2 de marzo de 2018

Por qué la izquierda no es capaz de afrontar problemas políticos. Parcelas e identidad

Intelectuales de la izquierda burbuja descubriendo que a las clases populares les gustan la nación y la familia



Nuestro país, que fue sociológicamente de izquierdas a partir de la Transición, lo es ahora de derechas, aunque parece que en eso no se distancia de la mayoría de países de Occidente. Los resultados electorales de los últimos años no habrían hecho otra cosa que reflejar en la política las tendencias sociales y serían un buen indicativo de cómo la batalla de las ideas ha sido perdida por los partidos de izquierda. Siempre habrá alguien en el lado zurdo de la política que siga negando esto, así como tertulianos de la derecha que insistan en que los rojos han colonizado los medios, la cultura, etc., pero la realidad está ahí fuera.

La izquierda ha tenido mucha culpa en este viraje, aunque buena parte de ella no quiera ser consciente ni del giro social ni de su papel en ese proceso. Hay varios aspectos ligados a esta pérdida de aceptación e influencia sociales que deberían estudiarse. Uno de ellos, y no el menor, es su escasa capacidad para contrarrestar la reacción liberal que tuvo lugar con Reagan y que ha dominado primero los discursos públicos y después las mentalidades de una mayoría ciudadana desde 1980.

Lo que ese modelo proponía lo sintetizó Margaret Thatcher en esta frase: “There's no society”. La primera ministra británica subrayaba con su sentencia que lo colectivo no existía, que nuestro mundo se componía únicamente de seres individuales con sus intereses y preferencias. Este marco de pensamiento dio lugar a numerosas ideas populares todavía hoy: se glorificó a los emprendedores, que habían labrado su camino por sí mismos, se aplaudió a las estrellas deportivas, se celebró el éxito, especialmente el económico, se multiplicaron las invocaciones a que cada cual encontrase su propio camino y su verdadero yo y se fragilizaron los lazos sociales (en el trabajo, en la familia y en las comunidades) que eran típicos de las sociedades precedentes.

Lo que la izquierda defiende

Frente a esta concepción de sociedad, la respuesta que dio la izquierda no fue oponer otro modelo, ni profundizar en el anterior ni inventarse uno nuevo. Más bien, prolongó la propuesta liberal de Reagan, solo que ampliando la unidad de medida. Su forma de contestar a un cambio radical, primero económico y luego cultural, fue sacar al individuo de la ecuación y sustituirlo por los colectivos: la izquierda defendía a las mujeres, los emigrantes, los gais, lesbianas y transexuales, los ecologistas, las minorías étnicas, los jóvenes precarios, las personas en situación de pobreza energética, a las nacionalidades históricas, y todos los demás grupos que pudiera ir sumando.

De modo que tampoco había sociedad, en el sentido de que no había un todo que cobijara a las partes. No había proyecto común: los liberales incitaban a que cada uno mirase por sí mismo, la izquierda a que cada grupo tuviera más derechos. El cierre cohesivo que encontraron a esa marea de neutrones dispersos fue peculiar. Para la derecha, existía un poder central, el del Estado, contra el que había que luchar siempre porque distorsionaba la acción de los individuos, interfiriendo, limitando o prohibiendo sus legítimos intereses y elecciones. Del mismo modo, la izquierda encontraba en el centro de la articulación social un núcleo que combatir, el del hombre blanco, heterosexual, de mediana edad, que ejercía el poder y que oprimía sistemáticamente a los diferentes.


Y ahora, el trabajo

Este esquema no afectó, en el caso de la izquierda, únicamente a su afición a las políticas de la identidad, sino que dibujó un modo de mirar el mundo que han ido aplicando a cada campo que han encontrado. Cuando analizan un terreno, solo ven parcelas. El trabajo es un buen ejemplo, porque cuando lo abordan, repiten la plantilla: hablan de precarios, mujeres, de jóvenes, muchos de ellos cualificados, que no encuentran un puesto dignamente remunerado o que tuvieron que emigrar, o de teleoperadores. No solo quedan fuera el resto de categorías sino que tampoco hay una comprensión de lo que el trabajo significa, de los cambios que ya se han producido en todas sus escalas o de las transformaciones que se esperan, lo que impide, de paso, entender cómo funciona el capitalismo en el que vivimos. Así, más que propuestas o soluciones acordes con los tiempos, lo que ponen sobre la mesa son parches que beneficien a los colectivos que han tenido en consideración. En el peor de los casos, ofrecen la sensación de que el trabajo es poco relevante, porque con la renta básica todo quedará solucionado, lo cual es nefasto para generar simpatías en la sociedad.

El consumo es otro terreno en el que se reflejan de una manera palpable las limitaciones de su esquema. Baste un ejemplo, el de la energía. El recibo de la luz se incrementó de media 10 euros en los cuatro últimos meses, y 2017 se ha cerrado con un aumento anual medio del 10%. Lo que pagamos por la energía que consumimos es mucho más que hace años. Ante esta situación, lo que hace la izquierda es buscar parcelas en las que cavar. Han hallado dos: lo malas que son las puertas giratorias, porque los políticos van a los consejos de administración y luego pasan estas cosas, y la defensa de las personas en situación de pobreza energética. Pero esta es una lectura endeble, porque la primera causa es bien conocida y todo el mundo la denuncia (al menos, en cuanto discurso); porque situaciones especiales para las personas en pobreza energética las reconoce hasta el PP, y tercero, porque eso implica pasar por alto las razones por las que nos están subiendo la luz y, por tanto, impide encontrar formas reales de operar en ese terreno. De nuevo evita todo análisis sistémico, y prefiere centrarse en aspectos parciales. Pero como el problema es general y han subido los precios a todo el mundo, si no eres alguien en una muy mala situación, la izquierda no estará a tu lado; si llegas a final de mes, aunque sea pelado, ya no entras en la parcela que ellos trabajan.



Cuando analizan un terreno, solo ven parcelas

El ejemplo identitario por excelencia

Actuar así construye un notable obstáculo, ya que al centrarse en los subgrupos se han olvidado del conjunto y, de esta forma, pierden muchas opciones tanto de generar simpatía social como de tejer una alternativa válida para una mayoría de españoles. El ejemplo identitario por excelencia en España es buen ejemplo: de tanto congeniar con quienes señalaban al centralismo opresor como nuestro gran enemigo, se ha parcelado el país, de forma que ya no es posible siquiera decir España sin que alguna parte del territorio se sienta incómoda, y, de paso, se ha metido a los partidos de izquierda en una encrucijada que les está perjudicando. Este error se repite incluso en la estructura de los partidos políticos. Unidos Podemos se ha construido a partir de alianzas con grupos dispares, lo cual conduce a frecuentes tensiones internas y tiende a fragmentar la formación, ya que cada uno de ellos busca su interés, a menudo diferente del de los otros grupos de la coalición. Como no existe una idea cohesionadora, porque en su marco teórico no era necesaria, en el momento en que los números van hacia abajo todos se alejan, porque tienen que mirar por sí mismos.

Este olvido del conjunto ha sido criticado recientemente, también desde la izquierda, como bien recogía Víctor Lenore en un reciente artículo. Jessa Crispin, en su estupendo 'Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista', se separa de esas corrientes que centran sus esfuerzos en señalar a personajes individuales olvidándose del carácter global del problema. Actúan como el sector bancario, que crucificaba a Madoff mientras no tocaba una coma del funcionamiento general. Estas son las palabras de Crispin: “No podemos crear un mundo seguro abordando la misoginia con un enfoque individual. Se trata de nuestra cultura en su conjunto, cómo recompensa la inhumanidad, cómo funciona a base de dinero, cómo incita a la desconexión y el aislamiento, cómo genera una desigualdad y un sufrimiento enormes. Ese es el enemigo, el único enemigo que merece la pena combatir”.


Una idea clara de nación

Una crítica similar realizaba Mark Lilla, desde otra perspectiva, en 'The once and future liberal', donde señala que Roosevelt había unido a su pueblo apostando por “la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de vivir sin penuria y la libertad de vivir sin miedo [libertades que Roosevelt exigía para todos en todo el mundo]”. Con una idea clara de su nación y un programa inclusivo, logró integrar las aspiraciones de una gran mayoría de estadounidenses. Y eso, según Lilla, es lo que le falta a la izquierda.

Pero España no está en esa tesitura, sino enredada en sus peleas. Esta falta de comprensión del conjunto, esta parcelación que expulsa a una mayoría de ciudadanos, esos que no pertenecen a ninguno de los subgrupos o que no se reconocen en ellos, se agrava cuando la izquierda sigue anclada en sus esquemas, sin reconocer que algo está ocurriendo ahí fuera y no forma parte de ello. Por sintetizar, hay dos posturas mayoritarias: unos apuestan por conectar con una parte más grande de la sociedad, a la que denominan clase obrera, pero que más que una categoría es la prolongación de esquemas de hace 40 años. Desde su visión, España no ha cambiado mucho; en lugar de hablar de las limpiadoras de hogar que van a casa de los ricos lo hacen de las teleoperadoras, en lugar de los 'heavies' de barrio están los que escuchan trap y reguetón; en lugar de la gente que ha venido del pueblo, la que ha venido de otro país, y de fondo la oligarquía de siempre, los señoritos, que ya no están en el cortijo sino en los consejos de administración de las eléctricas.


La izquierda cultural

Esa visión es refutada por la izquierda cultural, que reconviene a sus primos obreristas con frecuencia para señalarles que, en palabras de Errejón, “las personas no deducen sus posiciones políticas de su posición en el sistema productivo, del lugar geográfico donde viven o de ninguna característica de su nacimiento. Toman posiciones en la vida política a través de identidades, que son relatos racionales y emocionales...”. Esta lectura es curiosa, porque reproduce lo que suele decirse respecto del mérito en el entorno liberal (da igual de dónde vengas o quién seas o tus recursos: si demuestras que vales, triunfarás) aplicado a la identidad (da igual todo, siempre y cuando coincidas con el relato, serás quien tú quieras), y porque tiene el pequeño problema de que cree que es posible operar en el vacío. Y como han demostrado los éxitos del populismo de derechas, no es así. Como solía decirse, las condiciones materiales constituyen el marco en el que se desarrollan los discursos y las identidades de cada época.

Pero, en fin, estas son discusiones ociosas, porque muestran dos posiciones que han renunciado a jugar un papel principal en la política española. Si la izquierda entendiera cómo funciona el sistema en el que se inserta, cuáles son sus variaciones y sus novedades respecto de épocas anteriores, podría establecer opciones inclusivas que resultasen atractivas para la mayoría de la gente en lugar de centrarse en las partes del conjunto. Y si además lograse establecer discursos con los que la gente pudiera identificarse, su suerte sería otra. A juzgar por lo que nos ofrece, queda mucho para llegar ahí. Eso sí, el problema no estará en ellos, sino en quienes de un modo u otro adoptamos una posición crítica con su deriva.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2018-01-12/izquierda-problemilla-lilla-trabajo-consumo-izquierda-cultural_1504711/




A la gente de derechas le importa un pito la percepción que tengan los demás sobre su ideología, mientras que a la gente de izquierdas este asunto le obsesiona hasta la psicosis

Se escribe sin parar sobre los motivos por los que la derecha está aplastando a la izquierda en todas las elecciones y todos los países, pero no he leído a un solo analista que señale la ventaja más indiscutible y absoluta que tiene el bando conservador. ¿Preparados? Es simple. A la gente de derechas le importa un pito la percepción que tengan los demás sobre su ideología, mientras que a la gente de izquierdas este asunto le obsesiona hasta la psicosis.

Cada ideología tiene su miedo atávico. Quizás el más atroz para la derecha sea la posibilidad de que un hijo le salga marica. Es un peligro concreto y poco probable, siempre que el hijo no pase demasiado tiempo en casa de su catequista. En cambio, la gente de izquierdas vive acojonada por una amenaza mucho más tangible: que cualquier desconocido los llame fachas, machistas, racistas, etc. Es decir: que cualquiera piense que no son de izquierdas.

Por eso envidio a la gente de derechas. Si alguien los llama progres, lo más probable es que se rían en su cara. De ahí que se permitan decir que son de centro. Juegan a confundir porque no les importa lo más mínimo el verdecito. ¿Recordáis que Gallardón se pusiera nervioso cuando 'El País' decía que era un alcalde tan guay que incluso podría ser del PSOE? Evidentemente que no. Pero pensad en los nervios de Errejón cuando medio Podemos empezó a llamarlo menchevique. Para un izquierdista no hay nada peor.

En realidad, no deberíamos preocuparnos tanto, pero no podemos evitarlo. Pensemos un momento en lo que significa ser de izquierdas. ¿Preocuparse por el Tercer Mundo, leer a Marx, creer en la redistribución de la riqueza, luchar por la dignidad de los saharauis, llevar pegatinas en el jersey? Un poco de todo eso, pero sobre todo algo mucho más extenuante: es hacer un esfuerzo constante de relaciones públicas.

¿Queréis pruebas? Vale. ¿Cuántos libros existen sobre lo que significa ser de derechas? Ni uno solo. Coged ahora cualquier libro de política progresista de las mesas de La Central, y las probabilidades de que os topéis con alguna clase de manual de autoayuda para izquierdistas serán enormes. Y más. ¿Cuántas canciones para adolescentes hablan sobre lo mucho que mola ser de derechas? Exacto, ni una. Pero haced un repaso a las letras de todos los grupos estilo Reincidentes y, cuando terminéis, podréis escribir un manual de izquierdismo y con un poco de suerte vender tres ejemplares en La Central.

Un brevísimo ejercicio de imaginación terminará de asentar esta teoría. Imaginemos un mundo en el que todos los habitantes son de derechas y estaremos viendo un lugar en el que han desaparecido por completo las discusiones ideológicas. El equilibrio parece la consecuencia lógica de hacer trampas con la balanza, pero ahora imaginemos lo contrario, un mundo donde todos los habitantes son de izquierdas. ¿Cabe imaginar un escenario donde abunden más las valoraciones sobre la ideología de los demás?

La psicosis, el postureo y la vigilancia mutua de la izquierda son las tres patas del bicho que la está devorando por dentro. Y esto es así porque una parte de la izquierda, además de vivir obsesionada con su propia ideología, vive obsesionada con la ideología de los demás. Son lo que llamo para mis adentros la izquierda facha: dogmáticos, superficiales y autoritarios. Vigilantes de oficio que encuentran un enorme placer y cosechan un gran éxito en el ejercicio inquisitivo de desenmascarar.

Una parte de la izquierda vive obsesionada con la ideología de los demás. Son lo que llamo para mis adentros la izquierda facha

Pues bien: son más fuertes que nunca y le están alfombrando el camino a la derecha. El miedo atávico de los izquierdistas a ser considerados fachas se ha convertido en nuestra mayor debilidad. Dedicamos tanta energía a los ejercicios enrevesados de corrección política y a la gestión pública de la reputación y la identidad, que no nos queda ni un suspiro para sacar de La Moncloa a Mariano Rajoy, y no digamos para planificar una alternativa sólida a las políticas atroces de precariedad y austeridad.

Dado que esto no tiene pinta de ir a cambiar en los próximos años, los auténticos fachas podéis estar tranquilos. Pase lo que pase, vais a ganar.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2018-01-12/izquierda-facha_1504874/



Cuando tu oferta principal, aquello que cohesiona a grupos dispersos, es la promesa de triunfo y fracasas, la magia se rompe

Muchos lectores probablemente lo ignoren, pero la izquierda anda metida en un proceso de debate interno desde que comenzó a circular un reciente artículo de Víctor Lenore en el que se hacía eco de varias voces críticas con el entorno neoprogresista. El texto sirvió de espoleta y recibió tantos ataques furibundos como alabanzas.

El artículo llegó en el momento justo, y Lenore es un buen blanco para establecer la discusión a partir de la persona mucho más que de las ideas, por lo que era previsible que generase polémica. Pero el trasfondo es más profundo que la indignación ante un texto en concreto, y tiene bastante que ver con la crisis en que anda inmerso Podemos y con el desánimo que se ha generado en la izquierda española ante la falta de una alternativa política real y concreta en un instante difícil. Pero para entender qué se está moviendo, conviene recapitular.

“Sabemos tener éxito”

Cuando Podemos irrumpió, prometió algo que no tenía que ver con un modelo de España, con una idea clara de la economía o con una visión de futuro; creó notables expectativas por dirigirse a los suyos con unas palabras que llevaban mucho tiempo esperando oír: “Vamos a tener éxito”. Dado que su arranque fue espectacular y lograron pasar de la invisibilidad política a ocupar el centro del debate, se empezó a creer en sus líderes como las figuras que serían capaces, por fin, de ganarse a grandes capas de la población. Ese era el centro real de su discurso, y esa fue la fuerza que cohesionó a grupos políticos de posiciones dispares en torno a nuevos dirigentes.

La otra pata de su oferta fue una teoría con la que justificaban su posición, pero que en lugar de contener una visión sobre la sociedad y sobre nuestro futuro, desplegaba una serie de argumentos con los que reforzaban la idea de fondo, que ellos sí sabían triunfar. El problema es que todas sus reflexiones teóricas eran sobre estrategia, sobre cómo llegar a lo más alto, pero apenas sobre los problemas concretos de la sociedad. A eso le añadieron un cierto desprecio por sus predecesores, en plan “vosotros sois el pasado, retiraos, no comprendéis lo que está pasando y vais a permanecer siempre en el lado izquierdo y muy minoritario del tablero”. Eran jóvenes, eran listos y tenían la fórmula.

Y así fueron las cosas hasta que la promesa se rompió. Ocurrió exactamente la noche de las últimas elecciones generales, las segundas. No había más que echar un vistazo a la foto de familia para entender hasta qué punto la sensación de fracaso era grande, y lo más importante, cómo cada uno de ellos culpaba a los demás. Al día siguiente, publiqué un artículo titulado 'Por qué Podemos está muerto', en el que subrayaba que ya no tenían opciones como partido de mayorías, que fue criticado como propaganda derechista en esos sectores, y en el que hacía una apuesta de futuro que se ha ido cumpliendo. Pero era muy fácil de prever: cuando tu oferta principal, aquello que cohesiona a grupos dispersos, es la promesa de triunfo y fracasas, la magia se rompe. Entonces queda la materialidad del partido: facciones que se llevan entre mal y muy mal, problemas personales entre los líderes, un conjunto compuesto de formaciones que no están integradas en la tuya, como eran las confluencias, y una dinámica interna que no conducía a la reflexión general sino a la culpabilización ajena, cuando no a la purga. El futuro no podía ser bueno.

El futuro ya está aquí

Estamos en ese momento en el que el futuro les ha encontrado. Podemos se ha convertido en una IU fuerte, carece de peso en la política nacional y, peor aún, casi nadie en España confía en que pueda remontar el vuelo. Las elecciones catalanas han supuesto una constatación cruel de cuál es su lugar hoy. Y entonces llega el artículo de Lenore, que mete el dedo en el ojo justo cuando está más sensible.

Iglesias está encerrado con sus fieles, Errejón piensa que ha llegado la hora de tomar Madrid (hasta está convencido de que ganará las elecciones) y después el partido, e IU anda pensando si es mejor o peor ir de la mano de los primos a las próximas generales. Todos están reflexionando sobre qué hacer, y entienden urgente tejer nuevas estrategias que les permitan regresar a posiciones mejores. Eso en el lado más o menos amable; en el otro, está la lucha por situarse en las listas de las siguientes elecciones, algo que también condiciona los debates.

¿Y qué han hecho?

En este contexto, que alguien les diga que están fracasando, que hasta la derecha lo ha hecho mejor y que,de seguir así están condenados a permanecer en círculos minoritarios, ha servido para que iniciaran un debate que estaban deseando tener y que nadie se atrevía a proponer en público. No es extraño que la reacción más frecuente a los artículos citados fuera: “No tienen razón, pero...”.

Pero una vez puestos a ello, han hecho dos cosas. La primera resultaba muy previsible, como era la de atacar a los mensajeros, en algunas ocasiones mediante alusiones gruesas, en otras mediante reprobaciones ideológicas; lo cual no deja de ser sorprendente, ya que la misma gente que contribuyó al fracaso venía a enmendar la plana a los críticos como si nada hubiera pasado.

Obreristas contra culturalistas

La segunda deriva es todavía peor, porque han oído lo que querían oír. Después de todo lo ocurrido, siguen manteniendo los mismos debates que antes (hace, dos, tres, cuatro años). Sus discusiones tratan acerca de la estrategia y no de los problemas comunes de los españoles. Los partidarios de las posturas obreristas se oponen a los culturalistas, otros insisten en que la clave es la estructura interna, que tiene que ser mucho más democrática y participativa para que la gente acuda en masa, y se enredan con discusiones sobre alta y baja cultura, sobre si los votantes de Trump fueron o no los obreros, o sobre si la culpa fue de Vistalegre I.

Dicho de otro modo, cuando los resultados les han señalado que van por mal camino, se han cerrado sobre sí mismos; quien decía que la solución eran Laclau y Gramsci, ahora cree que todo se arregla con más Laclau y Gramsci; quien insistía en la necesidad de llegar a la clase trabajadora, ahora cree que no hay otra que ser mucho más obrerista; quien defendía un partido mucho más horizontal, cree que la única solución es quitar poder a los líderes y dárselo a las bases. Y así sucesivamente. Cuando la realidad les ha desmentido, su apuesta consiste en hacer más de lo mismo.

Otra mirada

Los resultados electorales y su apoyo social les han señalado que hay elementos fuera de su marco de pensamiento que deberían tener en cuenta, que es hora de que amplíen la mirada y de que tomen en consideración otras perspectivas y otras variables, porque las suyas no les han servido para lo que prometieron. Una de ellas sería entender qué revela sobre nuestras sociedades que Cs gane en Cataluña, Trump en EEUU, que Le Pen sea la segunda fuerza en Francia o que la derecha esté triunfando en toda Europa, y en esa dirección también iba el artículo de Lenore.

Hay muchos más cambios sobre los que reflexionar, pero no es la dirección que han elegido: prefieren discutir de nuevo entre ellos, aunque en esta ocasión lo hagan a través de personas interpuestas. En realidad, algunos de estos debates lanzados en la izquierda no son más que ajustes de cuentas que reproducen a otra escala lo que se ha estado haciendo por arriba: culpar a los demás de que las cosas vayan mal.

Posibilidades interesantes

Se pueden hacer muchas lecturas sobre por qué la izquierda está fracasando, pero sin duda esta es una de ellas, y no de las menores: esa ruptura de las posiciones comunes en circulitos privados, en pequeñas escuelas, que alejan a quienes no piensan como ellos, es un problema grave. Y con una derivada sustancial: que no les permite salirse del marco teórico en el que habitan. Discuten entre ellos, se entienden porque hablan una lengua común, que a menudo no es comprendida por el resto de la sociedad, se vuelven contra los de fuera, pero no son capaces de añadir nuevas ideas, de tomar en cuenta otras perspectivas o de replantearse sus ideas incluso cuando los hechos ofrecen motivos de duda.

¿Son estos los únicos debates que están produciéndose en la izquierda? Desde luego que no. Hay otros en los que participa gente con talento, que entiende que la situación no es la mejor y que es prioritario comenzar a pensar en el futuro. Que tienen vocación de encontrarse con los demás, de aprender de otros puntos de vista, de pensar fuera de su tradición, que prefieren lo común a las parcelas (las ideológicas y las territoriales). Algunas de estas aportaciones ya se han producido (y, por suerte, desde fuera de Madrid). Si estas voces son mayoritarias en el debate, y no las de las capillitas que creen tener la fórmula para salvar el mundo, se abrirán posibilidades mucho más interesantes para el futuro.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2018-01-28/y-luego-dicen-que-por-que-fracasa-la-izquierda_1512110/




La derecha también es culpable del independentismo por su tolerancia por interés electoral

Los debates sobre el futuro de la izquierda se han vuelto demasiado comunes, y de un tiempo a esta parte algo más enconados. Es normal, ocurre cuando los resultados no son buenos, lo que facilita que sus distintas facciones se culpen entre sí de los problemas. Estos enfrentamientos son contemplados con socarronería y satisfacción desde el otro lado de la línea ideológica, cuando no desde la hilaridad, y un buen ejemplo es el tuit de Jorge Bustos, el periodista autor de 'Vidas cipotudas': “Intelectuales de la izquierda burbuja descubriendo que a las clases populares les gustan la nación y la familia. Ya solo falta que descubran que también les gusta el capitalismo y llegamos por fin al siglo XXI”. No se trata de la opinión de una persona en concreto, sino de que su ironía define de un modo preciso el sentir de buena parte de la derecha: hemos ganado, la sociedad está de nuestro lado y hasta los otros se están dando cuenta.

Pero la derecha española y europea, la que ha venido gobernando o actuando como principal partido de oposición desde hace décadas, haría bien en guardarse sus chanzas hacia los rivales y empezar a mirar hacia dentro, porque está demostrando poco ojo respecto de los problemas que vienen. Su ceguera respecto de los tiempos queda dibujada en las afirmaciones de Stephen Schwarzman, CEO de Blackstone Group, en el Foro Económico Mundial en Davos 2018, cuando le preguntaron por los riesgos globales: "Es un momento de enorme ebullición, parte del cual ha sido creado por un estupendo crecimiento económico. Y la fiesta es realmente buena, sirven muy buena comida y bebida y estamos ganando dinero...”.

Un cambio radical

Hay varios motivos, si hablamos en términos puramente pragmáticos, por los que deberían abandonar sus copas durante un rato. Si examinamos el sur de Europa, en Portugal la derecha perdió el gobierno, como ocurrió en Grecia, y también en Italia, donde se está imponiendo Cinque Stelle y resurge la Liga Norte. Por no hablar de Francia, el país que tuvo que inventarse a Macron en unos meses para frenar al Frente Nacional. España resiste, pero a qué precio. Recordemos todo lo que hubo que hacer (dos elecciones, el apoyo de Cs, torcer el brazo al PSOE) para conseguir que hubiera Gobierno, y no perdamos de vista el presente, ya que se está empujando con insistencia desde las élites a Rivera para ver si logra superar a Rajoy de una vez.

O fijémonos en el Reino Unido, donde siguen los conservadores en el poder pero pagando el precio de haberle comprado las tesis al UKIP y consentir la salida de la UE. O Alemania, donde Merkel se perpetúa, pero con la necesaria ayuda de unos socialistas cada vez más empeñados en desaparecer. O EEUU, donde un candidato ridículo fue capaz de doblar sucesivamente el espinazo al partido republicano y al demócrata.

Nacionalismo, ley y orden

Reparemos en el resto de Europa. Bloomberg acaba de publicar un análisis sobre los resultados electores de las pasadas décadas en 22 países europeos, en el que señala cómo el apoyo a los partidos populistas de derecha y los de extrema derecha es el mayor en los últimos 30 años. Obtuvieron como promedio el 16% del voto en las elecciones parlamentarias más recientes en cada país; en 1997 era del 5%. Fijémonos en lo que ocurre en Hungría y Polonia, o en Eslovaquia, o en Finlandia, Suiza y Austria. O en por qué la República Checa quiere acercarse mucho más a Rusia.

Estos nuevos partidos no están tan contentos con el capitalismo existente, global y muy liberal como nuestra derecha afirma: son mucho más nacionalistas, ponen el acento en la ley y el orden, y a menudo adoptan posiciones proteccionistas. Pero todo esto, y hay que resaltarlo, era esperable, porque es el fruto de la traición de la derecha a su propio electorado.

¿Familia y religión?

Si la izquierda se olvidó de sus votantes, en el otro lado de la calle tampoco pueden sacar pecho. La traición a los suyos ha sido muy evidente en muchos terrenos. Por ejemplo, con la familia, un eje central del pensamiento conservador. En España, las posibilidades de tener hijos y mantenerlos son mucho más complicadas, y todo conspira para que exista una natalidad baja. La relación con los mayores no es la idónea, porque la escasez económica y los horarios laborales no permiten que nos hagamos cargo de las personas que, al envejecer, necesitan cuidados; y si los mayores tienen buena salud, se convierten en quienes crían a los nietos o en quienes ayudan a los hijos económicamente cuando las cosas van mal: y si la familia es monoparental, las dificultades para compaginar el trabajo y los hijos son enormes. Tampoco en un terreno que siempre les ha sido propio, como es el de la religión, han sabido contentar a los suyos. Se han acercado instrumentalmente a ellos, han realizado declaraciones más altisonantes o menos, según conviniera, pero son un sector claramente descontento.

Y para qué hablar de la nación. El asunto catalán ayuda, porque sirve para activar el sentimiento patriótico, pero, seamos honestos, cada vez que había que hacer concesiones para que alguno de los partidos nacionalistas apoyase al Gobierno no pusieron ni una pega. Entonces la unidad no importaba tanto. Si la idea de España fuera tan importante, se habría hecho algo para evitar que fuésemos un país sin peso en Bruselas o Berlín, y que no fuese conocido solo por el ladrillo, el sol y los servicios. Tampoco ha habido un plan para mejorar la vida del común de los españoles, sino que, antes al contrario, no han hecho más que empeorarla. (O las cesiones a los nacionalismos periféricos por interés electoral durante toda la democracia)

Pymes, policías y soldados

Si echamos un vistazo a los grupos que tradicionalmente apoyaban a la derecha, el panorama no es mejor. Los autónomos y los pequeños empresarios lo tienen más difícil que nunca: más cargas, más impuestos, más dificultades. Quienes siguen votando a la derecha deben hacerlo por tradición, porque no ha hecho más que perjudicarles: tantos años de beneficiar a las grandes empresas a costa de las pequeñas tienen consecuencias. También eran el partido por excelencia de los guardias civiles y policías nacionales, y el resultado para estos colectivos es que tienen menos personal del necesario, sometido a demasiados recortes y con sueldos que no son precisamente elevados. Del ejército ya no hablemos; cuenta cada vez con menos efectivos, por lo que un soldado debe cumplir las funciones de varios, no recibe un especial apoyo por parte del Gobierno, los recortes siguen llegando y su salario deja mucho que desear, en especial cuando se tienen que jugar la vida. Y lo de los taxistas es ya de risa: la mejor forma que se les ha ocurrido de conservar su voto es apoyar a Uber y Cabify. Paro aquí, pero hay muchos más ejemplos. No es extraño, entonces, que el votante vaya buscando otras opciones, por un lado o por otro del espectro ideológico.

Esto no acaba aquí, por más que se lo parezca a nuestros chicos de la derecha. Este capitalismo no gusta ni a los capitalistas convencidos, de manera que imaginad a los demás. Y en un contexto en el que la geopolítica comienza a ser más importante que nunca, las tensiones van a aumentar, no a frenarse.

Lo que viene

Y no puede ser de otra manera. Cuando el 10% más rico de la población española concentra más de la mitad de la riqueza total (53,8%), y el 1% posee una cuarta parte, casi lo mismo que el 70% de la población (que tiene el 32,13%); cuando los salarios siguen bajando en los sectores más necesitados; cuando nos vamos a jubilar más tarde y con pensiones menores; cuando los pequeños y medianos empresarios van cerrando sus negocios para que las grandes empresas sean más grandes; cuando se nos acabe el colchón que padres y abuelos lograron conseguir en años mucho mejores; cuando las empresas nacionales hayan dejado de ser por completo nacionales, y cuando el trabajo escasee aún más como efecto de la digitalización y la robotización, cuando todo eso ocurra, la fractura social será mucho mayor.

Una sociedad desigual produce inestabilidad, y una muy desigual, mucha inestabilidad. Pero la derecha puede seguir refugiándose en mantras tipo la globalización es buena, con la formación se soluciona todo o el peligro son los totalitarismos mientras siguen tomando copas y comiendo canapés caros. Puede pensar que todo está controlado porque Macron ganó en Francia y ellos ingresan mucho dinero, más que antes. Pero no es así. O quizá lo sepan y les dé igual, porque solo aspiran a disfrutar de la fiesta mientras dure. Pero un capitalismo que nos conduce al siglo XIX está abocado a generar muchos problemas internos, y sus descontentos están comenzando a provocarlos.