lunes, 24 de julio de 2017

Francia. Macron, el último cartucho de las élites frente al soberanismo

EL GANADOR DE LA PRIMERA VUELTA Y PROBABLE FUTURO PRESIDENTE, REPRESENTA TODO LO QUE HA FRACASADO EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS




No hubo sorpresas en la primera vuelta de las presidenciales francesas: el 7 de mayo los franceses deberán elegir entre el joven ex banquero y ex ministro liberal-europeísta, Emmanuel Macron, y la ultraderechista Marine Le Pen que defiende un programa de repliegue nacionalista. Será una opción entre una tranquilizadora continuidad y una ruptura destructiva.

Tranquilizadora porque todos los sondeos -y en estas elecciones sus pronósticos han sido bastante ajustados- indican que el 7 de mayo Macron batirá a Le Pen por 60% contra 40%, veinte puntos de diferencia. Eso quiere decir que Francia continuará por la senda de las últimas décadas, lo que es una buena noticia para los mercados, para la estabilidad de los grandes intereses financieros y empresariales, franceses, europeos e internacionales, y, naturalmente, para los medios de comunicación globales. Puede adelantarse que el peligro de una ruptura electoral se ha conjurado en Francia.

Pero vista con una perspectiva más amplia hay que reconocer que esta tranquilizadora victoria es al mismo tiempo engañosa. El más que probable futuro Presidente Macron representa y defiende un programa que intensifica todo eso que ha mostrado serias averías y disfunciones en los últimos treinta años a lo largo de los cuales se fraguó e incubó el  malheur de Francia y desembocó en la crisis financiera global de 2008, desencadenante a su vez del grave proceso desintegrador que se vive en la Unión Europea desde entonces. ¿Qué supone esta victoria en ese contexto?

Macron será el presidente que continuará la devaluación interna, el ajuste salarial vía subempleo y precarización en la carrera hacia la competitividad. A juzgar por su programa y manifestaciones todo apunta a que él es el candidato más conforme con la actual línea germano-europea.

“Francia solo podrá influir sobre Alemania si tiene credibilidad en el plan económico y financiero”, “seremos fuertes en Europa y en el mundo, porque habremos hecho reformas”. Y el signo de esas reformas es inequívoco: forzar, un poco más, -desde luego no tanto como pretendía el programa del candidato conservador, François Fillon- lo realizado e intentado hasta ahora.

Macron quiere llevar mucho más allá la reforma laboral, a la que se opusieron el 67% de los franceses sin que la mayoría de ellos se decidieran a salir a la calle la pasada primavera. Si el hollandismo tuvo que aplicar aquella reforma eludiendo al parlamento, vía el artículo 49/3 de la Constitución, Macron adelanta que transformará el código de trabajo por decreto. Una temeridad.

Las elecciones de ayer han confirmado la recomposición del panorama político francés. Por primera vez los dos partidos que dirigieron la política francesa y se alternaron en el poder durante medio siglo, socialistas y conservadores, no han pasado a la segunda vuelta. La descomposición del Partido Socialista es manifiesta (su candidato recibió ayer el 6% de los votos) y el fracaso de Fillon (en torno al 19,7%) anuncia algo parecido en Los Republicanos. Cualquiera de los cuatro contendientes con posibilidades ayer en liza, habría sido un presidente frágil, con un apoyo del 25% y tres cuartas partes del electorado en su contra. Los apoyos reales están en la primera vuelta, los de la segunda reflejan sobre todo impedir la victoria del otro, en este caso Le Pen. En este contexto de debilidad, Macron aparece sin partido que le respalde.

La candidatura y la victoria electoral de Macron han sido un éxito, pero ese éxito ha precisado la demolición del sistema de partidos francés. Durante treinta años esos partidos han escenificado la ilusión de una alternancia, ilusión porque en las grandes cuestiones que ahora están en crisis -el proyecto europeo y las líneas maestras de la política socio-económica- no era real. Macrón ha roto aquella apariencia: no es “ni de izquierdas, ni de derechas”, siendo las dos cosas a la vez. En esta operación, el sistema ha tirado por la borda el recurso a aquella alternancia. ¿Un último cartucho?

Vista con distancia, la situación es crítica: todo lo que en Europa está produciendo radicalización y contestación va a continuar. Eso significa que lo que ha ocurrido con el Brexit y con la victoria de Trump va a seguir avanzando en Francia. En 2002 el Frente Nacional fue derrotado por Jacques Chirac por una diferencia de 60 puntos en la segunda vuelta. Ahora Marine Le Pen será derrotada por 20 puntos de diferencia. En estas elecciones Le Pen ha ganado un millón de votos más respecto a 2012.¿Cómo evolucionará esa distancia en los próximos años si el sistema no cambia –y no hay el menor signo de ello? Mientras se felicita por ese margen, ¿ignora Francia que baila sobre un volcán?

Y mientras tanto, el panorama no se acaba con Le Pen. Surgen otras plataformas de ruptura altermundistas como la de Jean-Luc Mélenchon (que ayer obtuvo  alrededor del 19,2% de los votos, es decir  más de ocho puntos más que en 2012, un incremento muy significativo). La alternativa de Mélenchon no es destructiva sino transformadora, pese al absurdo signo de igualdad que se le pone con Le Pen en los medios de comunicación globales (“populismos” de uno u otro signo), pero preocupa, seguramente, aún más que Le Pen. Anoche había cierta decepción pero no ambiente de derrota en medios del movimiento altermundista la Francia Insumisa de Mélenchon.  A partir de ahora “la izquierda” son ellos, dicen, y su perspectiva de futuro no es mala. La izquierda francesa se ha reinventado en esta campaña.  Mélenchon se negó a dar una recomendación de voto para la segunda vuelta y anunció una “consulta pública” a su movimiento.

De cara a la segunda vuelta, la victoria de Emmanuel Macron reviste aspecto de trámite: va a recibir todo el voto del hollandismo y de la derecha. Así lo expresaron anoche el primer ministro Bernard Cazeneuve, su predecesor Manuel Valls, el candidato socilista, su rival conservador, François Fillon, las personalidades de su partido, Los Republicanos (Laurent Wauzquiez, François Baroin, Christian Estrosi), en definitiva el grueso de la clase política. François Hollande lo hará en los próximos días. Al lado de eso, el Frente Nacional solo recibirá algunos votos de la derecha  enfadada: “aquellos que tienen la sensación de que les han robado las elecciones”, dijo el vicepresidente del Frente Nacional, Florian Philippot, refiriéndose al escándalo del Penélopegate que en enero acabó con el indiscutible liderato de Fillon en esta carrera y que muchos de sus electores consideran una jugarreta planificada.

Ante 3000 seguidores centenares de periodistas, Macron, el joven brillante de 39 años que hace tres era un perfecto desconocido para los franceses, celebró su victoria. Saludó a sus diez contrincantes y agradeció al socialista Hamon y al conservador Fillon por pedir el voto para él el 7 de mayo.

“En un año hemos cambiado el rostro de la vida política francesa”, dijo. Beneficiado por el escándalo de Fillon, Macron ha mantenido una campaña políticamente hueca en la que él ha sido el principal producto y mensaje. Pero ha funcionado. La República se ha tragado el producto. Una gran cuestión. Anoche Macron negó que su movimiento sea un lobby ni una burbuja. “Quiero unir a los franceses”, dijo apelando a la “exigencia del optimismo y a la esperanza para nuestro país y para Europa”. “Quiero ser el presidente de los patriotas ante la amenaza de los nacionalistas”, siguió. “Refundar Europa”, “relanzar la construcción europea”, insistió.

La correlación de fuerzas en Francia se mide sobre el eje de la soberanía nacional. Los franceses están descontentos sobre todo porque la vida de la mayoría se degrada y porque su república no puede hacer nada contra eso. Todo lo que cuenta en cuanto a decisiones queda fuera del alcance de su voto y soberanía nacional. El euro impide ajustes y devaluaciones, los ministerios de economía son meros ejecutores de directivas decididas en la UE, la OMC, el FMI. El derecho europeo tiene mayor rango que el nacional, pese a carecer de un fundamento democrático: es legal, pero no legítimo. La política exterior y de defensa viene encuadrada por una estrategia (americana) organizada a través de la OTAN que es no solo exterior a la nación, sino a la propia UE. Y encima, toda esa desposesión ha sido santuarizada, blindada en normas y tratados para hacerla irreversible.


Esa situación hay que contrastarla con la correlación de fuerzas que han evidenciado estas elecciones: 8 de los 11 candidatos que concurrieron ayer son más soberanistas que mundialistas. El voto sumado de todos ellos supera  el 50% de lo expresado y el malestar por la desposesión de Francia va aún más allá.  La posición de Emmanuel Macron, el más claro representante de la Francia en la globalización, es, por tanto, extremadamente frágil y engañosa. Su victoria parece un último cartucho. Quizá sea el último recurso antes de la erupción.




El soberanismo ha ganado la batalla en Francia


Miembro de la fachoesfera, simpatizante de Vladimir Putin, el economista predilecto de Marine Le Pen… El heterodoxo --y prestigioso-- economista Jacques Sapir (Puteaux, 1954) no suele recibir demasiados elogios en la prensa francesa. Director de estudios en la École des Hautes Études enSciences Sociales (EHESS) de París y miembro de la Academia de Ciencias de Rusia, este especialista de la economía rusa se ha erigido como  una de las voces más críticas en Francia con el euro y la globalización económica en su forma actual.


Militante de izquierdas radical durante los setenta, Sapir participó en la campaña por el No a la Constitución europea en 2005 al lado de intelectuales y militantes comunistas y del ala izquierda del Partido Socialista. Su editor es el economista Jacques Généreux, principal responsable del programa económico del izquierdista Jean-Luc Mélenchon. Pero Sapir también se ha codeado con el candidato soberanista Nicolas Dupont-Aignan y el año pasado intervino con un vídeo en la universidad de verano del Frente Nacional (FN). Considera, de hecho, que esta formación “no es un partido racista en su discurso oficial”.


Tras haber publicado recientemente obras como Souveraineté, démocratie, laïcité o L'Euro contre la France, Sapir recibe a CTXT en su despacho en la EHESS en la rive gauche (zona predilecta de los intelectuales) de París. Analiza los resultados de la primera vuelta de las presidenciales, el auge de los movimientos soberanistas en Francia y la crisis de la democracia en Europa.

El centrista Emmanuel Macron será probablemente el próximo presidente francés. En su programa defiende suprimir 100.000 puestos de funcionarios, pero también quiere impulsar un plan de inversiones de 50.000 millones de euros. ¿El programa de Macron servirá para relanzar la economía francesa?

SI LE PEN ES CAPAZ DE ABRIR SU CAMPAÑA HACIA OTRAS FRANJAS DE LOS MOVIMIENTOS SOBERANISTAS Y SI ENCUENTRA LAS PALABRAS ADECUADAS PARA DIRIGIRSE A LOS VOTANTES DE LA FRANCIA INSUMISA, PUEDE CRECER POR ENCIMA DEL 40%

No lo creo. En el programa de Macron vemos a la vez medidas de austeridad que afectarán al poder adquisitivo y un plan de relanzamiento para compensar este aspecto recesivo. Pero cuando una mano apoya sobre el freno y la otra acelera, a lo mejor tiene un resultado nulo. Macron, como ministro de Economía, pensó en ayudar fiscalmente a las pequeñas y medianas empresas para mejorar la situación de su tesorería. Lo que no era una mala idea. Pero la aprobación de una reducción de los impuestos de 40.000 millones a todas las empresas sirvió para incrementar los beneficios de los grandes grupos, que los distribuyeron entre sus accionistas, y no permitió incrementar las inversiones en Francia. Mélenchon o Le Pen defienden, en cambio, lo contrario, que hay que incentivar fiscalmente las inversiones en el territorio francés.

¿Esto significa que las políticas de Macron favorecerán que continúe la situación actual de deflación y letargia económica?

Sin duda alguna. Su programa representa la continuidad del programa de Hollande y no habrá cambios sustanciales. Aunque se presente como un joven, Macron es un conservador y quiere conservar el marco económico e institucional actual, que sabemos que no funciona.

Ante el continuismo que representan las políticas de Macron, ¿Le Pen tiene alguna posibilidad para vencer en la segunda vuelta de las presidenciales?

Macron es favorito, pero nada es definitivo. Los sondeos conceden el 60% de los votos a Macron y el 40% a Le Pen, pero todo dependerá de cómo hagan campaña. Si Le Pen es capaz de abrir su campaña hacia otras franjas de los movimientos soberanistas que existen en Francia y si encuentra las palabras adecuadas para dirigirse a los votantes de la Francia Insumisa, puede crecer por encima del 40%.
Si sumamos los resultados la primera vuelta de las presidenciales de Le Pen (21,30%), Mélenchon (19,58%) y Dupont-Aignan (4,70%), casi la mitad de los franceses apostaron por candidatos con una visión muy crítica de la UE y la globalización. ¿Cómo valora este crecimiento del soberanismo?

El soberanismo ha ganado la batalla cultural en Francia. Quizás no ha ganado la batalla política, ya que Macron será elegido probablemente como presidente en la segunda vuelta de las presidenciales, pero las ideas soberanistas han progresado enormemente en la sociedad francesa. La mejor prueba de ello es que Macron durante su discurso de la noche electoral utilizó en dos ocasiones la palabra patriota. Es extremadamente significativo en un hombre que hace dos semanas decía que no hay una cultura francesa y que no había recurrido a este tipo de vocabulario.

¿Pero no teme que este retorno de la nación sea aprovechado por formaciones racistas o xenófobas?

En el fondo pienso que hay un riesgo de que los movimientos soberanistas  sean capturados por nacionalistas en el sentido estrecho del término. Es decir, por personas que priorizan su idea de la nación en contra del resto de la población. Es un riesgo evidente. Este riesgo resulta aún más fuerte ya que nos encontramos bajo el marco de la globalización, que ha permitido que se desarrolle toda una serie de movimientos racistas y xenófobos. Pero sólo a través de una reapropiación de la idea de la nación podemos combatir este riesgo.

¿Qué aspectos positivos ha aportado el FN al debate político francés?

El FN ha hecho volver a la política a franjas de la población que habían salido de la política desde hacía una quincena o una veintena de años. Mélenchon ya dijo hace veinte años que el único partido que hacía política en Francia era el FN. También el FN ha adoptado propuestas en materia económica y social que no se encuentran demasiado alejadas de las de Mélenchon. Luego hay otras propuestas que son criticables. Cuando Le Pen dice que quiere derogar el derecho al suelo [el derecho de cada habitante nacido en Francia a obtener la nacionalidad francesa], estoy en contra de ello. Podemos debatir sobre las condiciones de aplicación del derecho al suelo, de si la ley sobre la nacionalidad francesa hace que sea demasiado fácil obtenerla. Pero el derecho al suelo debe ser mantenido.
Una de las novedades de la campaña de Mélenchon es que ha mantenido un discurso muy crítico con la globalización y ha defendido propuestas como el proteccionismo solidario o la supresión del estatus diferenciado de los trabajadores de empresas extranjeras que no cotizan a la seguridad social francesa. ¿Cómo valora estas propuestas?

Estas propuestas han sido un punto importante en la campaña de Mélenchon. La campaña de la Francia Insumisa estuvo marcada primero por un momento ecologista, ya que su programa es el más coherente respecto a la cuestión ecológica. Pero luego también hubo un momento patriota. Mélenchon hizo numerosas referencias a Francia. Sin duda, sigue la línea del patriotismo republicano, del patriotismo de la Primera República Francesa (1792-1804) y los escritos de Victor Hugo, al que suele citar. Pero se trata de un patriotismo duradero en el tiempo. Además de este patriotismo, añade su crítica a la globalización que me parece muy interesante. Mélenchon no aborda la cuestión del proteccionismo a través de posiciones exclusivistas, que consisten en decir que estamos completamente a favor o en contra. Reivindica que en determinadas ocasiones hará falta adoptar medidas proteccionistas.

Mélenchon propone un plan de inversiones de 100.000 millones de euros para relanzar la economía. ¿Pero resulta posible aplicar este tipo de políticas bajo el marco actual del euro?

La política propuesta por Mélenchon no es coherente con el mantenimiento del euro. Pero que él desee que sean Alemania y el Banco Central Europeo (BCE) los que provoquen la implosión de la zona euro lo puedo comprender. Se trata de una táctica política. Dice que quiere hacer un plan de inversiones y que lo hará a través del Banco de Francia sin tener en cuenta lo que diga el BCE. Pero él sabe muy bien que esto no es aceptable ni por Alemania ni por el BCE.

Usted defiende un discurso muy crítico con el euro. ¿Por qué?

Porque he constatado desde hace años que la moneda única ha llevado a Europa y a los países que forman parte de ella a una depresión generalizada de la economía. Estamos empujando la economía mundial hacia abajo. Vemos claramente que el euro favorece a la economía alemana. Favorece una devaluación del marco alemán virtual y produce una sobreevaluación de la divisa en países como Francia, Italia o España. Esta es la causa del gran excedente comercial de Alemania que se hace en detrimento de países como Francia o Italia. Por este motivo, pienso que hay que salir del euro.
Considera que el euro no sólo tiene efectos económicos negativos sobre países como Francia o España, pero que también está destruyendo políticamente Europa.

El euro no es sólo una moneda, sino también un modelo de gobernanza que se ha impuesto a los países. Este instituye una autoridad supranacional que vacía el poder de decisión de los parlamentos de los distintos países miembros. La negación de la democracia vinculada al euro está haciendo implosionar a Europa. Lo vemos con el crecimiento de movimientos antieuropeos.

¿Qué se puede hacer para hacer frente a esta crisis de la democracia en Europa?

Si queremos hacer sobrevivir la UE, que no es lo mismo que Europa, sólo hay dos maneras posibles: que se reforme de manera extremadamente importante o que abandone el euro. Si se abandona el euro, podría haber un sistema de paridades monetarias que podrían circular, de forma no excesivamente controlado. Nos podríamos poner de acuerdo para que estas paridades sólo fluctuaran durante un determinado momento durante el año. Pero la fluctuación del valor de las monedas me parece central para la supervivencia de la UE.

El FN ha intentado durante esta campaña no pronunciarse sobre la cuestión del euro. ¿Esta formación ha moderado su posición respecto al abandono de la moneda única?

No lo creo. Le Pen ha modificado un poco su discurso respecto a este tema, pero se trata de un ajuste táctico. A Florian Philippot [vicepresidente de la formación] le preguntaron el domingo 23 de abril por la noche si seguían defendiendo la salida del euro y respondió que sí. Pero nos encontramos ante una situación extraña en Francia. La mitad de la población está en contra de la UE, pero sólo el 40% de ella está en contra del euro. Lo que es absurdo. Porque si salimos de la UE, saldremos del euro. Lo entendería mejor si la mayoría de la población deseara salir del euro, pero no de la UE.

¿Cómo explica la contradicción de que haya más franceses en contra de la UE que del euro?

Se trata de una contradicción comprensible desde un punto de vista psicológico. Para la gente, tocar su moneda provoca una gran inquietud. Poner en duda la UE es una discusión más política. La gente entiende mejor este discurso y una parte de la población está convencida de que la UE comporta unas condiciones nefastas para Francia.


POR QUÉ MACRON FRACASARÁ

 Grandes ambiciones, enérgico voluntarismo y poco apoyo popular. Son la base sobre la que el nuevo presidente de Francia quiere aplicar, con una nueva imagen, todo lo que ha fracasado en las últimas décadas. Para llegar a su engañosa victoria electoral, el joven Macron ha tenido que abolir la alternancia y casi el pluralismo institucional en Francia. Para hacer su tortilla ha incendiado la cocina. Esta victoria, que se va a defender con métodos autoritarios, será, seguramente, su mayor factor de derrota a medio y largo plazo.

 Kremlinología en el Elíseo

 Los gobiernos franceses suelen estar llenos de ministros que quieren ser presidentes. Personajes que conspiran y maniobran para ello desde sus cargos. Con François Hollande había unos cuantos cuyas ambiciones eran manifiestas; Arnaud Montebourg, Manuel Valls y el propio Emmanuel Macron, el más listo y discreto de todos ellos que acabó haciéndose con el trono. En el gobierno de Macron no hay rastro de esos “conspiradores ambiciosos”. El Presidente se ha vacunado contra el papel que él mismo jugó como ministro de Hollande. Si se exceptúa a Bruno Le Maire, un peso ligero de la derecha al frente de la economía (por si acaso, Macron le ha puesto como segundo a su más fiel colaborador Benjamin Griveaux), en el nuevo gobierno francés no hay políticos. Solo tecnócratas obedientes.

 En la foto de grupo que Macron se hizo el miércoles con sus ministros en el jardín del Elíseo, el Presidente rompió la tradición y se colocó no al frente, sino en medio de ellos. Parece más democrático, pero no es más que una cuestión de imagen: todo el mundo tiene claro quien es ahí “el jefe”, como se le llama en su entorno. Macron quiere ser un presidente “total”. Mandar mucho y hablar poco (“La palabra presidencial será rara”, ha dicho). Sus ministros serán disciplinados, no se admitirán filtraciones y si las hubiera serán sancionados. “Este gobierno tiene vocación de durar”, dijo después de la foto.

 Los medios de comunicación, en un 80% en manos de magnates que le apoyan, no han prestado gran atención al hecho de que han bastado treinta días para que el nuevo gobierno “irreprochable y ejemplar” sufriera su primera crisis: cuatro ministros salpicados por irregularidades económicas que han saltado de sus cargos. Pese a la corrupción estructural en la que están sumidos, a los medios de comunicación franceses les encanta derribar los ídolos que ellos mismos contribuyeron a crear. ¿Cuánto durará en su actual forma esta corrupta indulgencia mediática?

 Programa y objetivos

 Presentado como innovador y original, a menudo con fórmulas “nórdicas” y sofisticaciones conceptuales para camuflar simples y viejas políticas neoliberales de recorte social, el programa de Macron no tiene gran cosa de original: se trata de aplicarde una vez por todas en Francia el catálogo completo de Bruselas/Berlín.

 La narrativa habitual afirma que esa involución socio-laboral nunca se ha podido aplicar en Francia, país “conservador” con “exceso de Estado” y de funcionarios, y que esas reformas, “liberarán las energías del país”. En realidad se trata de imponer a la fuerza un recorte de pensiones del 20%, una bajada de salarios, un recorte de la función pública (120.000 funcionarios menos) y una “flexibilidad” que de alas a la precariedad.

 “Es el político anglófono y filo germano que Europa necesita”, dijo de él la revista Foreign Affairs. “Su ascenso pinta bien para los accionistas y empresarios que piden una reestructuración urgentemente necesaria del mercado laboral francés”, señala un comentarista de la agencia Bloomberg. “El salvador de Europa” delira en portada The Economist con un punto de interrogación. Y detrás de ellos, la habitual cacofonía de todo un ejército de papagayos.

 El objetivo es emular el “modelo alemán”, incrementando la franja de salarios bajos que en Alemania afecta al 22,5% de los asalariados (7,1 millones) y en Francia solo al 8,8% (2,1 millones). Con estas fórmulas se podrá llegar a los “satisfactorios” niveles de desempleo alemanes. El paro en Alemania es del 3,9% según Eurostat, y del 5,8% según la oficina federal de estadística alemana, que usa una contabilidad diferente a la europea. Pero desde hace años se conoce que, gracias a diversos trucos contables que barren debajo de la alfombra a sectores enteros de la población laboral, la cifra real de paro es bien superior, del 7,8% actualmente. Es decir, solo dos puntos menos que en Francia y con más precariado entre los asalariados y más pobreza entre los jubilados, un problema apenas existente en Francia. Alemania, que tiene una demografía languideciente, no es un modelo para Francia con su dinámica tasa de natalidad y su mayor necesidad de servicios públicos.

 Que Francia no ha hecho reformas en esa dirección, forma parte del mito. La intentona de Macron es la radical culminación de treinta años de hegemonía neoliberal en la política y en los medios de comunicación de Francia, algo que comenzó en 1974 Valéry Giscard d´Estaing, fue proseguido por Mitterrand (traicionando su programa inicial en 1983) y continuado desde entonces por todos los presidentes de “izquierda” y de derecha que ha conocido el país. La globalización quiere destruir una tradición nacional de estado fuerte particularmente apreciada por los franceses y que económicamente funciona mucho mejor de lo que se dice.

 En términos generales el modelo político de Macron es la “marktkonforme Demokratie” (la democracia adecuada al mercado) de la Señora Merkel, incluida la marginalización de la oposición parlamentaria. La empresa y la meritocracia nunca habían estado tan presentes en el gobierno. Los sectores privilegiados nunca habían pesado tanto (por encima del 70%) en el cuerpo de diputados.

 Ideológicamente Macron es, según la definición del fundador de Attac Peter Wahl, “una mezcla programática de relato liberal de izquierda-verde-alternativo (cuestiones de género, minorías sexuales, medio ambiente, europeísmo y cosmopolitismo), modernismo start-upista digital en la línea “uber para todos”, un subidón make France great again, y un neoliberalismo casi a la Margaret Thatcher con rostro humano”.

 Su hoja de ruta es “gaidarista” (por Yegor Gaidar, el autor de la “terapia de choque” rusa): introducir rápidamente y por decreto una involución socio-laboral a partir del verano, y contener la contestación social que seguirá mediante la introducción en el derecho común, a partir del otoño, de los preceptos liberticidas de las medidas de excepción contenidas desde noviembre de 2015 en el “estado de urgencia” aún vigente.

 En Rusia, la “terapia de choque” de Gaidar (1991) precisó de un golpe de estado (1993). Francia no es Rusia, pero Macron tiene muchas posibilidades, y todas las posiciones, para ser el Presidente autoritario de Francia.

 También tiene muchas posibilidades de fracasar, por su política socio-laboral errada e impuesta, y porque su base social y electoral (la Francia de los de arriba y el voto del 16% del censo) es reducida. La suma de ambas cosas arroja una legitimidad débil (que contrasta mucho con su aplastante mayoría absoluta en las instituciones y medios de comunicación) y convierte en temeraria su autoritaria ambición de enderezar a Francia acabándola de destrozar.

 Las ambiciones y los riesgos

  Solo un joven de 39 años, convencido de su propia genialidad y de que no debe nada a nadie, y que desconoce el fracaso, puede aunar tal explosiva relación entre ambiciones y riesgos. La devaluación  salarial y de pensiones del 20% que se busca, fracasará porque hundirá la demanda interna y aumentará el paro en Francia. Macron debería incrementar los salarios, pero incluso si quisiera no podría, porque está aprisionado por el esquema alemán que domina Europa. Su consigna europea, “La Europa que protege”, está en contradicción directa con el programa neoliberal, es decir con el proyecto europeo. La situación de las cuentas públicas francesas para cumplir con el dogma alemán del 3% de déficit y los otros requisitos, se anuncia complicada. En el remoto supuesto de que el macronismo intentara una política alternativa en Europa, debería renegar del actual proyecto europeo. Si no hace nada, continuará alimentando todo eso que hoy hace soberanistas a más de la mitad de los franceses. El ministro de Economía francés, el peso ligero Bruno Le Maire, es totalmente incapaz de enfrentarse al peso pesado alemán Wolfgang Schäuble.

 Macron tiene grandes ambiciones. Dice que su presidencia supondrá, “un renacimiento de Francia y espero que de Europa”. La simple realidad es que su fracaso sembrará el caos en Francia, donde la indignación tomará el relevo a la indiferencia y a la sorda decepción actuales, y por extensión agravará la situación en esa Unión Europea que busca salidas a su complicado embrollo en la militarización y el belicismo, la “Europa de la defensa”.

 El primer adversario de Macron será, una repetición, aumentada, de lo que se vio la pasada primavera: una alianza de la juventud y del sindicalismo radicalizado que podría empujar hacia una gran revuelta. Para valorar si eso puede dar lugar a serias convulsiones, basta comprender una cosa: que la situación actual no tiene alternativa institucional.

  Para llegar a donde ha llegado, Macron y las fuerzas oligárquicas que lo auparon en el último ciclo electoral han tenido que dinamitar la alternancia y casi el pluralismo institucional en el país (el incendio de la cocina). En las instituciones francesas ya no hay más que un solo partido. El conglomerado macronista, ampliado a sus satélites (socialistas y conservadores “constructivos” hacia el Presidente), tiene el 80% de los diputados cuando obtuvo el voto real del 16% de los franceses.

 Esta victoria, será a medio y largo plazo su mayor factor de derrota, porque esa abolición condena a la oposición a un estatuto “antisistema”: cualquier fuerza social que se oponga al macronismo tendrá que cambiar el régimen. Un escenario muy ruso, que recuerda al drama de la autocracia, pero en Francia.

El autoritarismo macronista que se anuncia es el último cartucho del establishmentpara disolver/cambiar Francia. Su fracaso no tendrá alternativa en el actual marco institucional, la V República, y probablemente, tampoco en el actual sistema. A partir de este pronóstico, se admiten todas las apuestas…

Fuente: http://ctxt.es/es/20170628/Politica/13643/macron-francia-presidente-rafael-poch.htm



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