24 de septiembre de 2017

Turismofobia y el modelo nocivo de las ciudades turísticas



Las protestas contra el turismo desaforado, incluso las más radicales, no son una muestra de odio hacia el turista sino una manifestación contra la sobreexplotación de algunas ciudades españolas. El modelo de ciudad turística convierte las viviendas, las calles y los servicios en un producto destinado a contentar (y exprimir) al visitante. Los habitantes de la ciudad quedan desplazados del centro de interés en este modelo y se los coloca en la periferia. Si no soportan con mansedumbre los efectos secundarios del modelo, tales como el incremento de los precios y disminución de la calidad de vida, se los considera como una amenaza para el beneficio.

Según este modelo, el turista es un cliente que acude a una ciudad solicitando unos servicios y pagando por ellos. Como cliente, tiene toda la razón. Su única responsabilidad, su único papel en este juego es dar beneficio, de modo que cualquier protesta contra el modelo turístico se toma como un ataque contra él. Un segundo desplazamiento derivado del primero. En este punto estamos ahora. La palabra “turismofobia”, tan de moda, es la constatación.

Vayamos por partes (y con datos). Primero. ¿El modelo turístico actual representa un problema? Sí. Según el barómetro semestral de Barcelona, el turismo es la primera preocupación de los barceloneses por encima de la precariedad laboral y los derivados de la vivienda. Dos problemas, por cierto, directamente relacionados con la explotación turística extrema de la ciudad, según los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística y los estudios sectoriales de los sindicatos CCOO y UGT.

Segundo. ¿Se protesta contra los turistas? No. Se protesta contra el modelo de ciudad, y contra los efectos secundarios de la sobreexplotación en la vida de las personas. Ejemplo: en el barrio Gótico hay actualmente una proporción de siete turistas alojados por cada tres vecinos. Esto significa que el tópico de que Barcelona es un parque temático ya no es una metáfora. Port Aventura, en días de baja afluencia, tiene la misma proporción de clientes y trabajadores: 9.000 por cada 1.800. Pero los paralelismos se multiplican si examinamos el cambio que ha sufrido este barrio y sus aledaños en el sector servicios.

El comercio en el centro de Barcelona ya no está destinado a los residentes, sino a los visitantes, lo que refuerza la idea de que el turista es el cliente y el residente no. Por todas partes brotan locales dedicados a la venta de recuerdos, ropa barata y palos de selfi, y abrevaderos de yogur helado, sangría y paella precocinada. Al éxodo de comercios útiles para la vida vecinal (ferreterías, tiendas de electrodomésticos, carnicerías, mercerías, etc) sigue el éxodo de los vecinos, expulsados por este cambio y por el incremento de los precios del alquiler y el descenso de la calidad de vida.

Tercero. ¿Se está haciendo algo desde las administraciones? Sí, a veces. Pero cuando se hace, suele salir mal, porque el modelo general sigue siendo el de ciudades turísticas. Por ejemplo: los intentos del ayuntamiento de Barcelona de descongestionar el centro se han demostrado como desastrosos. Donde se niegan licencias turísticas se multiplican los alojamientos ilegales. Donde se conceden, buscando la descongestión, se produce una metástasis del problema. Así, las protestas contra el turismo excesivo se expanden a barrios tradicionalmente tranquilos.

Bien: justo cuando la población empieza a percibir (y padecer) las consecuencias de este modelo y a protestar en su contra, ¡resulta que existe la turismofobia! Y se vende un relato viciado donde los residentes no protestan contra el modelo de ciudad, sino que desprecian y odian a los turistas. El falseamiento de la realidad es tan burdo que sorprende que la palabra haya encontrado tanto espacio en la prensa.

Porque no, mil veces no: no se protesta contra el turista. Se protesta contra una explotación que produce precariedad laboral y cuyo beneficio termina en pocas manos. Se protesta contra los efectos del turismo masivo en el precio de los alquileres. Se protesta contra su impacto en el sector servicios, en la convivencia cívica y en los transportes públicos. El símil correcto sería el de una empresa petroquímica que instala una planta contaminante en el centro de una ciudad. Si los vecinos protestan contra las chimeneas que les ahuman, ¿serían “industriófobos”? ¿Estarían en contra del plástico? Evidentemente no. Estarían en contra de un uso industrial de su ciudad que les provoca graves problemas respiratorios. Pero seguirían consumiendo plástico, igual que quien protesta contra el modelo turístico también es un turista si viaja.

A la industria turística, principal receptora de los beneficios, le ha venido muy bien que Arran protagonice pintadas contra autobuses turísticos y la efectista e inofensiva lluvia de confeti. Del mismo modo que el vecino ha sido desplazado a la periferia del modelo, ahora su reivindicación se reduce a una algarada de actos violentos. Y se produce la magia: el vecino que se queja es un antisistema. Jaque mate. Y otra de gambas.




Este año el número de turistas en España se acercará a los 80 millones, tras crecer un 11% sobre el 2016. Catalunya recibe casi un 20%.

En el 2015 la industria turística representaba un 11,1% del PIB y un 12% del empleo. Hoy son 2,8 millones de trabajadores. Su aporte al crecimiento económico es de 1/3 del total. Se trata, pues, de la industria motor de la economía española, porque se beneficia de la inseguridad en otros destinos posibles en el Mediterráneo y porque los gastos por vacaciones de los europeos siguen aumentando. Excepto en España, por cierto, donde el 40% de los españoles no ha podido salir de vacaciones este año.

Cierto es que se trata de un turismo barato, con un gasto medio de 129 euros diarios, muy por debajo de lo que gastan en Francia e Italia. Y también se observa un decrecimiento de la es­tancia media, que ha bajado a 7,9 días. Está pasando cada vez más de los turoperadores y las grandes cadenas hoteleras a un turismo de alojamiento semilegal organizado por los intermediarios de internet como Airbnb con la complicidad de propietarios e inquilinos especuladores, en ruptura con sus vecinos.

La saturación es evidente: en Baleares este año se esperan 2,03 millones de turistas siendo así que el total de ciudadanos empadronados en las islas es un millón cien mil. Lo cual repercute en la incapacidad de los servicios públicos, en particular sanidad, para satisfacer las necesidades de esa población estacional; en el encarecimiento de alquileres y precios por la distorsión entre la demanda global y la oferta local; en el desalojo de inquilinos que no pueden seguir viviendo en su ciudad, y en la destrucción de la convivencia ciudadana por el turismo de borrachera y drogas que caracteriza una parte de ese turismo. La satu­ración de un turismo a veces de poca calidad cívica explica las reacciones ciudadanas en diversos lugares, particularmente en Catalunya y Baleares, los territorios más sometidos a esta presión incontrolada. No son reacciones violentas en modo alguno. Todavía no hay partes médicos de turistas heridos por lanzamiento de confetis. Y algunas pintadas excesivas de gente exasperada no se han traducido en un solo acto de violencia física. Comparar esta protesta como hace el PP con la kale borroka es una ofensa a los demócratas vascos que tuvieron que sufrir en sus carnes la violencia del entorno de ETA en su momento. Aunque es sintomático que para este PP sitiado por la sociedad cualquier protesta le parece potencialmente delictiva. En realidad, en el mundo mediático en que vivimos, las acciones simbólicas de protesta contra el turismo depredador, que no contra el turismo debidamente regulado como cualquier otra actividad económica, han servido para despertar la conciencia de la ciudadanía y de los gestores políticos de que hay un problema serio que es necesario abordar.

Ahora bien, en el fondo de la relativa indiferencia que había con estos problemas se encuentra la idea de que es un peaje necesario que pagar por una actividad económica que nos da de comer en muchas zonas del país. De hecho, los beneficios económicos de este turismo son más que discutibles. Se trata simplemente de una idea obsoleta de la economía en la que los beneficios de las empresas y la creación de empleo, el que sea, es lo único que importa. Olvidando tanto la contribución al desarrollo de la riqueza del país a largo plazo como los costos no contabilizados, presupuestarios, sociales y medioambientales. Porque la madre del crecimiento de la riqueza es la productividad del trabajo.

El crecimiento de la productividad española fue negativo entre el 2000 y el 2014 y su repunte está por debajo del 1% anual, muy por detrás de nuestro entorno. Y esa situación está directamente relacionada con la predominancia de sectores de baja produc­tividad como son el turismo y la construcción. La baja productividad no es necesariamente el resultado del tipo de actividad (en Estados Unidos o Francia, el turismo es más productivo que la media), sino de la baja cualificación de los trabajadores. Esta baja cualificación está directamente relacionada con la predominancia del empleo temporal en el sector, porque en los pocos meses que trabajan los empleados no pueden cualificarse ni a los empresarios les interesa formarlos.

Además, las condiciones de trabajo son frecuentemente inhumanas, como han denunciado los sindicatos (hacinamiento, intensidad de los ritmos de trabajo, precariedad). Y los salarios son los peores del mercado de trabajo, mileuristas o menos en término medio. Lo cual tiene consecuencias importantes sobre el déficit del Estado de bienestar, tal como ha analizado Miquel Puig. Por la sencilla razón de que los bajísimos sueldos apenas contribuyen a la financiación de la Seguridad Social mientras que los servicios de salud, educación y pensiones también deben ser proporcionados a estos tra- bajadores y sus familias. Es decir, que cuanto más empleo se crea en el turismo en condiciones de temporalidad y precariedad, más se agrava la crisis del Estado de bienestar y menos se contribuye a la mejora de la economía, que depende de la capacidad de consumo de la población.

Así, Baleares, que era la región más rica, está cayendo en comparación con otras precisamente por el predominio de una actividad mayoritariamente mal pagada. Es decir, que la bonanza de un sector viene acompañada de la precariedad y bajos salarios para sus trabajadores y del impacto negativo sobre el medio ambiente, la calidad de vida de los residentes y la convivencia ciudadana.

Un turismo regulado y encauzado, como propone el Gobierno de Ba­leares, es una bendición de nuestro ­clima y nuestra historia. Pero el tu­rismo actual es insostenible y destructivo no sólo socialmente sino económicamente.



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