viernes, 28 de julio de 2017

Contracultura y mercado. Individualización y dogmas.

La violencia estructural no es individual, al igual que la segregación no favorece la igualdad en absoluto.


El desquiciamiento

Si había una característica específica de la civilización occidental era la capacidad de revaluarse constantemente, de hacer crítica y rectificar cuando era imperativo. Y aunque la memoria colectiva fuera frágil y estuviera al albur de los cambios generacionales, el reconocimiento de nuestra Historia nos servía para en última instancia evitar descarrilar.

Este espíritu crítico es lo que nos ha permitido avanzar mediante la prueba y el error, convirtiendo nuestra civilización en la más racional. Evidentemente, no hay civilización perfecta. Pero esta capacidad de reevaluación nos ha permitido rectificar y progresar, evitando quedar atrapados en un bucle temporal sin solución como ha sucedido con otras civilizaciones o, mejor dicho, culturas.

En efecto, la característica de la sociedad occidental es la crítica y la renovación continua, una virtud tan antigua como la Controversia de Valladolid, de 1550. Sin embargo, esta crítica se desquició, derivando en una ruptura total en los años 60 (desconexión con la tradición). Entre los 60 y los 70, la capacidad de reevaluación occidental se transformó en la negación de lo que somos; dejó de servirnos para avanzar, para descartar lo que no funcionaba, y empezó a desconectarnos de nuestro pasado. Y se estableció el complejo de culpa colectivo, un nuevo creacionismo según el cual todos los occidentales llegaban al mundo con un pecado original, cuando la culpa sólo puede relacionarse con los actos de cada individuo, no con las acciones de terceros; mucho menos con hechos que ocurrieron cuando uno no había ni nacido.

En la actualidad, las instituciones -formales e informales- están siendo demolidas, de tal suerte que nuestro marco de entendimiento común ha quedado gravemente dañado. Y las democracias cada vez son menos racionales y más peligrosamente emocionales, imponiéndose la subjetividad del deseo a la razón. Ya nada es real y, a la vez, cualquier cosa puede serlo si el individuo lo necesita para sentirse bien. Es el triunfo de la “cultura del victimismo” frente a la “cultura de la dignidad”.

La contracultura 

Si hay un entorno donde la contracultura manda y mucho, más que en la universidad, es en el periodismo. Ocurre que, en la era de las redes sociales, los grupos organizados han ganado un enorme poder en la difusión de contenidos. Y el “clickbait” que estos grupos proporcionan queda a tiro de piedra si se defiende sus dogmas, pero no si se dice la verdad. Por eso abundan los medios y profesionales cuyos contenidos refuerzan valores contraculturales, como la creencia de que el género es una construcción social, mientras que la realidad científica es hurtada al gran público.

La prueba del algodón es que muy rara vez un periodista se hará eco de estudios como Brain Connectivity Study Reveals Striking Differences Between Men and Women, de Ragini Verma; Addressing Sex as a Biological Variable, de Eric M Prager; Sex/Gender Influences on the Nervous System: Basic Steps Toward Clinical Progress, de Claudette Elise Brooks y Janine Austin Clayton; Understanding the Broad Influence of Sex Hormones and Sex Differences in the Brain, de Bruce S. McEwen y Teresa A. Milner; Why Sex Hormones Matter for Neuroscience: A Very Short Review on Sex, Sex Hormones, and Functional Brain Asymmetries, de Markus Hausmann; Sex, Hormones, and Genotype Interact To Influence Psychiatric Disease, Treatment, and Behavioral Research, de Aarthi R. Gobinath, Elena Cholerisy Liisa A.M. Galea; Effects of Chromosomal Sex and Hormonal Influences on Shaping Sex Differences in Brain and Behavior: Lessons From Cases of Disorders of Sex Development, de Matthew S. Bramble, Allen Lipson, Neerja Vashist y Eric Vilain; Gender Differences in Neural Correlates of Stress-Induced Anxiety, de Dongju Seo, Aneesha Ahluwalia, Marc N. Potenza y Rajita Sinha…

Podría seguir añadiendo referencias hasta llenar folios enteros, porque, asómbrense, en la neurociencia el consenso es atronador:el género está a mil jodidas millas de ser una mera construcción social. Una sociedad sana debería aceptarlo, y de forma positiva, porque la diferencia no es un problema sino una ventaja. Hombres y mujeres no son mejores ni peores sino complementarios, y la inteligencia o la estupidez se encuentran equitativamente repartidas entre ambos sexos. Esta es la realidad

Pero no sucede así. La contracultura prevalece. Las diferencias son producto de los estereotipos. Y amén. Quien argumente lo contrario será acusado de estar en “fase de negación”.

Así, explicar por qué la expresión "niños transexuales", tan habitualmente utilizada en los medios, es incorrecta, puede acarrearnos un disgusto. Sin embargo, lo cierto es que un niño no puede ser transexual por la sencilla razón de que es condición imprescindible y previa la maduración sexual. Todo transexual es adulto, nunca niño.

Cuestión distinta es la disforia de género. Pero aquí la American Academy of Pediatrics revela que, aunque del 2% al 5% de los varones y del 15% al 16% de las niñas llegan al convencimiento de que pertenecen al sexo opuesto, la prevalencia final es sólo del 0,01% (1 entre 10.000 a 30.000). ¿Decir esto es odiar a los transexuales? No, es evitar la confusión. Por el contrario, crear falsas expectativas a sabiendas no es bondad sino crueldad.

                                

La industria de la política

Pero no sólo es el género. La contracultura avanza en todos los frentes, condicionando los hábitos alimenticios, alterando la jerarquía entre animales y personas, distorsionando el ordenamiento territorial (secesionismo), expropiando las ciudades, invirtiendo los principios del Derecho, manipulando la educación, liquidando la autoridad de los padres y la Autoridad en general y, ahora, también se dispone a demonizar el turismo. En definitiva, la contracultura primero generó una neolengua, pero después se tradujo en reglas informales hasta que, finalmente, ha interferido la acción legislativa y se ha inmiscuido en los más recónditos rincones de la vida privada de las personas.

Hay quien prefiere llamar a todo esto marxismo cultural, pero a mi juicio esta denominación es un error. La contracultura es un fenómeno que se reproduce en todo el espectro político. Y asociarlo en exclusiva al marxismo puede inducir al error de que nos enfrentamos a un puñado de fanáticos. Y que, por lo tanto, la alarma es exagerada o está sesgada.

El verdadero peligro es que la tecnocracia ha encontrado en la contracultura un aliado de un valor excepcional, con ella la industria política puede crear nuevos mercados, generar nuevas necesidades aun a costa de interferir en los aspectos más sagrados de nuestra privacidad. Además, la endiablada capacidad de mutación de la contracultura la ha llevado a escapar al control de sus presuntos ideólogos. Hoy es un mecanismo de control descontrolado del que viven periodistas, políticos, expertos, empresarios y activistas de todo tipo y condición. Infinidad de gente cuyo denominador común es alcanzar notoriedad y bienestar material liquidando el marco de entendimiento común y empujando a la sociedad occidental al desquiciamiento. Así, cada vez que escuchen aquello de "hemos avanzado bastante, pero aún queda mucho por hacer", prepárense para lo peor.




A muchos les fascina la cuadratura del círculo presuntamente lograda por los países nórdicos, donde un Estado benefactor ha podido conjugarse con éxito con una economía de libre mercado. Mientras ese Estado potente vela por la igualdad y la independencia material de los individuos, éstos pueden dedicarse a generar riqueza en un entorno de libertad económica. Así, una economía dinámica y abierta sirve para proporcionar los cuantiosos recursos que se necesitan para desarrollar políticas sociales. Sin embargo, por más que admiremos a los nórdicos, mejor copiar de ellos sólo lo bueno, porque no es oro todo lo que reluce.

Lo bueno…

Un ejemplo de reforma importante llevada acabo por un país nórdico, y que en España sí deberíamos emular, es la reforma de las pensiones sueca. Podemos pensar equivocadamente que allí, en Suecia, la política es mucho más racional, y que las diferencias ideológicas no alcanzan el sectarismo español. Sin embargo, no es exactamente así. De hecho, el largo y difícil camino para reformar las pensiones en Suecia se remonta a 1984. Y a decir verdad arrancó sin mucho éxito.

Hubo que esperar a 1991 para que la reforma tomara impulso de la mano de un gobierno de centro-derecha, que esta vez optó por realizar un estudio técnico riguroso para definir las bases de la reforma antes de sentarse a negociar con los agentes sociales. El proceso empezó a dar frutos en el verano de 1992, que es cuando vio la luz el primer borrador; es decir, siete años después de iniciado el proceso. Aún entonces el consenso no fue total, ni mucho menos. Pero al final la alianza entre conservadores, liberales, democristianos y socialdemócratas proporcionó una mayoría más que suficiente para llevar adelante la reforma.

Desde 1991 hasta hoy ha transcurrido más de un cuarto de siglo, y la reforma sueca todavía no ha concluido. Pero cambió el paradigma y mostró el camino para aquellos países que, inmersos en una curva demográfica negativa, necesitan reformar urgentemente sus sistemas.

… Y lo pésimo

Pero este post no trata de la reforma de las pensiones. Por más que pueda ser oportuno, habida cuenta de la critica situación del sistema español, este texto pretende mostrar la otra cara, menos amable, de esos países nórdicos que tanto admiramos por estas latitudes.

En efecto, detrás de la aparente cuadratura del círculo lograda por el social liberalismo de los países nórdicos, se oculta un auténtico drama. En lo económico, sus reformas se han demostrado eficaces, pero la apertura a los mercados no ha evitado que la corrección política haya progresado a un ritmo pavoroso, generando efectos muy adversos.

Lo cierto es que hoy en Suecia dos de cada cuatro suecos vive solo. Y lo que es peor, el 40% declara “sentirse solo”. Porque, aunque vivir solo y tener una vida social satisfactoria no es incompatible, en Suecia vivir solo es literalmente “estar solo”. Es más, uno de cada cuatro suecos muere en la absoluta soledad, de tal suerte que muchos cadáveres no son reclamados por nadie y han de pasar semanas, incluso meses, hasta que son identificados.

La familia tal y como todavía la entendemos en España, poco tiene que ver con el modelo de familia emergente en Suecia, aunque vayamos camino de emularles. Allí, la configuración monoparental lleva décadas ganando terreno. De hecho, es sabido que las mujeres suecas son las mejores clientas de los bancos de esperma. Y para fundar una familia, hace tiempo que no necesitan relacionarse con otra persona.

Hacia la independencia personal… y el desastre

Se pensaba, y todavía se piensa, que para que las relaciones personales sean plenamente igualitarias era necesario eliminar de la ecuación cualquier dependencia o compromiso. Y el Estado sueco se encargó de que así fuera. Ya en 1981, la independencia de la mujer sueca estaba muy avanzada

Sin embargo, esta independencia, promovida y elevada a derecho fundamental, más que proporcionar una mayor libertad, lo que hizo fue minar las relaciones espontáneas y voluntarias entre individuos.

Constituir una familia es básicamente un acuerdo voluntario y espontáneo. Y más allá de la procreación, es un proyecto común, donde los costes e ingresos, las obligaciones y el trabajo, los planes futuros y las ilusiones son compartidas. La dependencia es, por tanto, un concepto complejo y profundo, no sólo material sino también, y muy especialmente, emocional, donde el compromiso y la lealtad son ingredientes importantes. Da igual si se trata de una familia constituida por personas de distinto sexo o del mismo, las reglas no varían.


La tragedia del “Estado terapéutico”

Sin embargo, el factor emocional lejos de desanimar a los Estados de los países desarrollados, estimuló a los expertos y políticos para dar una nueva vuelta de tuerca y expandir sus atribuciones. Y el bienestar personal se transformó en objetivo de la salud pública, en consonancia con la redefinición de 1946 de la Organización Mundial de la Salud, que define “salud” como “un estado de completo bienestar físico, mental y social y no simplemente la ausencia de enfermedad”.

El Estado social moderno, más allá de promover políticas redistributivas y de igualdad, adquirió una nueva dimensión: la terapéutica. Hoy, sentirse bien es considerado como un estado de virtud, y los estilos de vida que distraen al individuo de atender las necesidades del Yo son frecuentemente denostados. En consecuencia, virtudes como el sacrificio, el altruismo y, sobre todo, el compromiso, son vistas como un obstáculo para la felicidad… o mejor dicho, como un impedimento para alcanzar el ansiado objetivo de “sentirse bien”.

Paradójicamente, a la vez que se exalta el Yo emocional, muchas emociones se presentan como negativas porque distraen al individuo de su auto-realización. En palabras del Dr. Thomas Yarnell, psicólogo clínico, “cuando amas a alguien, estás atado a ese alguien”. Y “estar atado a alguien te impide crecer emocionalmente “.

La cultura contemporánea no sólo aplaude las emociones, sino que también exige que los sentimientos “fuertes” sean controlados. Así, el Delito de odio, en realidad es una penalización del sentimiento con carácter terapéutico y moralizante, porque para las acciones punibles ya existe legislación suficiente. Podríamos decir que se ha trascendido la visión de George Orwell: no hay una policía del pensamiento sino una policía de los sentimientos.

Con todo, la característica más alarmante de la cultura terapéutica que progresa en los países desarrollados es la convicción de que el estado emocional de un individuo no es un asunto de carácter privado sino público, de ahí que prolifere el victimismo. Esta visión se basa en la creencia de que el estado emocional del individuo determina lo que sucede en la sociedad. Es lo que se ha dado en llamar “determinismo emocional”, que ha alterado drásticamente la manera en que los expertos y políticos abordan los problemas sociales.

Es difícil conciliar un bienestar emocional dependiente del apoyo institucional con la visión democrática del ciudadano libre que toma sus propias decisiones. De hecho, la transformación del ciudadano en paciente altera la relación entre las personas y las instituciones públicas. Así, en opinión de Vanessa Pupavac, el “rediseño de la relación ciudadana y estatal ha erosionado el contrato social del ciudadano como sujeto racional autónomo”.

Pese a todo, los “activistas terapéuticos” siguen ganando terreno y promoviendo la reorientación del Estado hacia la gestión de la psicología individual, mientras que las personas preocupadas por el sesgo autoritario de este Estado terapeuta son tachadas de ingenuas o paranoicas.

La Gran Depresión

Lamentablemente, a través de la ‘patologización’ de las respuestas emocionales, se alienta a la gente a sentirse traumatizada y deprimida por situaciones que antes eran rutinarias. Esta tendencia tiene, además, carácter transnacional y no sólo pone el foco en los adultos, sino muy especialmente en los más jóvenes. Así, se promueve integrar en la enseñanza el “trabajo de salud mental” para ayudar a los niños a sobrellevar las exigencias de la educación secundaria y cualquier otro conflicto. Y si los críos de tan sólo 4 años son considerados objetivos legítimos de los terapeutas y expertos, no puede sorprendernos que se abogue por un servicio de salud mental para bebés que prevenga el daño psicológico temprano, servicio que ya existe en diferentes países.

A través de la normalización de un individuo preventivamente enfermo, la cultura terapéutica promueve la dependencia de la persona de la autoridad profesional, desincentivando las relaciones íntimas e informales porque suponen un riesgo para la auto-realización. Peor aún, se fomenta un clima donde la gente realmente se siente enferma, insegura y amenazada emocionalmente. Así, el papel experimentador y transformador del individuo queda prácticamente extinguido: la cultura terapéutica y su “aceptación del Yo” liquida la autosuperación y cualquier intento de la persona de trascender a sus propias limitaciones.

Quizá sea por la acción del Estado terapeuta, y no por los ciclos económicos, que cada vez resulte más difícil encontrarle sentido a la vida o que la sociedad se vea imposibilitada para proporcionar una red con un significado común. Sea como fuere, parece evidente que la angustia que emerge de las condiciones sociales es experimentada como un problema del Yo. Y que cada vez más tendemos a pensar en los problemas sociales como problemas emocionales. No es de extrañar, por tanto, que Occidente esté cada vez más deprimido.

Mejor sería que copiáramos de los suecos sus sistema de pensiones y nos olvidáramos de la corrección política de los países avanzados o, mejor dicho, de su corrección emocional. Sin embargo, hasta ahora hemos hecho justo lo contrario: hemos copiado la corrección política, sea nórdica o norteamericana, añadiéndole un toque aún más casposo.

Fuente: http://www.vozpopuli.com/opinion/Gran-Depresion-psicologica_0_1042397026.html



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