyente se prolongó durante cinco años —tres más de lo estipulado— y no produjo los resultados esperados. Los madhesis y los tharus, principales representantes de los habitantes de las llanuras del sur nepalí —donde se concentra hasta un tercio de la población del país, de los cuales el 40% carece de ciudadanía— seguían sin ser tenidos en cuenta. Cuando se celebraron las elecciones generales tras la redacción constitucional, en 2013, los maoístas se llevaron el duro golpe del voto de castigo, relegados al tercer puesto. Inmediatamente, el partido protestó levantando acusaciones de fraude y amenazando con boicotear todo el proceso electoral. La inestabilidad volvía al país y ponía en peligro el arduo y delicado proceso democrático.

En 2015 se redactó una nueva Constitución y de nuevo las movilizaciones estallaron en el sur. Los excluidos seguían excluidos y Katmandú seguía ignorando las reivindicaciones procedentes de las provincias del sur, deseosas de autonomía y una representación política proporcional a su peso poblacional. Aún hoy, las movilizaciones persisten.

Aunque en constante mejora, los principales conflictos del país siguen sin resolverse, con el sistema de castas fuertemente intrincado en la estructura social, grupos como las mujeres, los intocables y los musulmanes tremendamente excluidos y persistentes desigualdades. Nepal sigue siendo uno de los países más pobres de la región, con una esperanza de vida que no supera los 70 años y una tasa de alfabetización que no llega al 60%. Por todo ello, si bien no hay grandes probabilidades de que un conflicto a gran escala estalle pronto, el país aún precisa verdaderas reformas de tipo territorial y social, contra la corrupción y en pro de la gobernabilidad y los derechos humanos, reformas que hagan que los sueños de revolución que tantas vidas se llevaron puedan por fin cumplirse.

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