viernes, 14 de abril de 2017

El desorden mundial y la caída de la Unión Europea

RAFAEL POCH - 7 marzo, 2017 - 12:27 h
PRIMEROS EFECTOS DEL TRUMPETAZO (*)

Da Luan, “gran desorden”, es el concepto con el que los chinos designan las épocas turbulentas. Se creó y difundió en una época histórica en la que el mundo estaba compartimentado. Hoy mucha gente percibe ese desorden referido no a un país o una región, sino al conjunto de nuestro mundo unificado. El motivo es que hay un fuerte contraste entre lo que la gente común percibe como los retos del siglo y los medios disponibles para afrontarlos.

Los retos del siglo son tres: atajar el cambio climático, paliar la desigualdad social y regional, y avanzar en el desarme de la capacidad de destrucción masiva (convertida en objeto de amplio consumo). Si colocamos eso al lado del cuadro institucional disponible, y de las normas y las conductas generales al uso en el ámbito de las relaciones internacionales, resulta un Da Luan global, una sensación general de gran desorden.

En términos generales eso tiene que ver con la presencia de un mundo nuevo que precisa de una nueva civilización. De eso ya hablaba Einstein en los años cincuenta cuando decía que “el arma nuclear lo ha cambiado todo, menos la mentalidad de los hombres”. El principio se puede ampliar a todo lo que implica el antropoceno, es decir el vivir en una época en la que la acción humana se ha convertido en factor de cambio geológico y de potencial suicidio de la especie (porque ahora tal suicidio es técnicamente viable a diferencia de la época histórica no antropocénica). Pero en términos más concretos, esa percepción de desorden se ha hecho mayor ante nuestros ojos, desde hace 25 años.

El fin del mundo bipolar, de la guerra fría, abrió una oportunidad (ese era precisamente el discurso de Gorbachov sobre el “nuevo pensamiento” y la “nueva civilización”).

Era una oportunidad para adentrarse en el multilateralismo, en la generalización de la diplomacia y el rechazo de las políticas militares, con un papel preponderante para las Naciones Unidas. Aquello se dejó pasar en beneficio del catastrófico ensayo de una hegemonía monopolar, cuya factura es más de un millón de muertos en Oriente Medio (“el crimen del siglo”, define Noam Chomsky la invasión de Iraq) y de la generalización de la lógica militar en la gobernanza de la transformación concreta actualmente en curso, es decir en el tránsito hacia un mundo multipolar con diversos centros de poder.

Esos centros pueden actuar en consenso, lo cual sería bueno para la gobernanza global, o en la lógica de “imperios combatientes” con la formación de bloques y alianzas militares enfrentadas. La sensación y percepción de desorden y peligro tiene que ver, precisamente, con el hecho de que parece que es mucho de lo segundo lo que se está imponiendo. Y eso es muy mala noticia para los retos del siglo.

Aunque el titulo de esta conferencia se refiera al mundo, aquí solo voy a hablar de los imperios o superestados sobre los que reposa la principal responsabilidad. No voy a hablar de Oriente Medio, ni de América Latina, ni de África, sino del cuarteto: Estados Unidos, Unión Europea, Rusia y China.




Estados Unidos profundiza su aislamiento

La crisis de 2007/2008 evidenció la gran avería del capitalismo neoliberal. Yo llegué entonces a Alemania desde China y recuerdo que mi primer entrevistado en Berlín, un eminente sociólogo al que conocía de treinta años atrás, me dijo: “no sabemos qué va a pasar, pero una cosa está clara: el neoliberalismo está acabado”.

Diez años después se continúa con lo mismo en condiciones de avería. Eso ha provocado sorpresas como la del trumpetazo (y como el fenómeno Sanders) en Estados Unidos. El rechazo a la Clinton parece haber sido una reacción antiliberal que rechaza los efectos socioeconómicos de la globalización junto con los derechos de minorías y demás, (porque todo se presentaba en un mismo paquete), en beneficio de un etnonacionalismo. Trump aplica sus recetas a esa avería. Intenta una síntesis entre ese etnonacionalismo y el neoliberalismo económico anterior. Es lo que llamamos la “lepenización de Goldman Sachs”. Su “América first” incluye el intento de un cambio de vector exterior (menos contra Rusia y más contra Irán y China) lo que crea una insólita división del “partido de la guerra”. Algo extraordinario, porque la división del establishment en un imperio puede dar lugar a los desordenes más imprevistos. (Recordemos en ese contexto el consejo de un conocido experto ruso a Donald Trump: “refuerce su escolta”, y también la profecía de Michel Moore de que Trump no acabará su mandato).

Sea como sea, esa inestabilidad interna aísla aún más a Estados Unidos, que ya lanza claras señales de impotencia, por ejemplo en Oriente Medio, donde manifiestamente es incapaz de hacer nada (en realidad nadie es capaz de hacer nada por si solo allá) para arreglar el dramático desbarajuste que tanto contribuyó a crear (lo hemos visto en Siria, donde los rusos lo han aprovechado muy bien y, de momento, han ganado).

Aislamiento hacia América Latina, que ya venía de lejos con Alba y Mercosur, y que ahora puede incrementarse con las tensiones con México, y aún más si se cuestiona el acuerdo de Obama con Cuba. También por causa de Israel, por su apoyo al extremismo de su administración colonial y supremacista. Pero sobre todo aislamiento con todos por cuestionamiento del acuerdo global sobre cambio climático, con lo que Estados Unidos cede a China el liderazgo en ese asunto, como se vio en noviembre en la cumbre de Marrakesh.

Todo eso va a debilitar mucho a Estados Unidos, lo que podría no estar mal, teniendo en cuenta que estamos hablando de la principal amenaza a la paz mundial (13 guerras al precio de 14 billones de dólares en los últimos 30 años. Cifra oída en Davos), pero va a empeorar el ambiente general. El etnonacionalismo es contagioso (el América First es contagioso: UE first, China first, Rusia first, etc) y su modus operandi será seguramente más militar que diplomático (Trump ya ha aprobado un nuevo récord en gastos de guerra).


Unión Europea: intento de cohesión vía la tensión con Rusia

En la UE, Alemania es el centro del problema, porque la UE que ahora se rompe (la de Maastricht para acá) fue su diseño y es su seudónimo: los políticos alemanes hablan de una “Europa fuerte” y una “Alemania fuerte” indistintamente. Y es lógico porque la actual generación, que ya no ha conocido la guerra, vuelve a pensar en una Europa alemana es decir en algo que no suele acabar bien…

Ante su crisis de desintegración (no me extiendo en ella: todo está en Adios, Unión Europea), la UE está poniendo en primer plano la defensa. Como han hecho los liberales en Estados Unidos al presentar a Rusia como la explicación de su derrota electoral, la UE busca una cohesión en la defensa y ahí Rusia es el único pretexto disponible. Aquí hay que decir que la no documentada injerencia rusa en las elecciones de Estados Unidos, es una broma si se mira desde Moscú, o desde las crónicas  subvenciones y lobysmos de Arabia Saudí o Israel en la política americana, o si se recuerda la injerencia de Estados Unidos en las elecciones de tantos países, o lo que Snowden ha documentado en materia de masivo espionaje al demostrar la existencia de Big Brother.

Pero volviendo a la defensa europea, el problema es que la pelea del “partido de la guerra” en Washington cuestiona ese recurso. La orfandad de los atlantistas europeos es manifiesta a partir del momento en que Trump desdramatiza a Rusia (Trump es lo que los alemanes llaman un “Putinversteher”) y cuestiona la propia OTAN. Que el primer accionista y propietario de la OTAN la cuestione es algo que produce cortocircuitos, por más que quizá sea solo un medio para que los europeos paguen más. Además, está el despecho por el elogio de Trump al Brexit y por el feo al euroalemán. Todo eso abre una brecha y crea unas ansiedades extraordinarias, y obliga a Alemania a pensar un plan B en materia de defensa.

Hace unos días el Frankfurter Allgemeine Zeitung titulaba: “El Bundeswehr se encamina a ser el ejército principal de la OTAN. Dos brigadas checas y rumanas y dos tercios del ejército holandés ya están subordinados e integrados en el mando militar alemán. Hacia Polonia se avanza en  el mismo mecanismo de estructuras militares comunes. En 2017 el presupuesto de defensa alemán aumentará un 8% (si llegara al 2% del PIB, como pide la OTAN a todos sus miembros, ya sería superior al ruso). En el debate político la principal revista del establishment alemán en política exterior (Internationale Politik) y en algunos medios de comunicación (como el semanario Die Zeit) se escuchan voces obscenas que defienden la necesidad de tener armas nucleares.

Y el fondo de todo esto es la histeria de la “amenaza rusa”. Histeria porque la población de los miembros europeos de la OTAN supera en 4 veces a la de Rusia, la suma de sus PIB supera al ruso en 9 veces, su gasto militar en 3 veces, e incluyendo al conjunto de la OTAN en 12 veces.

Todo esto se está forzando con una campaña mediática inusitada que intenta recrear la tradicional imagen de enemigo hacia Rusia de la Alemania reaccionaria. La población alemana (la más antimilitarista de Europa, por razones obvias), no acepta esa insistente oferta: en todos los sondeos, la mayoría contra las sanciones a Rusia, y contra la imagen de enemigo en general es sólida. La responsabilidad de Merkel en el dinamitado de aquello que rehabilitó a la Alemania de la posguerra y que fue su mejor contribución, la Ostpolitik de Willy Brandt y Egon Bahr, es extraordinaria.

Los políticos alemanes lo han conmemorado todo con su presencia; el desembarco de Normandía, las matanzas de Oradour-sur-Glane en Francia y Lidice en Chequía, los actos de la Westerplate de Gdansk en Polonia, en el centro de Berlín hay un gran memorial sobre la Shoa. Merkel estuvo hasta en el centenario de la batalla de Verdun. Lo único que (el ex presidente) Gauck y Merkel no han conmemorado ha sido, en junio, el 75 aniversario de la operación Barbarroja: más de 20 millones de muertos en la URSS. La presencia de tropas y tanques alemanes en Lituania (serán 1200 soldados en primavera), en Rukla, a 100 km. de la frontera rusa, uno de los peores escenarios del judeicidio, es una vergüenza alemana. Y además de una vergüenza es una estupidez: en Europa solo habrá seguridad con Rusia. No la habrá sin Rusia, y, desde luego, de ninguna manera contra Rusia (son palabras de Matthias Platzeck, un político socialdemócrata alemán en su reciente discurso en la Frauenkirche de Dresde un memorial civil del pacifismo alemán).

Sobre seguridad europea he escrito mucho en mi blog, así que no voy a entrar en el hecho de que Euroatlántida ha estado 20 años metiéndole el dedo en el ojo al oso ruso, al burlar los acuerdos alcanzados en el contexto de la reuniuficación alemana y el fin de la guerra fría, extender la OTAN 1000 kilómetros más hacia al este y al  desplegar un escudo antimisiles contra inexistentes armas de Irán en las mismas barbas de los rusos. Mi punto de vista es que las bellaquerías de Rusia en Ucrania y demás, han sido de naturaleza reactiva y defensiva, como lo demuestra su propia geografía: las tensiones con Rusia no son en el Caribe o en el Mediterráneo, son en su inmediata vecindad.  Pero hablemos de Rusia.



Rusia: fragilidad y tentaciones peligrosas

En Rusia hay que distinguir la proyección exterior, que en términos generales contribuye a la multipolaridad y modera el hegemonismo, y la realidad interior de su gobierno.

Recordemos que la dicotomía  multilateralismo/ hegemonismo es a las relaciones internacionales algo parecido a lo que pluralismo y dictadura supone para un Estado.

Los periodistas y el público mal informado por ellos, suelen dividir los países en “democracias” y “dictaduras”, olvidando ese aspecto esencial, es decir; que hay estados que son plurales en su interior y hegemonistas y guerreros en su exterior, léase dictatoriales, y otros que sin ser democráticos practican una política exterior multilateralista y mucho más opuesta al hegemonismo y al belicismo y que, por tanto, contribuyen a cierto pluralismo internacional.

Lo primero que hay que comprender es la crítica fragilidad interna del régimen ruso.

En una sociedad moderna y educada del siglo XXI de la periferia de Europa, una autocracia personalista que no permite la rotación electoral y que gobierna una economía oligárquica muy injusta e ineficaz, es, por definición, débil.Que compense esa debilidad restringiendo cualquier desafío político a su monopolio, no hace más que profundizar su disfunción estructural.

El machismo exterior puede ser un recurso temporal para conjurar la fragilidad del sistema, pero es un recurso temerario. En 1905 la dinastía Romanov se tambaleó tras perder una guerra contra Japón. El ciclo de la revolución rusa comenzó entonces. Estoy convencido de que el actual sistema autocrático ruso acabará saltando.

El cambio de régimen propiciado por Occidente en Ucrania (a medias con una revuelta popular genuina) fue, a efectos geopolíticos, el último dedazo del expansionismo de la OTAN en el ojo del oso.Si el Kremlin no hubiera reaccionado (en Crimea y Donbas), el nacionalismo ruso, que es la ideología sobre la que gobierna Putin, se le habría desmoronado encima. Es muy fácil entenderlo: tras las retiradas geopolíticas de Gorbachov (Europa del Este) y de Yeltsin (las repúblicas de la URSS), tener a la OTAN en Sebastopol habría sido una humillación decisiva. Lo siguiente habría sido una revolución de color contra Putin, un maidán moscovita (que también habría sido mezcla de operación de cambio de régimen y de genuina protesta popular, como fue lo de Ucrania). Así que, insisto: Las bellaquerías de Rusia en Ucrania y demás, han sido de naturaleza defensiva, tanto por geografía como por la lógica que se desprende de la supervivencia de su régimen.

Lo de Siria ha ido algo más allá de ese machismo de estricta supervivencia. Es un paso más. Tiene que ver con el intento de Moscú, admirablemente ejecutado, de recuperar un papel en el mundo. Siria era un aliado, había un proyecto qatarí alternativo al ruso para llevar gas a Europa que exigía un cambio de régimen en Damasco, y había hartazgo por los desastrosos anteriores cambios de régimen y guerras en la región desencadenadas por occidente en Iraq y Libia a base de mentiras y abuso de decisiones de la ONU. La intervención en Siria ha salido bien gracias a cierto paralizante estupor de la administración Obama ante los efectos de sus anteriores intervencionismos militares. Rusia tuvo suerte, pero, dada la diferencia de fuerzas, el riesgo de una confrontación directa con Occidente convirtió esa intervención en un ejercicio temerario. Moscú jugó sus cartas con maestría y de momento ha ganado allá.

Otro aspecto actual de Rusia con el trumpetazo tiene que ver con el hecho de que veinte años de agravios occidentales propiciaron un acercamiento entre Rusia y China, ambas sometidas a presiones estratégicas parecidas. Pero el sueño del Kremlin era una administración americana con la que entenderse de igual a igual, y el de los dirigentes chinos algo parecido, llegar a un entendimiento global. El acercamiento ruso-chino ha tenido, ciertamente, mucho de reactivo, pero ha echado raíces.

Ahora la mano tendida de Trump (una mano que apunta contra China e Irán) despierta recelos entre los socios no occidentales de Rusia: China, Irán, India y otros.

Esos países siempre sospecharon que la vocación de Moscú era occidentalista y que el euroasiatismo no era más que una forma de presión a Occidente. En 2010/2011 Moscú apoyó de facto las sanciones contra Irán al negarse a suministrar baterias S-300 e Irán se quejó por ser tratada como mera moneda de cambio en aquel juego ruso-americano. En 2014, tras lo de Ucrania y Siria, eso ha cambiado, pero la mano tendida del trumpetazo despierta ese fantasma. (Fedor Lukianov, Опасность «большой сделки»). En ese contexto me parece que cualquier intento de acuerdo con Estados Unidos enturbiará las relaciones de Moscú con el conjunto de sus socios no occidentales:

Una sintonía con Trump aumentará la rusofobia de la amplia oposición a Trump, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea. Inquietará a China (que podría temer ser víctima de la jugada de Kissinger/Nixon contra la URSS a la que ella misma se prestó en 1972). El etnonacionalismo de Trump puede inspirar el de naciones importantes del entorno ruso contra Rusia: Bielorrusia, Ucrania, Georgia, Kazajstán. Y finalmente, el antiislamismo de Trump es muy peligroso para la estabilidad interna de Rusia, cuya población es en un 15% musulmana. Por todo eso Moscú se lo debe pensar dos veces antes de embarcarse en acuerdos con un presidente que se lleva mal con todos, que deteriorará todas sus relaciones, y que además no está nada claro que concluya su mandato.

Para concluir, hablemos ahora de China:



China se pone un cinturón de seguridad con múltiples anclajes

Tanto en Estados Unidos como en Rusia, estamos ante países, que con toda su diferente potencia, tienen en común el hecho, siempre doloroso, de ir a menos. Estados Unidos se despide del hegemonismo (tras 70 años de ejercicio, está manifiestamente mal preparado para ello), y Rusia intenta recuperar algo de su papel de segundo pilar del mundo de la guerra fría (de ahí su obsesión de que Estados Unidos la tenga en cuenta). Lo de China es diferente. China va a más. Pero su tránsito es un regreso. China ya fue, por muchos siglos y hasta 1800, centro del mundo. (Zhong Guo, país del centro). Primera potencia, podríamos decir.

Entre el primer ascenso adolescente hacia la potencia, y el regreso senil a una grandeza milenaria, hay una diferencia muy importante. Hay una diferencia cultural, desde luego, pero dentro de ella también una diferencia biográfica, de experiencia y madurez que incluye el recuerdo de haber sido víctima reciente del colonialismo-hegemonismo.

En un contexto de crisis de civilización (civilización industrial, que es “made in West”), una preponderancia sinocéntrica (un poco de taoísmo y confucianismo) en el mundo multipolar, puede no estar mal.

Dicho esto, constatamos lo qué está haciendo China en esta fase tan turbulenta: ponerse el cinturón de seguridad. Pero un cinturón de seguridad chino. Sutil y diverso.

Como todos los secretarios generales del PC, Xi Jinping era un “primus inter pares” cuando llegó al poder en 2012. A finales de 2016 los dirigentes chinos decidieron aumentar su poder, su capacidad arbitral y ejecutiva, con el objetivo de mejorar la gobernabilidad y frenar la degeneración burocrática en época de sobresaltos. Xi fue declarado “núcleo de la dirección” del PC (领导核心), es decir un ascenso que le sitúa más en el estatuto de Deng Xiaoping que en el de sus sucesores. Este no es un reflejo particularmente sutil, es puro músculo autoritario-administrativo.

En Marrakesh China fue entronada en noviembre como garante del acuerdo climático, por absentismo de Estados Unidos. En Davos Xi Jinping lanzó el mensaje a favor de la interdependencia del capitalismo, que solía ser el de Estados Unidos. En política exterior el principal mensaje de Pekín es una integración blanda. Esa política tiene varios vectores. Uno de cooperación y seguridad que no tiene nada que ver con bloques (La Organización de Cooperación de Shanghai -al principio, en 1996 con los ex soviéticos. Este año se espera a India y Paquistán. Sumen poblaciones y territorio), y otro comercial llamado “Nuevas rutas de la seda”, con ferrocarriles de alta velocidad hacia el sur de Asia (Singapur, Malasia, Tailandia), hacia Persia y hacia Europa, a través de Rusia.

Si los chinos logran captar a Alemania en esta red -lo que presupone una seguridad europea integrada que incluya a Rusia- me parece que se despejarían muchos problemas.

Al mismo tiempo en Asia Oriental, China fomenta una gran zona de libre comercio, potencia el Banco Asiático de Inversión y deja bien claro que no permitirá cinturones de hierro a su alrededor. Cuatro palabras sobre ese cinturón de hierro militar americano con la colaboración de Japón, Corea del Sur, su tensión en el Mar de China Meridional, y su escudo antimisiles análogo al que hay en Europa.

Tal cinturón es el principal vector de la política de Estados Unidos en la región. Pivot to Asia, el giro hacia Asia, se llama, y consiste en situar allá el 80% de la capacidad aeronaval de su armada. Eso es todo. Comparen cinturones de seguridad.

Cuando se habla del expansionismo militar chino en las disputadas islas de ese mar, hay que empezar diciendo que Pekín no está haciendo nada que no hayan hecho antes los otros. De las doce islas Spartly (también hay islotes y arrecifes coralíferos) Filipinas y Vietnam controlan cinco islas cada uno. Taiwan y Malasia, una cada uno. Todos han construido allá aeropuertos y mantienen presencia militar. China llegó tarde y cuando se parapeta allí en arrecifes coralíferos, con el vigor y potencia que es la suya, se arma escándalo.

Lo mismo vale para el creciente poder naval chino allí: China solo tiene un portaaviones, el Liaoning (hay un segundo en construcción) capaz de llevar 20 cazas con poco armamento y combustible (la nave no tiene catapultas de despegue, así que no pueden ir muy cargados al despegar, lo que limita su radio de acción). Para hacerse una idea un portaaviones americano puede llevar entre 40 y 50 aparatos. Y Estados Unidos tiene en la zona 10 portaaviones (pronto serán 11). Una vez más, aquí lo definitivo es que no estamos hablando del Caribe o del Mediterráneo, sino del Mar de China meridional.

Dicho esto, el declarado proteccionismo de Trump hacia China es una amenaza para la mayor relación económica bilateral del mundo que es la chino-americana. Su ruptura tendría consecuencias devastadoras para China. Pero también para Estados Unidos:

China podría responder con sanciones a empresas americanas en China (solo Boeing tiene 150.000 empleos dependientes de esa relación con China). Disminuiría el entusiasmo chino por comprar deuda pública americana (Tienen 800.000 millones en bonos del tesoro). Dejarían de afluir a Estados Unidos esos productos baratos de importación china (fabricados en un 50% por empresas americanas establecidas en China) que consumen los sectores medios/bajos que tanto han votado a Trump.

Resumiendo: todo este desorden, estas turbulencias son malas para todos, pero para algunos son peores que para otros. Aunque China esté repleta de fragilidades como la apabullante factura medioambiental de su desarrollismo, o las contradicciones y tensiones sociales de su sistema autoritario en un contexto de gran desigualdad, entre otras, hay un aspecto del actual desorden que le favorece: La existencia de 2 occidentes (Estados Unidos por un lado, la Unión Europea por el otro) y además ambos divididos en su interior. Desde el punto de vista de las correlaciones de fuerzas globales eso es algo que no le viene mal a China. ¿Es esa fractura interna coyuntural? ¿Será significativa a largo plazo?

Sea como sea, después de todo quizá sea el ascenso de China uno de los pocos factores de estabilidad que quedan para el mundo desordenado. Dicho con la máxima cautela, puede que ahí resida una de las pocas esperanzas para una acción políticamente unificadora del mundo de mañana (mundo que hoy ya está unificado por sus retos existenciales), realizada desde la prudencia y la moderación en los ánimos de dominio.

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/2017/03/07/tendencias-del-actual-desorden-63721/



La globalización a la China

Si en algo destaca España es en el número de empresas de infraestructuras que acoge. Están Ferrovial, FCC, Acciona… En los diferentes ranking mundiales destaca ACS. Y todas ellas han trabajado, por lo general, en Europa y América. Ahora les toca cambiar de dirección.

El presidente de la República Popular de China, Xi Jinping, ha ideado una renovada ruta comercial por tierra y mar que llega a Mongolia y Rusia; Asia Central y Pakistán; Myanmar, Bangladesh y a la India; al sureste asiático, pero también a Corea del Sur y Japón; al Golfo Pérsico, Oriente Medio, norte de África y la Unión Europea.

La nueva Ruta de la Seda ya se presume como “la primera fuente de proyectos de infraestructuras en el mundo”, según detallaba Enrique Fanjul para el Real Instituto Elcano. Una declaración que no parece vaga: se quieren construir nuevas líneas de ferrocarril y puertos; oleoductos, gasoductos y centrales eléctricas; carreteras y toda clase de infraestructuras de apoyo con miles de millones de inversión. China dotó el fondo inicial con 40.000 millones de dólares. Y si eso era en 2014, desde entonces se han sucedido los acuerdos y multiplicado los números hasta afectar a entre 3.000 y 4.000 millones de personas. O, como detalla Xulio Ríos, uno de los mayores expertos en el país asiático, director del Observatorio de la Política China y del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (Igadi), “es la principal apuesta estratégica de Xi; una demostración interna de su poder y un ejercicio de afirmación global. Todo parece indicar que China no va de farol”.

Los anuncios tienen su máximo exponente político, además, en el otro nombre de la Ruta: “ One Belt One Road ” (Un Cinturón Una Ruta). Una franja que sobre el mapa afectará a más de 60 países. Unas líneas que vuelven a poner sobre la mesa la influencia de la República Popular en el mapamundi.

China, Zhongguo en chino –literalmente “imperio del centro”–, la gran potencia mundial durante siglos, abandonó el liderazgo en el siglo XVIII. La Revolución Industrial giró las tornas a favor –primero– del Reino Unido y –luego– de Occidente. El país acabó dominado en los siglos XIX y XX. Las caravanas de camellos que en su día regularizaron el comercio entre Asia y Europa a través de montañas y llanuras, ríos y desiertos, quedaron apenas como un vago recuerdo. Ahora resurgen los viejos relatos. China, el país más poblado del planeta (más de mil millones de personas) quiere recuperar el papel de potencia que perdió siglos atrás. Y plantar cara a la estrategia de EE.UU. de “pivotar hacia Asia” –en palabras de Barack Obama y a la espera de saber con detalle los intereses del nuevo presidente, Donald J. Trump.

Y es que, si se adopta el punto de vista chino, es fácil saber el porqué del nuevo y extenso proyecto: el acuerdo de asociación transpacífico (abandonado por Trump nada más llegar a la Casa Blanca) y el transatlántico (muy contestado en Europa) aislaban a China en el tablero comercial mundial. EE.UU. ya controla –mediante acuerdos que se remontan al final de la Segunda Guerra Mundial– las vías marítimas por las que transcurren gran parte de las mercancías globales. Corea del Sur, Japón o Taiwán en el mar de China; Filipinas, Malasia, Singapur y Australia en el sudeste asiático y Marlaca; Egipto y Arabia Saudí en el estrecho de Ormuz o el mar Rojo. Mientras, Europa sigue siendo el destino principal de las exportaciones.

Pedro Nueno, profesor del IESE Business School y presidente del CEIBS (el China Europe International Business School de Shanghái, una de las escuelas de negocios asiáticas más prestigiosas), cree, así, que la nueva Ruta de la Seda se erige, “básicamente, para conectar a China con Europa. Hace tiempo dije que en el periodo 2015-2020 veríamos salir a las empresas chinas al mundo. Veremos todavía más. El gobierno hace lo que hay que hacer y lo facilita, porque un fabricante que no vende en todo el mundo no tiene futuro. Y que EE.UU. esté en Marlaca condiciona”, resume. También porque, como añade Ríos, “las rutas comerciales marítimas son de gran importancia para China, de ahí su interés en tomar posiciones relevantes en los mares próximos, preservando la seguridad de su comercio y expulsando progresivamente a EE.UU. de su papel de gendarme de la región”.

La nueva Ruta de la Seda es, vista en el mapa, la respuesta a los intereses geopolíticos y geoeconómicos de China. Pero también la estrategia que le permite volver a ser un actor central en el centro del mundo del esquema teorizado por Halford J. Mackinder en 1919.

La conclusión del principal teórico de la geopolítica de principios del siglo XX era clara: “Quien gobierne en Europa del Este dominará el Heartland; quien gobierne el Heartland dominará la Isla-Mundial; quien gobierne la Isla-Mundial controlará el mundo”.

El esquema de Mackinder encajaba a la perfección con los dominios del Imperio ruso y –luego– de la Unión Soviética. La razón de su fascinación, en todo caso, tenía una razón más material que ideológica: cualquiera que controlara la Isla-Mundial, el territorio que va desde el río Volga hasta el Yangtzé, y desde el Himalaya hasta el Ártico, acumularía más del 50% de los recursos del globo.

Hoy siete de los diez puertos más importantes del mundo están en la República Popular china –el comercio aéreo es aún muy costoso–, pero Pekín aún necesita asegurarse el suministro de materias primas y energía para mantener un crecimiento económico que en la mayor parte de los últimos decenios ha sido de dos dígitos. Y, por eso, al tiempo que EE.UU. salía de Afganistán, China reorientaba sus estrategias e ideaba la Ruta de la Seda. O cuando Occidente se distanciaba de Rusia tras la anexión de Crimea y la guerra en Ucrania, Putin y Xi veían sus proyectos en Asia Central como complementarios y firmaban acuerdos en sectores como el militar, energético, financiero o de transporte.

“China cuenta ya con una importantísima presencia en las rutas comerciales globales. Y en su nueva apuesta influye el deseo de crear nuevos mercados, externalizar sus excesos de capacidad de producción, abrir oportunidades para sus grandes grupos públicos, etc. Pero también su propuesta de un nuevo modelo de globalización centrado no tanto en el comercio como en las infraestructuras y en un desarrollo inclusivo. El proyecto abarca a países que representan el 70% de la población planetaria y produce el 55% del PIB global. Esas regiones también albergan el 70% de las reservas de petróleo y gas del mundo”, detalla Ríos.

China es, a menudo, la única potencia dispuesta a financiar grandes proyectos en países pobres
XULIO RÍOS



Para muchos países la globalización a la china y la renovada conexión internacional prometen un win-win. Todos quieren ganar. Y la nueva China parece estar de acuerdo en invertir en ellos.

“China quiere conectar partes del mundo que mucha gente no tiene en cuenta y en los que apenas se invierte, pero que son una oportunidad”, explica Nueno. Y más cuando, según Ríos, “la mayor parte de los beneficiados son países en desarrollo y China es, a menudo, la única potencia dispuesta a financiar grandes proyectos en países pobres. La economía siempre ha sido la punta de lanza principal de la estrategia de incremento de su influencia política. Este caso no es una excepción”.

El gran reto: la diversidad

Xi Jinping busca un nuevo papel global para el Imperio del Centro y el poder blando de las inversiones millonarias parece la vía escogida por la República Popular. Porque si al caer la Unión Soviética en 1991 ya tuvo que lidiar con la estabilidad y la seguridad fronteriza –y para ello creó la Organización para la Cooperación de Shanghái con Rusia, Kazajistán, Tayikistán y Kirguizistán, a la que luego se uniría Uzbekistán–, en la actualidad ese mismo objetivo se traduce en múltiples acuerdos con todo tipo de regímenes para afianzar unas relaciones económicas sólidas y duraderas sin la necesidad de impulsar gobiernos semejantes al chino –y al revés del intento de EE.UU. y Bush con la democracia liberal.

Aunque la nueva oportunidad también tiene amenazas.

“Las previsiones del XIII Plan Quinquenal sitúan a China en condiciones óptimas para convertirse en la primera economía del mundo en una década. Si no hay contratiempos, especialmente internos”, indica Ríos. Se refiere en particular a la occidental provincia de Xinjiang, en la que ya arraiga un movimiento separatista uigur además de contar con grandes reservas de petróleo, gas, oro, carbón y otros minerales, y que en los mapas del megaproyecto comercial es el punto en el que bifurcan los ramales que van al norte (a Kazajistán y Rusia) y al sur (a Pakistán, Irán y Turquía).

Es así que la China del siglo XXI deberá afrontar cómo armonizar las pautas técnicas y económicas con el resto de países, cómo desarrollar el interior del país y cómo evitar la inestabilidad que padece Asia Central para dar seguridad a sus fronteras, o cómo solventar las suspicacias de los gobiernos ante su vuelta al tablero geopolítico y económico internacional. Y pese a todo ello, la nueva Ruta de la Seda, el “One Belt One Road”, cada vez parece menos una quimera y concreta nuevas inversiones e –incluso– tiene ejemplos prácticos de los que España es protagonista: en diciembre del 2014 llegó a Madrid el primer tren de mercancías desde la ciudad china de Yiwu tras recorrer 13.053 kilómetros en 21 días.

“Hay que entender que la Ruta va más allá de la infraestructura: es el proceso de China abriéndose al mundo. A Rajoy le dijeron que no acaba en España, sino que sigue hacia América Latina. Eso quiere decir que las empresas chinas han de salir y además España es un puente para Latinoamérica y África. No hay que verlo como un proyecto logístico, sino conceptual”, señala Nueno.

China empieza así a dibujar sus nuevos mapamundis.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/economia/20170619/423355535498/ruta-de-la-seda-china-imperio-del-centro-global.html

Las condiciones de un proceso aparentemente irreversible de autodestrucción (*)



Adiós, Unión Europea: Síntomas de la inminente implosión de la UE

TIEMPOS DE CAMBIO Y DESORDEN

El mundo se encuentra en una fase de cambio y gran desorden. El modelo del capitalismo neoliberal y la receta del hegemonismo en relaciones internacionales no funcionan desde hace tiempo, pero su inercia sigue siendo fuerte y nos lleva contra las rocas.

Este año hemos tenido tres cambios principales que marcarán tendencia;

1-La derrota occidental en Siria (que refleja las tensiones del paso del desorden hegemónico monopolar a las del mundo multipolar).2-El cambio de orientación en Estados Unidos, con la sugerencia de cambiar el “América World” por el “América First” de Trump, lo que abre la puerta a peleas internas en la primera potencia mundial y a toda una serie de otros “first´s” en el mundo; “China first”, “EU first”, etc.y 3-La desaparición de todo proyecto común en Europa, fracaso que induce a buscar enemigos (Rusia) y a incrementar la militarización de la “Europa de la defensa”. (1)

Todo esto es mucho para un solo año y explica con creces el vértigo que hay en el ambiente.


SIN PRECEDENTES E IRRESOLUBLE

La crisis de la Unión Europea está inserta en ese desorden más general y ha derivado en lo que da la impresión que es un dilema irresoluble:

“Si la UE quiere atajar lo que la destruye (es decir los referéndums crispados y el progreso de la extrema derecha antiliberal), debería negarse a sí misma. Si por el contrario prefiere no hacer nada y quedarse como está, entonces parece condenada a continuar alimentando lo que la destruye”. La cita es de Fréderic Lordon, el autor que mejor ha retratado la situación en el debate francés. (2)

La Unión Europea ha perdido el grueso de sus ilusiones y mitos fundadores. La crisis financiera de 2007/2008 ha demostrado que no es un club democrático de iguales, sino una construcción oligárquica y antidemocrática. Su diseño de los últimos treinta años bajo ese sello, los defectos de nacimiento del euro y la nacionalización de las pérdidas bancarias a costa de las clases medias y bajas, se han derrumbado sobre la promesa de prosperidad y justicia que estaba en la base del discurso europeísta y su narrativa narcisista.(3)

El desencanto es patente, especialmente en la Europa del Sur, antigua receptora de fondos de cohesión, pero también, y seguramente aún más, en el Este, cuya integración en la UE ha sido un fracaso en términos económicos y políticos.

En el Sur, la Europa de los fondos de cohesión, la modernidad y las “infraestructuras” ha dado paso a la Europa del recorte en su más dura modalidad.

En la Europa del Este después de 27 años de vida europea (más de la mitad del tiempo pasado bajo el yugo soviético) la evidente ganancia en oxígeno que la sociedad obtuvo al salir de las dictaduras sociales ha quedado deslucida por el regreso del ex bloque al estatuto de periferia subordinada y dependiente que tenía en el periodo de entreguerras: reserva de mano de obra barata y completa dependencia financiera e industrial. No hay atisbo de convergencia económica y social niveladora hacia Europa Occidental, y, a diferencia del Sur, tampoco de fondos de cohesión. (4)

En el Norte hay un hartazgo y una clara animosidad hacia los manirrotos del Sur: “Venderos vuestras islas”, dice el Bild alemán, mientras se compra a precio de saldo los aeropuertos griegos más jugosos obligados a privatizarse.

Todo esto guarda, desde luego, una relación directa con la incompatibilidad general de la lógica de mercado con la nivelación social y territorial -el sistema capitalista es intrínsecamente desigual-  pero en el caso del particular sistema UE se parte de una contradicción esencial: la democracia y la soberanía popular residen en los estados nacionales, pero en la UE casi todo lo que cuenta queda fuera de ese marco:

-Los bancos centrales son “independientes”, la moneda común impide ajustes y devaluaciones, los ministerios de economía son meros ejecutores de directivas decididas en la UE, la OMC, el FMI…

-El derecho europeo tiene mayor rango que el nacional, pese a carecer de un fundamento democrático: es legal, pero no legítimo.

-Y la política exterior y de defensa viene encuadrada por una estrategia (americana) organizada a través de la OTAN que es no solo exterior a la nación, sino a la propia UE.

¿Qué le queda a la soberanía popular, al sujeto que vota en unas elecciones nacionales? Muy poco. Y encima, esa desposesión ha sido santuarizada, blindada en normas y tratados para hacerla irreversible.

“No puede haber opción democrática contra los tratados europeos”, ha dicho Jean-Claude Juncker. (5)

El maltrato de Grecia, castigada su sociedad con un programa de austeridad aún más estricto por haber rechazado el anterior en referéndum, ha ofrecido el último ejemplo de desprecio  de la voluntad popular. El Brexit ha demostrado la estricta jerarquía y desigualdad en el trato, porque la voluntad popular expresada por el referéndum británico (mucho más ajustada que la griega), sí ha sido reconocida, aunque con mal humor.

¿Qué clase de club es ese del que no se puede salir, ni plantear reforma de sus estatutos, sin provocar convulsiones y amenazas? Manifiestamente no solo un club defectuoso en su diseño, sino también autoritario. Esta historia del desprecio de los referéndums ya tiene 24 años y 9 consultas a su cuenta. (6)

 BALCANIZACIÓN

Es la hora de la balcanización. Por doquier se asiste a una desintegradora fragmentación. El Brexit (UK first) ha sido un adelanto del contagioso “America First” de Donald Trump, pero el proceso ya tenía su propia dinámica interna no solo en las naciones de la UE -e incluso dentro de sus estados en algunos casos- sino en sus conglomerados y clubs informales.

Los países del Sur celebran tímidas cumbres en las que sus timoratos dirigentes, de momento, ponen en común su impotencia. En el Este, se incrementa la concertación de clubs como el de Visegrado (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia). En el Norte, con centro en Berlín -sin duda el club más relevante y discreto- se hacen números alrededor de la idea de una Kerneuropa, la Europa matriz luterana y virtuosa, separada del lastre. Los números no salen y la conclusión sigue siendo la misma que la señalada en 2012 por los documentos internos del Ministerio de Finanzas alemán: de momento no conviene. De todos los “first” europeos, el “Kerneuropa first” de Alemania y sus compañeros de fe en la “regla de oro” y el principio, “por la exportación hacia Dios-crecimiento”, es seguramente el más relevante…

Si la tesis del dilema irresoluble es correcta, el vector de esta balcanización es inequívoco: la desmembración es solo cuestión de tiempo.



SEGURIDAD: INTEGRAR O EXCLUIR

En materia de seguridad y relaciones internacionales, la situación es obvia: cuando hay que inventar algo nuevo y consensuado entre los actores de la multipolaridad para afrontar los retos del siglo (actuar contra el calentamiento global, paliar la desigualdad y afrontar el desarme de la cada vez más generalizada capacidad de destrucción masiva), en Occidente constatamos la persistencia de toda una generación política (y la red de expertos a su servicio) formada en el viejo hegemonismo y sin experiencia ni recuerdo ya de la misma esencia de la acción diplomática y el multilateralismo.

Tras setenta años de holgado dominio, Estados Unidos está muy mal preparado para ese cambio de actitud exigido por la realidad del mundo multipolar. Enfrentándose a Rusia en Occidente y a China en Oriente, ha suscitado el acercamiento entre esos dos países, que no desean un regreso a la lógica de bloques pero que al mismo tiempo ya se declaran dispuestos a oponerse militarmente al cerco en sus fronteras más inmediatas (Ucrania/Mar de China meridional). Se constata la fuerza inercial de toda esa gente (en la política, los think tanks y los medios de comunicación) aferrada a la política del castigo militar, de las sanciones, del desprecio al derecho internacional y a la invocación fraudulenta -por selectiva y tramposa- de los derechos humanos como argumento de injerencia y guerras. (7)

Varios estados han sido ya disueltos y sustituidos por agujeros negros, mayormente en operaciones occidentales de cambio de régimen en Oriente Medio, con el resultado de centenares de miles de muertos. (8)

En Europa esa misma tendencia contribuyó a exacerbar los dramas de la desmembración yugoslava y la proliferación de conflictos y tensiones militares en el continente: Croacia, Bosnia, Serbia, Kosovo, Macedonia, Transnistria, Abjasia, Osetia y Donbas.

En el contexto de grave crisis interna en la UE, cuando hay una urgente necesidad de encontrar “explicaciones” a todo ello,  es extremadamente peligrosa la búsqueda de enemigos practicada desde Bruselas, con Rusia en el punto de mira. (9)

Es necesario hacer memoria y recordar la alternativa integrar/excluir de la historia europea.

Tras las guerras napoleónicas los vencedores implicaron a la vencida Francia en la toma de decisiones, lo que abrió una larga etapa de paz y estabilidad continental. El ejemplo contrario es lo que se hizo con la Alemania posguillermina tras la primera guerra mundial y también con la Rusia bolchevique tras la Revolución de 1917. En ambos casos, las políticas de exclusión -y de tremendo intervencionismo militar en la guerra civil rusa- tuvieron consecuencias nefastas para lo que luego fue el nazismo y el estalinismo.

Lo que hemos visto hacia Rusia en Europa desde el fin de la guerra fría es una nueva advertencia sobre los peligros de excluir a una gran potencia de la toma de decisiones y tratarla a base de imposiciones y sanciones.

La integración del ex bloque del Este se hizo de una forma fraudulenta. Desde la agenda oculta del expansionismo de la OTAN, traicionando los acuerdos tácitos alcanzados con Moscú a cambio de su retirada imperial, se ofreció a esos países el ingreso en un bloque militar antiruso como antesala del ingreso en la UE. (10)

Durante treinta años, ese proceso de meterle el dedo en el ojo al oso ruso ha creado tensiones artificiales que se han ido acumulando. Cuando esas tensiones han estallado militarmente, la reacción instintiva del oso, se ha denunciado como muestra de la agresividad de Rusia, de la maldad de su dirigente (un nacionalista de derechas, popular en su país por haberlo estabilizado, sin que haya repartido renta petrolera ni revisado la criminal privatización de los noventa) o de su mítica voluntad de “reconstruir la URSS”. La denunciada “agresividad” rusa, en realidad un reflejo defensivo largamente anunciado e ignorado, ha sido una profecía inducida y autocumplida. (11)

Para remediar eso es imprescindible que Europa ejerza la independencia estratégica y se organice un sistema de seguridad continental, libre de la lógica de bloques y en el que la seguridad de unos no se construya a costa de la seguridad de otros. Es decir: precisamente aplicar la intención que se firmó en noviembre de 1990 con la Carta de París para una nueva Europa de la OSCE.

Para llegar a algo así es imperativo disolver la OTAN como bloque militar. Pero, ¿qué político del establishment europeo actual asumiría hoy esa causa en las inestables condiciones actuales, cuando el propio mando de la OTAN se dedica a sembrar esa inestabilidad promocionando la tensión con Rusia para justificar su existencia?

Los dos políticos que en Alemania y en Francia hablan de ello y claman contra el vector de la guerra -Oskar Lafontaine y Jean-Luc Mélenchon- tienen una intención de voto de entre el 10% y el 15%… Así que veo una gran necesidad y una escasa posibilidad.

Pero imaginemos que la UE llega a ser un polo autónomo y soberano en el mundo con la gran potencia e influencia mundial que se deduce de sus parámetros fundamentales de  población, PNB y potencia cultural y militar. La pregunta que se impone es, ¿todo eso para hacer qué? ¿Para contribuir a qué mundo? Continuar haciendo soberanamente lo que se ha venido haciendo hasta ahora en calidad de “ayudante del sheriff” significa contribuir de una forma más efectiva y autónoma al desastre, a la perspectiva de los imperios combatientes. Tener por ejemplo un ejército europeo integrado para poder hacer la guerra en Siria, en Libia, en Ucrania, etc.

Mi conclusión es que si Europa resultara incapaz de elaborar un proyecto de acción exterior en sintonía con los retos del siglo, hay que decirlo con claridad: es mejor que no exista como gran potencia, que sea un conglomerado lo más débil posible para reducir su capacidad de hacer daño.

EL EJE FRANCO-ALEMÁN NO EXISTE

Durante muchos años una Alemania que veía en Europa la única posibilidad de recuperar su soberanía y una Francia que temía dejarla sola, formaron el gran eje básico de interés común de la Unión Europea. En aquella época fundacional, en ambos países la derecha defendía políticas económicas y sociales que hoy serían consideradas de “izquierda radical”.

En Francia la inspiración social del gaullismo era el programa del Consejo Nacional de la Resistencia de marzo de 1944. En Alemania la Economía social de mercado era la doctrina de la coalición de cristianos y ex nazis de la CDU con la que se conjuraba a la alternativa de la otra Alemania, la RDA, con su mezcla de socialismo y dictadura que ponía la asistencia y nivelación social en el centro de su proyecto.

Esa base histórica del eje ya no corresponde al mundo de hoy.

Desde que Alemania recuperó su plena soberanía con la reunificación nacional de 1990 y la anexión de la RDA por la RFA, su visión de la UE cambió. Europa ya no era la solución al handicap heredado del desastre nazi, sino el primer espacio sobre el que proyectar su soberanía dominadora.

Desapareció la generación política de los que vivieron la guerra; los Brandt, Kohl y Schmidt.

Se inició la rehabilitación del nacionalismo alemán en unos términos completamente nuevos e impensables en la fase anterior (12)

Y el marco general de este cambio en la relación franco-germana no es una “economía social de mercado” / Consejo nacional de la resistencia con el telón de fondo del miedo al “comunismo”, sino la doctrina neoliberal, es decir: la demolición programada y sostenida de las conquistas sociales vigentes desde la posguerra.

En ese contexto de subidón nacionalista y costeando con dos billones de euros la anexión de la RDA, Alemania impuso al resto del club europeo su estrategia nacional exportadora, desprovista de todo deseo de subvencionar a socios. Vía dumping salarial, todo lo alemán se hizo más competitivo frente a (y a costa de) sus socios. El dinero que generó su excedente comercial se invirtió. En los noventa invertir era, en gran parte, financiar burbujas inmobiliarias que encontraban el terreno mejor abonado en países con gran corrupción y pésimo gobierno como España.

Cuando eso explotó poniendo en peligro a los fondos de pensiones alemanes y a los bancos, los políticos germanos hicieron ver que ellos no tenían nada que ver con el asunto, que todo era culpa de una serie de manirrotos “Pigs” meridionales faltos de reformas. Es decir: ofrecieron una explicación nacional en línea con la ortodoxia neoliberal a un problema sistémico internacional.

La canciller que gobernó todo eso con torpeza, Angela Merkel, ha dañado seriamente los tres pilares que rehabilitaron a la política alemana después de la Segunda Guerra Mundial: el Estado social, la integración de la Unión Europea y la política de distensión hacia Rusia conocida como Ostpolitik. Que a pesar de ello Merkel pase por ser la gran líder continental resume muy bien la situación en la UE, pero sobre todo demuestra que nos encontramos ante otra Alemania. (13)

¿Qué pasa con Francia? En 1983 Mitterrand renunció a la política del programa común de la izquierda con el que había ganado las elecciones de 1981, un programa nacional de transformación, para abrazar la línea europeísta neoliberal arriba descrita. A diferencia de Alemania, Francia no tenía ninguna estrategia económica nacional propia. La moneda común fue saludada por Mitterrand como mecanismo para evitar sorpresas alemanas pero se volvió contra Francia. Todo el terreno ganado por la exportación alemana  en el último periodo corresponde, aproximadamente, a lo perdido por los socios europeos, con Francia en primer lugar.

Los políticos franceses se han convertido en subalternos de la línea alemana. El periodista Romaric Gordin describe la situación como, “una especie de Vichy postmoderno”. “En Europa, Francia solo sirve como el socio colaboracionista de Alemania”, dice. Bajo esa colaboración la vida social francesa y la convivencia interna se han degradado.

Curiosamente, en Francia no se conoce muy bien Alemania. Es un país asociado a malas experiencias históricas que nunca ha interesado demasiado. Pese a que el sistema educativo promociona intensamente la enseñanza del alemán, significativamente se estudia mucho más el español (a razón de 4 millones de alumnos contra medio millón). Sobre ese desconocimiento y desinterés, se ha impuesto, con la ayuda de los medios de comunicación, cierta leyenda acomplejada de que en Alemania todo va bien, incluso mucho mejor que en Francia. En ese contexto se ha ido abriendo paso, sordamente, a nivel popular, no en las élites, la idea de que en el actual matrimonio, Alemania es el macho y Francia la mujer maltratada. Cobra fuerza la idea de que ya no estamos ante un matrimonio en crisis, sino ante un caso de violencia de género. ¿Tiene eso solución?




MÁS EUROPA O DECONSTRUCCIÓN ORDENADA

Mi impresión es que Fréderic Lordon tiene razón cuando habla de una situación cerrada en la que eliminar lo que está destruyendo al sistema de la Unión Europea pasaría por negar el propio sistema.

La reflexión puede aplicarse a Alemania: no será capaz de hacer marcha atrás sin que su clase política, sus medios de comunicación, todo su establishment se nieguen a sí mismos diciendo: “lo que hemos hecho hasta ahora es un error garrafal”.

¿Es imaginable que Francia sea capaz de convencer a Alemania de que renuncie a la europeización de su estrategia económica nacional por ejemplo desmontando el euro y regresando al Sistema Monetario Europeo, SME (como propone Oskar Lafontaine), la regla de oro de los déficits presupuestarios o el estatuto del BCE? Me parece que no, así que estamos ante algo parecido a un proceso irreversible de autodestrucción.

En Francia da la sensación de que cada vez más gente piensa, a izquierda y a derecha, que la única forma de cambiar Europa es empezar por cambiar Francia. Es lógico teniendo en cuenta la ausencia de un “demos” europeo, sujeto de la soberanía, y la fuerza de la tradición social francesa. Sin esperar una coordinación automática entre países, ese regreso a los estados nacionales, es decir al marco de la soberanía popular, es lo que a largo plazo podría redundar en una redefinición del proyecto europeo. El problema es que, hoy por hoy, ese regreso al estado nacional lo está capitalizando la extrema derecha. Incluido en Francia.

Me parece que uno de los escenarios que tiene más futuro en la Europa de hoy (“presente” si se atiende a lo que los tories están haciendo en el Reino Unido) es el de la “lepenización de Goldman-Sachs”: una síntesis y entendimiento entre la extrema derecha y el establishment neoliberal.

Pero, aunque la extrema derecha esté capitalizando ese regreso al estado nacional, eso no quiere decir que una solución decente a la crisis europea (es decir social, ecologista e internacionalista y en línea con los retos del siglo) no pase por ese vector de regreso. Los pasos atrás, lo que Lordon define como un proceso ordenado de deconstrucción de la Unión Europea, serán una solución más efectiva para salir del atolladero que el más Europa y más federalismo autoritario cuyo último recurso es el vector de guerra que supone la “Europa de la defensa”.

Por doquier se responde a la idea de ese regreso a los estados nacionales con el anatema: “aislamiento”, “repliegue”, “nacionalismo excluyente”, “fascismo”, pero las naciones de Europa vivieron en paz y crearon cosas como Airbus y el programa Erasmus durante muchos años sin moneda única y sin el corsé de los actuales tratados. Algunos de los países europeos más prósperos (Islandia, Noruega o Suiza) ni siquiera son miembros de la UE. Muchos más no participan en el euro, sin que ello los convierta en algo remotamente parecido a marginados de la globalización. Así que, si se quiere poner en el centro del proyecto europeo otras cosas diferentes a la libre circulación de mercancías/ capitales y a los beneficios oligárquicos que lo ha dominado y arruinado todo en los últimas décadas, cierta desintegración me parece ineludible.

Para remediar la situación el primer paso es desacralizar la Unión Europea, bajarla del altar y colocarla al alcance de una crítica realista.

MUERTOS VIVIENTES, LA SOCIEDAD DE NACIONES

¿Qué puede ocurrir en defecto de esta deconstrucción ordenada que permita reformular el proyecto Europa a largo plazo? Continuará lo que tenemos ahora: el derrumbe paulatino de la actual UE.

En ese escenario la UE se convertiría en una especie de muerto viviente cada vez más irrelevante a todos los efectos. Podría ser un poco como la Sociedad de Naciones, antecesora de la ONU. ¿Recuerdan? Aquello también nació de un buen propósito, en 1919, para imponer la paz entre europeos y acabó siendo un instrumento de los intereses de los imperios coloniales occidentales.

La Sociedad de Naciones fue completamente inoperante en la génesis de la Segunda Guerra Mundial, el rearme alemán y la invasión japonesa de China, y cuando la disolvieron en abril de 1946 sobre el panorama de una Europa y un Japón en ruinas, nadie la echó a faltar porque hacía tiempo que había muerto.




La gran incógnita europea

Angela Merkel se reunió el pasado martes con Vladímir Putin como parte de su gira preparatoria de la cumbre del G20 que se celebrará los próximos 7 y 8 de julio en Hamburgo. El encuentro entre la canciller alemana y el presidente ruso, el primero en dos años, se celebró en la ciudad de Sochi, donde el Kremlin cuenta con una residencia de verano.

“Rusia está preparada para proporcionar toda la asistencia necesaria a la presidencia alemana para garantizar que la cumbre de Hamburgo sea productiva”, dijo Putin en la conferencia de prensa posterior a la reunión, en la que destacó que Alemania es uno de los principales socios comerciales de Rusia. Durante el acto con los periodistas, el tono fue en general conciliador y cordial, pero no podía ocultar las diferencias entre los dos políticos. Fue, como lo describió el periodista alemán Peter Mühlbauer un día después, “un encuentro frío a 22 grados de temperatura”.

Aunque el motivo oficial de la reunión era la cumbre del G20 –las veinte economías de los países industrializados y emergentes más importantes–, fue inevitable que apareciesen otras cuestiones relativas a las relaciones bilaterales y los problemas internacionales que afectan a ambos países, especialmente los conflictos en Ucrania y Siria.

Ucrania y las sanciones

Merkel y Putin coincidieron en la necesidad del cumplimiento de los acuerdos de Minsk tanto por parte del gobierno ucraniano como de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. Según el diario alemán Handelsblatt, Merkel “no puede arriesgarse a un fracaso del proceso de Minsk antes de las elecciones al Bundestag” que se celebrarán el próximo 24 de septiembre. La situación en Donbás, donde el frágil alto el fuego es constantemente roto por el intercambio de disparos entre los dos bandos, se ha deteriorado en los últimos meses. También desde las páginas de Handelsblatt, el presidente del Ost-Auschuss –la organización que agrupa a las empresas y bancos alemanes con intereses en Europa oriental–, Wolfgang Büchele, pedía a Merkel que modificase su discurso y estrategia. “Es tiempo de reactivar el diálogo bilateral y europeo con Rusia”, declaró al diario económico. “La confrontación permanente nos saldrá cara en Europa, ambas partes se necesitan la una a la otra para resolver cuestiones fundamentales en Europa y en el mundo”, añadió. Según cifras del Ost-Auschuss, el volumen comercial aumentó un 37%, unos diez mil millones de euros, en enero y febrero de 2017 con respecto al mismo período del año anterior, y ello a pesar de la situación política. Como es notorio, Alemania sigue siendo el primer comprador de gas natural ruso en cantidades que han ido en aumento en los últimos años, sin que haya ninguna alternativa energética a corto plazo sobre la mesa para Berlín.

Sin embargo, las posiciones no se movieron un ápice. La canciller alemana recordó que el alzamiento de las sanciones a Rusia “está vinculado al cumplimiento del proceso político de Minsk”, y tanto Merkel como Putin descartaron nuevos acuerdos. “No puedo más que estar de acuerdo con la canciller alemana […] no se puede planificar nada nuevo mientras no se hayan conseguido resultados con los [formatos] anteriores”, aseguró por su parte el presidente ruso, que tuvo palabras de recuerdo para el tercer aniversario de los hechos en Odesa. “En Odesa, hoy hace tres años […] ocurrió una terrible tragedia en la cual nacionalistas ucranianos acorralaron a gente indefensa en la Casa de los Sindicatos y la incendiaron”, explicó al subrayar que “hasta la fecha los culpables no han sido castigados”.

Odesa fue escenario en 2014 de enfrentamientos entre simpatizantes y opositores al gobierno surgido de las protestas del Maidan. El 2 de mayo, después de violentos choques, un grupo de manifestantes se refugió en la Casa de los Sindicatos, que poco después se incendió. La mayoría de testimonios apuntan al lanzamiento de cócteles molotov por parte de nacionalistas radicales ucranianos como causa. En total 48 personas murieron y 247 resultaron heridas.

Siria, derechos humanos

En cuanto al conflicto sirio, Merkel y Putin condenaron el uso de armas químicas al referirse al ataque que tuvo lugar el 4 de abril en el municipio de Jan Seijun, en la provincia siria de Idlib, y del que el gobierno y los rebeldes se acusan mutuamente. “Los culpables han de ser encontrados y castigados”, afirmó Putin al añadir, no obstante, que “ello solamente podrá llevarse a cabo después de una investigación parcial”. Alemania, manifestó a su turno Merkel, hará “todo lo que esté a nuestro alcance para dar apoyo al alto el fuego y ayudar” al pueblo sirio.

La canciller alemana también pidió al presidente ruso “que garantice la protección de los derechos de las minorías sexuales” en el país. A comienzos de abril, el diario ruso Novaya Gazeta informó que las autoridades de Chechenia habían detenido a más de un centenar de homosexuales que habrían sido víctimas de maltratos durante su detención. Merkel hizo extensiva esta demanda a las ONG y otras organizaciones de la sociedad civil que han denunciado repetidamente presiones por parte del Kremlin.

Finalmente, Putin volvió a negar las acusaciones de haber interferido en procesos electorales. “Son rumores sin fundamento utilizados en luchas políticas internas”, respondió a la pregunta de los periodistas, a los que devolvió el guante –también a Merkel– al reclamar que otras potencias no interfieran en las próximas elecciones presidenciales de 2018. Rusia ha sido acusada de haber intentado influir en el último ciclo electoral en Occidente, desde las presidenciales de EEUU hasta las recientes elecciones en Francia. Preguntada por esta cuestión, Merkel se limitó a decir que no era una “persona ansiosa”. “Sabemos que el cibercrimen es un desafío internacional […] pero esperamos que las elecciones alemanas se celebren sin problemas”, contestó.

La conversación telefónica entre Putin y Trump

Por la tarde, el presidente ruso habló por teléfono con Donald Trump. La nota de prensa del Kremlin, que describe la conversación como “constructiva”, no aclara de quién fue la iniciativa. Entre los temas mencionados aparecen tanto el conflicto sirio como la tensión en la península de Corea –pero no así Ucrania, quizá significativamente– y la voluntad de mantener el contacto y la cooperación entre ambos países, así como de organizar un encuentro personal durante la próxima cumbre del G20.

Se ha especulado con que esta conversación está relacionada con el anuncio, al día siguiente y tras el encuentro entre Putin y el presidente turco, de que Rusia estaba dispuesta a aceptar la creación de zonas de seguridad en Siria. Ésta ha sido justamente una de las reclamaciones de la administración estadounidense desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, a la que Damasco se ha venido oponiendo por temor a una 'balcanización' del país que preceda a su despiece.

Al día siguiente, los tres países garantes de la tregua en Siria –Rusia, Irán y Turquía– acordaron la medida con la firma de un memorando en la cuarta ronda de negociaciones en Astaná. Según el texto reproducido en los medios rusos, se creará un grupo de trabajo que delimitará las zonas de desarme, de tensión y seguridad en la provincia de Idlib, partes de las vecinas Latakia, Alepo y Hama, parte del norte de la provincia de Homs, Guta Oriental y en el sur del país, en las provincias de Deraa y Al Quneitra. La aviación estadounidense está excluida del espacio aéreo de estas zonas, y Al-Qaeda y Estado Islámico quedan una vez más fuera del acuerdo, por lo que continuarán las operaciones contra ellas. Cabe señalar que a las negociaciones asistió, en calidad de observador, el secretario de Estado adjunto de EEUU Stuart Jones, que en la escala diplomática ocupa un rango mayor que George Krol, el embajador estadounidense en Kazajistán y quien hasta la fecha había venido desempeñando esta labor.

El ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel, había manifestado días atrás su temor a que el proceso en Astaná llevase a una “deriva política” que beneficiase a Rusia e Irán. “La asociación y cooperación entre Turquía, Rusia e Irán es un hecho”, constató el portavoz del Auswärtiges Amt, Martin Schäfer. Y que este hecho “suceda sin vínculos con Europa, con la coalición contra Estado Islámico y Estados Unidos”, añadió, “es para nosotros un motivo de preocupación”.

Las guerras comerciales de Trump

Mientras en Ucrania y Siria hablan los cañones, los países y bloques económicos que apoyan a uno u otro bando en esos conflictos libran entre ellos soterradamente otro tipo de guerras, mucho más silenciosas, pero cuyo impacto no es en ningún caso menor. Las mercancías – decían Marx y Engels– son la artillería pesada de la burguesía con la que derrumba “todas las murallas de la China”. La economía mundial, al parecer, ha entrado recientemente en una etapa similar.

Por su proximidad con el show-business y su estilo populista, Donald Trump ha sido descrito  por varios colaboradores de la revista estadounidense Counterpunch como un “Ronald Reagan con esteroides”. En el plano económico, la trumponomics se ve a sí misma, en efecto, como una vuelta de tuerca de la reaganomics. En 1985, durante la primera administración Reagan, Estados Unidos firmó el Plaza Accord con Alemania occidental, Reino Unido y Japón. Este acuerdo permitió a EEUU devaluar el dólar y, con ello, reducir el déficit comercial con sus socios y recuperar competitividad en los mercados internacionales abaratando sus exportaciones. Menos recordado es que con el Plaza Accord –y, dos años después, el Louvre Accord, que consolidaba el primero– Washington consiguió algo así como exportar su crisis a sus aliados de posguerra, cuyos productos se perfilaban como una amenaza a la estabilidad económica de EEUU, y, por extensión, a  su hegemonía mundial. El Banco Central de Japón (BCJ), tomando en consideración la depreciación del yen frente al dólar, decidió aumentar el tipo de interés bancario. Como resultado, los precios de las acciones en bolsa y los bienes inmuebles se desplomaron. Éstos arrastraron a los bancos, que tenían como garantía los bienes inmuebles en los que habían invertido los años anteriores las ganancias fruto de su superávit comercial. Del pinchazo de aquella burbuja inmobiliaria Japón se resintió toda una década –conocida en el país como ushinawareta junen, los “diez años perdidos”–, sin que nunca se haya recuperado del todo, y los problemas sociales del país se agravaron. En lo político, puso en marcha un proceso de derechización de su sistema de partidos –cinco de los ocho partidos representados en la Dieta se encuentran en esa parte del espectro político–, y con él la revitalización de las demandas nacionalistas a disponer de un ejército propio que reemplace a las Fuerzas de Autodefensa de Japón o resucitar viejos símbolos y códigos imperiales, y también a la subida del Partido Comunista de Japón (PCJ), que prácticamente dobló su número de diputados en las últimas elecciones de 2014, pasando de 8 a 21 escaños.

Bajo la pretendida política aislacionista de Trump podría esconderse en última instancia el mismo objetivo estratégico de la reaganomics, a saber: noquear a los potenciales competidores de EEUU recurriendo a todos los intrumentos de presión de los que dispone Washington, desde el soft power (la diplomacia) al hard power (la amenaza militar directa o indirecta, generando inestabilidad en sus fronteras). La intención de Trump de renegociar (que no romper) los tratados de libre comercio –una de sus bazas en campaña, con la que se atrajo el voto rural y del antiguo cinturón industrial estadounidense, donde se encuentran los estados clave que le entregaron la llave de la Casa Blanca– es significativa en este sentido. En los últimos diez años las llamadas economías emergentes han creado organizaciones políticas y comerciales que les permiten coordinar sus acciones con efectividad. En otras palabras, EEUU ha perdido su histórica posición de ventaja en las mesas de negociación. Romper los tratados de libre comercio colectivos para renegociarlos a nivel bilateral, donde puede hacer valer su fuerza, permitiría a EEUU –junto con otras decisiones políticas tomadas en paralelo– amortiguar el declive político y económico del país. Trump podría ser el medio para ese fin, y los cambios recientes en su administración, una prueba de ello.

Recapitulemos algunos de los episodios de los primeros cien días de Trump. A mediados de enero, el presidente estadounidense amenazó en una entrevista al diario Bild con introducir aranceles a la importación de automóviles alemanes. “Si queréis construir automóviles en el mundo, os deseo lo mejor”, dijo, “podéis construir coches en EEUU, pero por cada coche que venga a EEUU tendréis que pagar un impuesto del 35%”. La pregunta de Trump –¿por qué tanta gente en Nueva York conduce un Mercedes y tan pocos alemanes compran un Chevrolet?– recibió una inesperada y mordaz respuesta por parte del ministro Sigmar Gabriel: “EEUU tiene que construir mejores automóviles”. A finales de enero, el asesor económico de Trump, Peter Navarro, acusó públicamente a Alemania de beneficiarse de una divisa devaluada en detrimento de sus socios europeos y EEUU, y llegó a calificar el euro de “Deutsche Mark implícito”. “Juegan con el mercado de divisas, juegan con la devaluación del mercado mientas nosotros estamos sentados aquí como un puñado de primos”, llegó a declarar Trump.

Peter Navarro volvió a la carga en marzo al proponer a Alemania reducir el déficit comercial de 65 mil millones de euros fuera del marco de la Unión Europea. “Creo que sería útil mantener debates sinceros con Alemania sobre las vías que podríamos adoptar para reducir el déficit fuera de los límites y restricciones bajo los que dicen estar”, dijo Navarro en una conferencia con empresarios estadounidenses. “No es una cuestión baladí: el de Alemania es uno de los déficits comerciales más difíciles que vamos a tener que negociar, pero es algo que estamos pensando seriamente desde hace mucho”, añadió.

En abril, Trump llegó a dispensar a Canadá el mismo trato antes mostrado hacia Alemania y China –a la que amenazó en campaña con catalogar oficialmente como “manipulador de divisas”–, anunciando la aprobación de un impuesto del 20% a la importación de madera blanda canadiense. Ese mismo mes la administración estadounidense anunciaba que estudiaría los déficits comerciales en la importación de aluminio –asegurando, además, que se trataba de una cuestión que afectaba a la seguridad nacional–, una medida que tocaba de pleno nuevamente a Alemania y China. Berlín llamó a Estados Unidos a respetar las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la ministra de Economía alemana llegó a salir en defensa de las empresas del país, asegurando que su ministerio “garantizará que las compañías alemanas no estén en desventaja en el comercio internacional”. Si Trump logra que salga adelante su plan de reducir los impuestos de las empresas –la rebaja podría llegar al 20%– provocaría con toda seguridad una reacción en cadena en la economía mundial que complicaría este cuadro.

Europa a la deriva

¿Qué lugar ocupa Rusia en este escenario? Días antes de la visita de Merkel, el economista ruso Vasili Koltashov destacaba su importancia en rabkor.ru: “En la Unión Europea, el caos y una irritación y rivalidad mutuas van en aumento”, escribía. Y Washington, añadía, “juega a reforzarlas, pues la UE, como bloque económico, todavía no se ha consolidado ni lo hará”.

Merece la pena detenerse en el artículo del jefe del Centro de investigaciones económicas del Instituto de la Globalización y los Movimientos Sociales (IGSO). Según Koltashov, “a las autoridades de la República Federal Alemana y los funcionarios europeos siguen sin gustarles las autoridades rusas y urgen a luchar contra ellos, pero en las circunstancias actuales se ven obligadas al diálogo”. Los resultados del mismo son, continúa, “desconocidos”, pero “es obvio que las elites de la Unión Europea no quieren que Putin participe en este creciente conflicto, y mucho menos que Moscú abra un 'segundo frente' contra Berlín y Bruselas.”

Es poco probable que Bruselas garantice “un rápido levantamiento de las sanciones, puesto que la Unión Europea no ha cancelado su expansión oriental”, lo que, a juicio de Koltashov, “es el único plan posible para salvar su unión neoliberal y reimpulsar el crecimiento de su economía”. En este contexto, “EEUU ha dejado de ser un amigo, un aliado” de la UE: de manera más o menos explícita Trump busca “su colapso”, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “lo entiende”. En este pulso la UE parte visiblemente con desventaja: “EEUU no se desintegrará, mientras que la UE ya se está desintegrando”, valora Koltashov. “Gente como Juncker son las culpables de poner en marcha el colapso de la UE, pero nunca admitirán que es precisamente la imposición de la desigualdad en los países miembros de la Unión, la supresión de su soberanía, la imposición de reformas 'económicas' antisociales, y la explotación económica y financiera de los países más pobres por los más ricos lo que ha hecho a la UE tan vulnerable”, afirma.

Mientras Barack Obama creía “que sería capaz de integrar a Europa en su proyecto transatlántico, convirtiéndola en parte de la zona de influencia norteamericana bajo un complejo de nuevas normas, en 2016 se hizo evidente que Alemania se había convertido en la potencia hegemónica de la 'Europa unida' y que no se apresuraría a cooperar con EEUU, ya que que no estaba dispuesta a compartir recursos con él”. Para Koltashov, “si Trump no hubiera llegado a la presidencia, quizá hubiera sido otro quien se hubiera negado a estrechar la mano a Angela Merkel”.

Para que EEUU pueda recuperar su influencia en Europea, pues, “la UE debe ser debilitada”. La estrategia de Obama, que pasaba por la firma del TTIP, “era imponer una especie de 'Plan Marshall' a la inversa: tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos abrió sus mercados a sus socios europeos; durante el segundo mandato de Obama, en cambio, querían que la UE abriese su mercado a las empresas estadounidenses todo lo posible, otorgándoles privilegios y asegurándoles su dominio en Europa”. Este plan, no obstante, “no gustaba a Berlín, pues interfería en su hegemonía en la UE”.

Ahora, sostiene Koltashov,  “el conflicto ya no puede ocultarse”, y esto significa que “el frente unido contra Rusia será más difícil de mantener”. “EEUU está luchando contra la UE, pero la derrota de este bloque no será el equivalente a la victoria de Washington”. “Y en cuanto a los juegos diplomáticos de Merkel y la eurocracia”, finaliza, “no salvarán a la UE”.

El encuentro entre Putin y Merkel terminó significativamente sin avances. Si los socialdemócratas alemanes consiguen ganar las próximas elecciones, la del pasado martes podría haber sido la última reunión de Merkel con el presidente ruso. Si, por el contrario, Merkel logra conservar su puesto, lo hará notablemente con menos apoyos políticos y sociales, tanto dentro como fuera de su país. En cualquiera de los dos casos, Europa, el llamado “continente”, nunca se había parecido tanto a una isla a la deriva.


Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/merkel-en-sochi-y-una-gran-incognita-europea



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