28 de diciembre de 2017

Las contradicciones de la izquierda con el nacionalismo



10 MAR 2004

A primera vista se diría lo único consecuente. Ante todo, tenemos a los más plus de ambos mundos: abertzales vascos, republicanos catalanes y bloquistas gallegos, siempre por delante del nacionalismo moderado y de la izquierda tradicional. El mismo nacionalismo moderado parecería una izquierda moderada, como PNV-EA o CiU, un nacionalismo siempre más social que su contraparte panespañola. Por otra parte, la izquierda tradicional, siempre dispuesta a marchar con el nacionalismo, sea con reparos, como PSC, PSE y PSG en sus inestables alianzas regionales, o con el entusiasmo de quien se apunta a un bombardeo, como IU. A esto cabría añadir una larga tradición internacional tendente a identificar ambos términos, tomando por izquierda a meros nacionalismos (como el baasismo, el nasserismo, el peronismo y tantos otros) o al revés (¿recuerdan cuando el Departamento de Estado norteamericano llamaba jóvenes nacionalistas al PSOE?). Sin ir tan lejos, dos fenómenos son evidentes: un nacionalismo radical que ha logrado atraer a una parte importante del electorado de izquierda y una izquierda que suplica la bendición o, al menos, el perdón del nacionalismo.

¿Qué es la izquierda? Es, simplemente, la igualdad. Pero Bobbio (Derecha e izquierda) ya advirtió que hay que especificar, además, entre quién, en qué y por qué criterio. El qué puede ser de muy distinta naturaleza: integridad o dignidad personales, derechos civiles, libertades negativas, derechos políticos, oportunidades sociales, recursos económicos... El criterio también: per cápita, según las necesidades, según la contribución (sea el trabajo, la inversión, el esfuerzo, la productividad marginal), dejada al azar... Y, por supuesto, el quién:los propietarios, los no dependientes, los varones, los adultos, los ciudadanos, los residentes, los humanos... Muchas demandas de la izquierda sólo buscaban ampliar o generalizar derechos, oportunidades o recursos ya al alcance de algunos, mientras que la derecha trataba de mantener su carácter minoritario, de privilegios.

Lo importante es comprender que si la igualdad puede referirse a objetos, sujetos y criterios tan distintos, no serán compartidos por todos, ni siquiera por quienes con mayor convicción se proclamen de izquierda. Dicho llanamente: es posible, incluso frecuente, situarse a la izquierda en un ámbito y a la derecha en otro, pues la (auto) ubicación política no es algo unitario (no estamos hechos de una sola pieza). La historia lo ha mostrado hasta la saciedad: sindicatos racistas (la mayoría de los gremiales y profesionales, no hace mucho), partidos de izquierda colonialistas (el socialismo francés y el laborismo inglés, v.g.) o segregacionistas (el comunismo surafricano en sus inicios), toda suerte de organizaciones obreras machistas y xenófobas, sufragistas burguesas, etc. Este dualismo no es fácil de sobrellevar, pues conlleva cierta disonancia cognitiva,sobre todo en la medida en que la moral se funde en postulados universalistas. El impulso igualitario (de izquierda) es expansivo, y mucha gente pugna por dar coherencia a sus opciones morales y políticas, por lo que quien empieza oponiéndose a una forma de desigualdad tiende a hacer lo mismo ante otras y, así, las mismas personas dan vida a organizaciones, actividades y movilizaciones contra diversas formas de desigualdad; además, de una enemistad común puede nacer una buena amistad, y distintos movimientos enfrentados a un orden desigual pueden terminar confluyendo, entremezclándose y asumiendo recíprocamente sus demandas (así, por ejemplo, el movimiento obrero ha llegado a rechazar la discriminación genérica o étnica).

Pero lo esencial es que, no habiendo una sola divisoria social sino varias, se puede ser igualitario ante unas y no ante otras, de izquierda en esto y de derecha en aquello. De hecho, mucho autoproclamado izquierdista no sufre sino incongruencia de status, es decir, un profundo malestar basado en la creencia de que se valora lo que no se debe (y en lo que él vale poco) y no se valora lo que se debe (y en lo que él vale mucho). G. Lenski (Poder y privilegio) fue quien mejor comprendió que no sólo importa cuál sea el grado de desigualdad en tal o cual dimensión (entre hombres y mujeres, entre empleadores y empleados, entre adultos y jóvenes...), sino también, y más, cuál sea el peso relativo de cada una de las dimensiones de la desigualdad (el sexo, la clase, la edad, la etnia, el territorio, la religión, la afiliación política y un largo etcétera). Aunque la búsqueda de la coherencia moral y la experiencia de la opresión conjunta puedan empujar a ser de izquierda (o de derecha) en general, el impulso inmediato, sin embargo, es bien otro: alinearse a la izquierda en aquello en que sufrimos desventajas y a la derecha en aquello en que disfrutamos privilegios. De ahí las vilipendiadas pero tercas figuras del obrero machista, la feminista burguesa, la basura blanca, la canalla patriótica y otras incoherentes coherencias; inconexas desde la perspectiva de una moral universalista, pero redondas desde la perspectiva de los intereses particulares. Ahí es donde se incluyen el nacionalismo de izquierdas y la izquierda nacionalista.

Por otra parte, ¿qué es el nacionalismo? La idea común es que éste busca dividir alguna gran entidad imperial, colonial o de otro tipo, siempre contra natura, para que en la nueva nación coincidan por fin el perímetro del poder y el sustrato de la cultura. Aunque esto pueda tener algo de verdad, la esencia del nacionalismo revolucionario fue exactamente la contraria: crear un espacio común, con libertad de movimiento y residencia, una lengua codificada, unas leyes para todos, un poder político unitario, un sistema uniforme de pesas y medidas, una cultura homogénea, una ciudadanía única..., estos sí, contra natura, por encima de los particularismos locales, gremiales, étnicos, religiosos y otros que eran los que realmente contaban en la vida real y cotidiana de las personas (y no su lejana adscripción a tal o cual armazón imperial). El nacionalismo, en otras palabras, fue un movimiento unificador. Bien es cierto que, en sociedades todavía dispersas y ya mestizas, unificó unos rasgos a costa de otros, pero en todo caso unificó. El actual nacionalismo tardío, el secesionismo frente a unas naciones constituidas ya hace siglos como Estados (o viceversa, tanto da), busca justamente lo opuesto. Ya no se trata de disolver toda la caterva de derechos locales, privilegios gremiales, estigmas étnicos, etc., en una ciudadanía común, sino de romper ésta con la promesa de nuevos privilegios distintivos.

De ahí precisamente su cara izquierdosa. No se arrastraría a mucha gente por la vía separatista con la simple promesa de cambiar de amo. El nacionalismo se viste de izquierda porque está en conflicto, incluso en guerra. Cuando se hacen sonar los tambores para la batalla, hay que proclamar la hermandad universal en las propias filas. Puede ser incluso sincero, pues la tensión del conflicto genera una fuerte solidaridad interna en cada bando. No es casual que las grandes oleadas igualitarias hayan seguido siempre a las grandes guerras (los derechos políticos a la Primera; los sociales, a la Segunda). La vanguardia nacionalista puede, además, vivir su propia cruzada como una auténtica revolución de izquierdas, pues ellos no sólo van a tomar el palacio de invierno, sino que se lo van a repartir con su magnífica colección de cargos, despachos, sueldos, dietas y otras gabelas: un inmenso botín, como ya apuntó E. Gellner (Naciones y nacionalismo), aunque sólo por una vez, y para los más avispados. En contraste, donde no hay veleidades secesionistas, el localismo es más bien conservador (U. Alavesa, U. Valenciana, P. Aragonés Regionalista, P. Andalucista, Coalición Canaria...) o es asumido por los partidos nacionales (PP en Galicia, PSOE en Andalucía), y el nacionalismo de izquierda no pasa de ser una nota folclórica: Chunta, Andecha, BNV-EV, MPAIAC o ICAN...

No sé si fue Lenin, sin duda el gran estratega de la izquierda revolucionaria, o más bien Stalin, su teórico delegado para la cuestión nacional, quien quiso distinguir el nacionalismo de los opresores del de los oprimidos, para rechazar el primero y apoyar el segundo (sólo mientras resultó útil, claro). Suena bien, pero es ya historia. Si una comunidad territorial es sometida a una reducción de sus derechos en contraste con los del grupo dominante, la separación es una vía hacia la igualdad, aunque no la única, y el nacionalismo puede ser efectivamente un movimiento de izquierdas. Pero el separatismo vasco o catalán, como el de la Padania industrial o la Escocia petrolera, es un movimiento antiigualitario, el intento de apropiarse de manera definitiva y exclusiva de un conjunto de recursos que la suerte inesperada o la historia compartida han concentrado en su territorio. Eso por no hablar de sus insultantes pretensiones de superioridad racial o histórica.

En nuestros días y en nuestro entorno, el nacionalismo podrá adoptar todos los colores de la izquierda en todos los ámbitos imaginables, pero, en lo que le es propio y distintivo, es un puro movimiento de derechas, de ruptura de la igualdad, de división de la ciudadanía, de defensa o búsqueda de privilegios para unos (generalmente unos pocos) a costa de otros (generalmente los más). Que los Otegui o los Carod se apunten a todas las causas de izquierda menos a una, la defensa del espacio y la igualdad ciudadana ya conquistados, es de una tremenda inconsistencia moral, pero de una gran sagacidad táctica, tanto para sí mismos como para toda esa cohorte de intelectuales, profesionales y funcionarios que les siguen dispuestos a conquistar el aparato del Estado.

La pregunta que queda es por qué llegan a prestarles oídos quienes, llegado el caso, no participarían ni mucho ni poco de esa gran piñata. "¡El proletariado no tiene patria!", gritaba convencida la izquierda decimonónica. En el siglo XX aprendimos que, en realidad, es lo único que tiene; que no hay otra contrapartida a la pérdida de la propiedad de los medios de producción, primero, y de la seguridad del puesto de trabajo, después, que los derechos sociales: asistencia sanitaria, subsidios de desempleo, pensiones, educación y otras prestaciones entre universalistas y contributivas; y que, sin propiedad, no hay otra independencia que la que otorgan los derechos civiles y políticos. Paradójicamente, el proceso autonómico ha dejado en manos de los mesogobiernos las partidas del bienestar (welfare) y, en las del gobierno central, más bien las del malhacer (warfare). Por si no bastara, cuando el torbellino de la economía informacional y global sacude la tierra bajo los pies de sectores crecientes, la derecha neoliberal que nos gobierna anuncia la retirada del Estado y ofrece como solución final que cada uno se busque la vida. La idea misma de ciudadanía, que durante la transición y el periodo socialista se fue llenando lentamente de contenido (de derechos civiles, políticos y sociales), aunque en verdad necesitaba ya una profunda reformulación (nutrirse también de responsabilidad individual y compromiso compartido), amenaza ahora con verse vaciada del mismo. El desistimiento de la derecha neoliberal es el que abre paso al oportunismo pseudoizquierdista del nacionalismo.

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad de Salamanca.



El nacionalismo fraccionario es un puro movimiento de derechas, de ruptura de la igualdad, de división de la ciudadanía, de defensa o búsqueda de privilegios para unos a costa de otros


A Félix Ovejero (Barcelona, 1957) le desespera tener que desmontar continuamente las mentiras del nacionalismo pero no son tiempos estos para ponerse de perfil. El pensador aún cree que una izquierda anti independentista es posible en España y responsabiliza al PSOE y Podemos de transigir con el nacionalismo, la forma superlativa de xenofobia.


-¡Qué aburrimiento esto de Cataluña!

Fíjese. Sí, ojalá pudiéramos estar hablando de poesía. Pero todo parece conducir a lo mismo. Y es obligado no ponernos de perfil. De eso iba, en el fondo, El compromiso del creador, mi penúltimo libro, de la obligación de no ignorar los retos y de mirarlos con afán de verdad.


-¿Qué es lo que no se ha querido hacer aquí?

El problema en Cataluña es que nos enfrentamos a una ideología, el nacionalismo, profundamente reaccionario y que se debería combatir como el machismo o el racismo. Y no importa que lo defienda una persona o un millón. Eso no lo hace mejor. En virtud de que participamos de un rasgo étnico o cultural, tenemos unos derechos que negamos a los demás. Para empezar la condición de ciudadano. La idea de que se pueda levantar una frontera y convertir a tu conciudadano en extranjero es, se mire como se mire, una forma superlativa de xenofobia.


-Hombre, si el elemento común de una identidad es la lengua entonces los cientos de millones de personas que hablamos español tendríamos una nación.

¡Claro! Pero piense que usted vive en Madrid y yo en Barcelona y tenemos más que ver con alguien que vive en París o en Nueva York que con un campesino del valle de Arán o de Limoncito, en Bolivia. La identidad sostenida en la lengua es una patraña incompatible con la buena ciencia. Sin olvidar, claro, que la lengua común y ampliamente mayoritaria de los catalanes es el español.


-Siempre se habla de una mayoría silenciosa frente al nacionalismo. ¿Por qué no se manifiesta?

En un artículo de 1996 llamado Mentiras públicas, verdades privadasexpliqué siguiendo a Timur Kuran que si estás escuchando a algo que parece que una mayoría sostiene aunque sea una patraña, o te callas o reajustas tus preferencias al gusto del grupo. Mi esperanza es que de ese 10% de discrepantes públicos pasemos al 30%. A partir de ahí el coste de la discrepancia empieza a disminuir y otros se suman para recordar que el rey está desnudo.

-Usted culpa a la izquierda.

-La izquierda, por diversas circunstancias, parece arrogarse la autoridad moral para determinar si una causa es noble y ha validado el nacionalismo. No se dan cuenta que no hay ninguna diferencia conceptual entre que unos cuantos catalanes decidan que se marchan con lo que es de todos, una parte del territorio político, a que por ejemplo, los españoles decidamos no contar con Extremadura porque son más pobres. No hay nada más comunista que el territorio político en el que todo es de todos sin que nadie sea dueño en particular de nada. Es sencillamente ser ciudadano, cada uno de nosotros, sea de donde se sea.


-¿Por qué la izquierda que ha abanderado la lucha contra el machismo, la igualdad de los homosexuales... se muestra tan complaciente con algo tan discriminatorio como el nacionalismo?

Eso merece un análisis más detallado. Hay una presencia importante de las élites catalanas en la constitución ideológica de la izquierda que legó el franquismo. No hay que olvidar que durante el franquismo tuvimos una situación privilegiada material y socialmente y ahí germina una cohorte que ocuparía una parte importante de los puestos de decisión. Ha facilitado la extensión de un relato falso. Por ejemplo la izquierda sostiene que la Guerra Civil fue una guerra contra el nacionalismo cuando en Andalucía o Salamanca hubo más personas represaliadas que en el País Vasco... Todos esos mitos son falsos. Y luego la persecución de la identidad. En realidad, el problema, por lo menos a partir de los 60, no era tanto publicar en catalán, como publicar a Marx. Repase premios literarios, revistas...


-Ese afán de la izquierda por aferrarse a cuestiones como la identidad puede deberse a que la derecha ha ocupado las posiciones socialdemócratas.

-Desde luego, pero cualquiera que acuda a la izquierda del siglo XIX y la compare con la del XX, se daría cuenta de que estaba comprometida con el racionalismo y con el progreso, es crítica con la religión y las identidades nacionales. Marx tiene en mente la idea de nación que surge de la revolución francesa como un conjunto de ciudadanos que se compromete a defender sus derechos y libertades, y desprecia las naciones sostenidas en la identidad o la etnia. La izquierda, nuestra izquierda, para ser exactos, ha buscado los peores recambios. Por cierto, que el postmodernismo allanó el camino al extender semillas irracionalistas.


-¿Qué es una nación?

En el sentido en el que lo usan los nacionalistas es una noción analíticamente estéril y habría que abandonarla como se hizo con el flogisto. La nación es un concepto que los nacionalistas políticos ponen en circulación para hablar en nombre de ella. Los intentos de definir esa idea colapsan. ¿Qué es? Un conjunto de individuos que tienen en común una característica que es objetiva, cultural, y en ese caso es falsa empíricamente, a poco que precisemos la cultura a la que se apela; o es subjetiva, como individuos que creen que son una nación, en cuyo caso es circular. Claro, siempre es posible encontrar personas que comparten visión del mundo. Y aún más los ricos concentrados territorialmente. Pero nadie consideraría hacer un referéndum para romper la comunidad política.


-La izquierda ha comprado este identitarismo.

Indudablemente. El problema más importante que tenemos es que ahora, gente como Iglesias y Colau hablan de destrozar España cuando hemos conseguido una nación de ciudadanos y de identidades múltiples (por qué es más importante que yo sea catalán que mi identidad de clase, sexual o religión). ¿Por qué volver a la idea de tribus y comunidades que en realidad son encapsulamientos? No son reales empíricamente. En Cataluña no hay más que un 33% que piensa así y que obligan a la mayoría a ahormarse a la supuesta identidad que, lo repito, es una invención.


-Lo primero que hace la izquierda no nacionalista en sus manifiestos es decir que al menos no son del PP o Ciudadanos. Como si eso fuese una tara.

Esa izquierda con la que yo me he sentido afín sufre de una alergia anti PP que no tiene ningún tipo de justificación. La izquierda debería reconocer que el mejor ejemplo de activismo fue el del PP y PSOE en el País Vasco durante los años de plomo. Eso sí que es luchar por las libertades y no lo de Colau.



-La posición de Colau es poco clara...

En Economía existe un concepto que es el coste de oportunidad (una decisión cuesta respecto a la mejor alternativa que se puede tener). Entonces el coste de oportunidad de Colau es cero porque ¿qué hacía antes de ser alcaldesa? Por eso no firma la participación del Ayuntamiento en el referéndum porque puede perderlo todo si la inhabilitan. Le recuerdo que los del PP y PSOE en el País Vasco se jugaban la vida. Por eso, lecciones de democracia al PP, ninguna.


-El cordón sanitario de la izquierda existe.

Claro. El PSOE ha ido cediendo su espacio al PP y ahora lo único que le queda es el nacionalismo. ¿Cómo es posible que en España la izquierda permita que se establezcan barreras por motivos lingüísticos? No se dan cuenta que un médico de Extremadura ya no puede encontrar trabajo en un hospital de Manresa... Claro que para los catalanes nacionalistas es mejor que no venga nadie a desmontarles el chiringuito.


-¿Sigue siendo de izquierdas?

Sí. En los últimos años he entablado relación con los discípulos de Gustavo Bueno y en esos chicos hay esperanza para la izquierda... Es una escuela de pensamiento vertebrado que le da sopas con hondas a la gente de la Complutense, que por cierto es malísima. No me extraña que haya salido de ahí lo que ha salido.


-¿Y Pedro Sánchez?

Es un tipo que es inane, inconsistente. Se le nota en cómo habla, en cómo petardea... Vive del eco.


-Dicen que la presencia de la Guardia Civil y la Policía Nacional aumenta el número de indepes.

Eso es ignorancia. Ha sido un juez que instruía una causa que tenía que ver con el manejo ilegal del censo. Pero la gente no está informada... ¿Acaso se han soliviantado los votantes del PP cuando la policía ha entrado en la sede del partido?


Pero la gente parece no estar contenta de que la Guardia Civil...

Lo que pasa es que se trata de reconocer una realidad que puede ser tensa. Por eso, las declaraciones de los empresarios me parecen vergonzosas. Dicen que hay que ceder en favor de gente que quiere romper una comunidad. ¿Y por qué no en favor de esa mayoría de catalanes olvidada desde hace años? Algunos políticos catalanes se han acostumbrado a escupir sistemáticamente (diciendo que los españoles son unos gandules que nos roban...) sobre el resto de españoles. Lo raro es que no me den dos hostias cuando digo que soy catalán.


-Pero los catalanes parecen dispuestos a creerse las mentiras. Y el independentismo ha pasado de un 20% a un 48%...

Es propaganda. Todo empezó con las mentiras de las balanzas fiscales que ya se han desmontado en muchas ocasiones. Hay que repetir el mensaje hasta que cale y se revierta la situación.


-¿Hay miedo a lo que pueda pasar mañana?

Esa clase media acostumbrada a venir a manifestarse se va a bajar del burro porque teme que las CUP se vayan a desmadrar. Ese segmento ya estaba menos presente en las últimas diadas... Luego queda esa parte que es Kale Borroka y no hay que olvidar las enseñanzas del País Vasco. Dijeron que si Otegi iba a la cárcel se armaría Troya... Y no pasó nada. Al contrario. La sensación de impunidad hubiera acobardado a los que no estaban con ETA.


-¿Ha actuado bien Rajoy?

Su gran error es haber creído las palabras de tipos que decían que no iba a pasar nada. ¡Es que Pinochet estaba al lado de Allende antes de darle el golpe! ¿Cómo Soraya se ha podido tragar los cuentos que le contara esta gente?


-Hay gente no independentista que defiende que se celebre un referéndum legal.

¿Y aceptar que hay una unidad de decisión legítima? Es como si dijéramos que los varones vamos a votar y que privamos a las mujeres del derecho al voto. Esas cosas son ilegítimas. No se puede votar privar de derechos a los otros. Eso es chantaje.


-Usted es fundador de Ciudadanos.

Aquí en Cataluña son héroes morales. Sí creo que han cometidos dos errores: abandonar la socialdemocracia por un proyecto liberal inconsistente y rebajar la crítica al nacionalismo.


-¿Qué ha perdido Cataluña en estos años?

Civilización, libertad... Ahora Cataluña es más paleta que antes. Después de la Guerra Civil cualquier persona podía llegar a Madrid o Barcelona e integrarse porque a nadie le importaba de dónde venía. El nacionalismo tuvo que construir una identidad asociada al mito de una visión compartida del mundo, vinculada al idioma... Es absurdo. No tienen en cuenta que han intentado construir una nación étnica sobre un cuadro social y demográfico que no responde a esas expectativas porque la mayoría habla castellano.


-¿Hay hueco para otro partido de izquierdas?

En España hay un hueco a la izquierda para un partido que se atreva a decirle a Podemos que han recuperado el carlismo, las comunidades de identidad que son asfixiantes y que además defienden las religiones más reaccionarias. Un nuevo partido debería recuperar un ideario muy sencillo. Igualdad y eficacia. Y que cualquiera en España pueda acceder en su propio país a la posición que sea solo por los méritos requeridos de ese particular oficio; no por si participa de las particularidades de la tribu como es el idioma. Eso es muy difícil de construir.


-Ada Colau me dijo que no era independentista.

No es nada. En el momento en el que hubo el atentado en las Ramblas te puedo decir que tanto Colau como Puigdemont estaban desbordados. ¿Qué sabían de gestionar un atentado? Y de pronto tenían que tomar decisiones de adultos y afrontar la idea de que había muertos. Los que viven en esa perpetua adolescencia creen que todo les sale gratis. El día de los atentados, Rajoy debería haber asumido el relato porque estábamos en medio de un ataque terrorista. Pero el Estado estaba acomplejado y la manifestación acabó en manos de la Asamblea Nacional Catalana.


-Se habla de la sentencia del Constitucional respecto al Estatut como el origen de todo.

Eso es mentira también. Nadie quería el Estatut. El mismo mes en el que el PSOE empezó a hablar de ello, se había publicado una encuesta en la que se decía que Cataluña era la comunidad más satisfecha con su autonomía... ¡Qué pena tener que estar recordando esta basura de datos! Ahora podríamos estar hablando de poesía...

15 de noviembre de 2017

La Leyenda Negra española y la Imperiofobia. Recopilación



              

Resumen del libro

Extraído de: https://historiasbizarrasybizantinas.wordpress.com/2017/08/16/resena-del-libro-imperiofobia-y-leyenda-negra-de-maria-elvira-roca-barea/

En efecto, María Elvira Roca Barea nos cuenta que el fenómeno de los imperios ha acompañado siempre al ser humano. Muchos han sido los intentos y muy pocos los imperios que han llegado a consolidarse. Como ejemplo de imperios fallidos podemos mencionar los de Francia, potencia que fracasa cuando los ingleses la expulsan de América del Norte y de la India en la Guerra de los siete años y durante el fugaz Imperio napoleónico, el de Alejandro Magno (que se disgregó apenas muerto el conquistador en Babilonia) o el I Imperio británico, que sucumbe con la secesión de las Trece Colonias, núcleo fundacional de los Estados Unidos de América. Por el contrario, los Imperios que logran consolidarse forman gigantes estructuras políticas que desafían las enormes distancias y los problemas inherentes a la mezcla de gentes muy diversas. Los Imperios tienen varias fases vitales que, a lo largo de la Historia, observamos que siempre se repiten. Una primera fase es la de la expansión, en la que surge una figura excepcional, un gran jefe militar que lanza a la conquista a su pueblo. Luego viene un período crítico en el que muchos aspirantes a imperios fracasan: la fase de la consolidación. Muy contrariamente a lo que solemos pensar, un Imperio se consolida sólo si es capaz de ofrecerle a los recién conquistados más de lo que su conquista, que siempre es traumática, les ha quitado. Curiosamente, frente a nuestra universal creencia de que todos los imperios son malos, la gente suele vivir mucho mejor dentro del Imperio que en los márgenes del mismo, no digamos ya si vive en contra.

Lamentablemente, al ser el Imperio un constructo orgánico sujeto a cambios, tarde o temprano llega la decadencia, un período en el que el Imperio se pudre hacia dentro. Porque este es uno de los pensamientos en los que más hincapié hace María Elvira Roca Barea: los imperios no caen frente a un enemigo exterior, los imperios se pudren hacia dentro y, en el momento del fin, el Imperio colapsa de dentro hacia fuera. Llegados a este punto, la autora acuña el término que le da título a su libro: imperiofobia. La imperiofobia es un racismo tolerado según el cual las gentes que forman o han formado un Imperio tienen la catalogación de ser moralmente inferiores a aquellos que luchan o lucharon contra el Imperio. Expone la autora numerosos ejemplos de ello: los griegos que habitaban en el Imperio romano siempre despreciaron a estos ya que los consideraban bárbaros y de muy oscuros orígenes, soslayando que si Grecia subsistió a la caída del helenismo fue por, precisamente, por el paraguas protector que durante siglos le brindó generosamente Roma. Y todo esto pese a que Grecia siempre estuvo en el subconsciente romano y, así, cuando un emperador era un conquistador, su modelo era el de Alejando Magno. Es, por tanto, la imperiofobia una suerte de envidia ante la pujanza de un pueblo distinto al que uno pertenece, que trata de aliviar la mala conciencia del conquistado. De esta manera, un italiano del siglo XVI podría pensar que, pese a que la presencia de tropas españolas permitió la no conquista de Italia por el Imperio turco, los españoles eran barbaros, fanfarrones, ridículamente ceremoniosos y malos cristianos ya que eran descendientes de godos, árabes, norteafricanos y judíos. Por tanto, su pureza de fe era más que discutible. De esta manera, ese italiano aliviaba su conciencia ante el hecho de que su tierra, pese a prosperar de manera evidente bajo dominación española, era una provincia más de aquél Imperio que, merced a la conquista de nuevas tierras inexploradas, amenazaba con tragarse el mundo. El arma con la que contaron siempre todos aquellos que quisieron combatir a los imperios fue la propaganda, esto nos lleva al segundo término vital en el libro de María Elvira Roca Barea: la leyenda negra.



La leyenda negra es el arma propagandística que trata de conseguir lo que no se puede lograr económicamente y, usualmente, en el campo de batalla. Sirve para esparcir un manto siniestro sobre los imperiales al que todo el mundo se suma. Su respuesta por parte de los Imperios es siempre la misma: cuando están en el cenit de su poder, menosprecian la influencia de la misma y, andando el tiempo, cuando están en decadencia o ya ha cesado de existir el Imperio, asumen los postulados de su leyenda negra, por inverosímiles que sean, como si de dogmas de fe se trataran. Como ejemplos de herramientas en una leyenda negra podemos citar el Imperio inconsciente y la ley del silencio. Por Imperio inconsciente María Elvira Roca Barea entiende la coartada que intenta explicar el auge irrefrenable de un pueblo como una serie de carambolas históricas, un ejemplo sería la creencia de que el Imperio español se debió al azar en forma de herencias afortunadas cuando, por el contrario, la política de sucesión de los Reyes Católicos fue un completo desastre y la muerte se dio mucha maña en que todo les saliera a la inversa de cómo lo planearon. Así, los pueblos sometidos a la autoridad de la Monarquía hispánica, especialmente aquellos que habían abrazado el protestantismo, podían creer que ellos no eran inferiores a los españoles al estar sometidos a los mismos, sino que los españoles simplemente habían tenido “suerte”. Mientras que por la ley del silencio, la profesora Roca Barea entiende ese afán de censurar los desastres propios, mientras magnificamos hasta el absurdo nuestras virtudes y victorias, sean reales o, generalmente, inventadas.

Analiza la autora en su Imperiofobia y leyenda negra varios casos evidentes de Imperios vivos y ya fallecidos que sufrieron los ataques pasados y presentes de pueblos sometidos o enemigos. Entre los Imperios fallecidos destacan el de Roma y el español. Y entre los imperios vivos el de los Estados Unidos de a Elvira Roca Barea, un arma definitiva y desgraciadamente muy exitosa: el ructuosamente consolidar un Imperio donde fuese: ado,América y el de Rusia. El conocimiento de la Historia está sujeto a modas, durante el Renacimiento todo lo que tuviese que ver con el Mundo Antiguo greco-romano era aceptado y tenido en consideración. Del mismo modo, en el siglo XIX, en el que son las naciones de origen germánico y protestante, las que despliegan sus imperios en el tapete del mundo, Roma era un Imperio latino y sureño, muy degenerado, del que sólo se tenía en consideración su decadencia y corrupción de costumbres porque la moda era reivindicar a los pueblos germánicos que colapsaron el Imperio romano del Occidente, soslayando que el de Oriente duró un milenio más. Esto ha cambiado recientemente y de manera afortunada con el auge de las novelas y de las series pretendidamente históricas y Roma vuelve, poco a poco, al lugar que se merece y del que las élites intelectuales norteñas y protestantes nunca debieron sacarla.


Es curioso comprobar el hecho de que las leyendas negras de los Estados Unidos de América y de Rusia surgen en el mismo país, Francia. La misma Francia que gran parte de su historia ha intentado infructuosamente consolidar un Imperio donde fuese: América del Norte, la India o la propia Europa con la aventura napoleónica, fugaz y desastrosa. Es por ello que Francia mira de reojo y con lógico escozor cómo Rusia se expande vertiginosamente por Asia y que las posesiones españolas de ambas Américas poseen una riqueza con la que la avanzada, tolerante y culta Francia apenas puede soñar. Por ello, crea, en palabras de María Elvira Roca Barea, un arma definitiva y desgraciadamente muy exitosa: el intelectual subvencionado, o intelectual con peluca. Éste es el encargado de deformar la realidad para demostrar que lo que es un éxito rotundo, la expansión de Rusia o la riqueza de América, pase de puntillas por la nueva realidad que saldrá de su docta peluca: América es un continente degenerado y Rusia un país muy atrasado. De esta económica manera, los pobres franceses pueden seguir sintiéndose superiores en algo a falta de un auténtico, duradero y próspero Imperio que llevarse a la boca. Centrándonos ya en el Imperio español, serán los franceses los que tendrán a bien añadir una de las páginas más ilustres, tal vez deberíamos decir ilustradas, al extenso e inconcluso volumen de la leyenda negra española.

Expone María Elvira Roca Barea que la leyenda negra de nuestro Imperio está tan extendida que ni siquiera debemos añadirle el adjetivo de española para saber que una leyenda negra a secas, obviamente, se refiere a España. La leyenda negra nació en el primer territorio ultramarino que tuvimos aún antes de que naciera la propia España, Italia. Los avanzados y muy prósperos italianos de finales del siglo XV motejaban a los españoles con el cariñoso apelativo de marrani, que venía a ser algo así como descendiente de judíos. Exponían los intelectuales italianos del Renacimiento, movimiento cultural que se experimentó en pleno Imperio español, que éramos un país medieval ya que la rica sangre romana se había degenerado por el contacto con otros pueblos. Esta fue la primera y más benevolente página de nuestra leyenda negra. Debemos avanzar unas cuantas décadas en el tiempo para encontrarnos con la segunda, que se escribió (tal vez deberíamos decir que se imprimió) por el nacionalismo alemán. En efecto, durante el reinado de Carlos V Alemania estaba a demasiados siglos de distancia de su hegemónico presente. De hecho, ni siquiera existía como entidad política, estando su territorio repartido entre un sinfín de gobernadores locales que, a su vez, eran electores del descentralizado Sacro Imperio, al que precisamente en esta época se le añadió el epíteto de Germánico. Hete aquí que Carlos V es nombrado emperador gracias al dinero de la monarquía más pujante del momento: España, y que, además, tiene Carlos la ambición de unificar Europa merced a la unidad en una única fe, el catolicismo o, lo que es lo mismo, la Universitas Christiana.

De repente, los poderes locales de Alemania se sienten amenazados pues Carlos V posee las riquezas de las Indias y el bravo empuje de los tercios. Estos poderes regionales temen diluir su influencia e importancia en la nueva Europa unificada que se augura por primera vez en muchos siglos desde la caída de Roma. Para contrarrestar el poder de Carlos V atacan el navío de la Universitas Christiana en su línea de flotación y crean una nueva religión, el protestantismo, merced a un nuevo profeta, Lutero, que rompa con la unidad que se quiere imponer. Lógicamente, la coartada moral para escindirse de Roma son los vicios y el oscurantismo a que somete el poder de los papas. Mientras que la nueva religión trae de la mano la tolerancia, la prosperidad y el progreso. Para ello se toma prestado una institución que estaba representada en todas las monarquías de la época y se le atribuye en exclusiva a los españoles: la Inquisición. Poco importa que la Inquisición española, comparada con otras como la francesa, matase muchas menos personas, o que el furor protestante en países como Inglaterra, la futura Holanda y los territorios alemanes a la hora de reprimir y asesinar a los oscurantistas papistas fuese inmensamente mayor. Discípulos aventajados de los alemanes fueron los holandeses que lucharon largamente por secesionarse del Imperio. La visión del español cruel, cobarde, fanático e ignorante se debe en no escasa medida a la propaganda que Guillermo de Orange mandó imprimir en forma de estupendos gravados en los que los españoles son representados como cerdos que violan la hacendosa y tolerante Holanda.


La de la leyenda negra es una historia que muta y no deja nunca de crecer, en los siglos de la Ilustración, Francia volcará toneladas de propaganda antiespañola en las venas de Europa. Con la perdida del Imperio en las primeras décadas del siglo XIX y de los restos del naufragio en 1898, los propios españoles, incapaces de asumir y hacer frente a la muerte de su Imperio, asumirán la leyenda negra como parte indivisible de su ser. Y, de esta manera, si el Imperio acabó, tras largos siglos de paz y prosperidad jamás tenidos en cuenta, fue por culpa de sus creadores que eran fanáticos, ignorantes y crueles. Como observará el lector, es un mecanismo que exime de responsabilidad a las sufridas generaciones que les tocó encajar el duro golpe de la extinción imperial. Precisamente con la guerra hispano-estadounidense de 1898, la leyenda negra se vuelve a avivar y los viejos tópicos se exponen otra vez en la palestra europea y americana. Las repúblicas americanas, que surgen como consecuencia del desmembramiento del Imperio español, encuentran en la opresión, ignorancia y fanatismo del mismo un oportuno comodín al que acogerse que les libra de asumir su fracaso económico y político durante dos siglos. Mientras que el nuevo Imperio estadounidense, en tantas cosas sucesor del español, es tenido como la afortunada consecuencia de unos nobles orígenes: antigua colonia inglesa, tolerante en materia de religión, emprendedor, culto, protestante, etc. Que las dos últimas grandes superpotencias hegemónicas fuesen anglosajonas no le ha hecho bien a España ni a Hispanoamérica. Lógicamente ambas realidades no se pueden comparar ya que, de la misma manera que Europa occidental necesitó siglos para recuperarse de la caída de Roma, Hispanoamérica necesitará siglos para recuperarse de la caída de España. Mientras que sus vecinos norteños, anglosajones y protestantes, los Estados Unidos de América, no tenían que recuperarse de la caída de ningún Imperio y pudieron, poco antes de morir España, empezar a construir el suyo. Algún día, esperemos que no lejano, Hispanoamérica volverá a tener un peso clave en el concierto internacional, cosa que, lamentablemente, no podemos decir de la aún supérstite España europea.


Entrevistas a la autora

Desde la crisis del 98, para ser buen intelectual en Europa estás obligado a desprestigiar a España


El éxito del libro «Imperiofobia y leyenda negra» (Siruela), que ya va por su quinta edición, ha sorprendido a su autora, María Elvira Roca Barea, sin una razón para explicarlo. ¿Está España en uno de sus momentos más bajos de autoestima? ¿Son los ataques a su historia lo que reclaman urgentemente este tipo de lecturas? «No creo que estemos peor que hace cuatro años, por ejemplo. La autoestima española está por los suelos desde hace siglos. Eso ya es una constante».

Autoestima, propaganda y leyenda negra son términos íntimamente relacionados. El Diccionario de la RAE define leyenda negra como aquella «opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI» y como «opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo». Frente a otros libros recientes que han analizado este fenómeno como algo ya superado, Roca Barea denuncia su fuerte penetración en corrientes culturales fundamentales en Europa. Del Humanismo a la Ilustración; del nacionalismo germánico al italiano... «Es difícil que la gente acepte una historia diferente de la que se escribió en el siglo XIX. En ese momento toda la propaganda protestante contra España se convirtió en historia normalizada», explica.

Los primeros cimientos de esta guerra de mentiras y medias verdades surgieron en la Italia del siglo XVI, aquella que frente a la superioridad militar de los aragoneses y los castellanos respondió al principio con ironía: «Dios s’era fatto Spagnolo» (Dios estaba de parte de los españoles). Del sarcasmo y la burla se pasó pronto al antisemitismo a través de la proclamación de que los españoles tenían sangre de «marranos», esto es, que se mezclaban con los judíos. Pero fue en su salto al Norte de Europa cuando el asunto adquirió realmente dimensiones racistas. «En el caso del nacionalismo alemán hay un antisemitismo muy violento y una inquina contra lo latino ya en el siglo XV. Es complicado encontrar el origen de tanto odio», sintentiza la autora de «Imperiofobia y leyenda negra».

Al valerse Carlos I de España y V de Alemania del oro y la infantería española para hacerse con el cetro imperial, los príncipes alemanes temieron que un emperador con poder real pudiera amenazar su independencia. «La religión solo fue una excusa. Había habido muchos luteros antes de Lutero, él solo fue el vendedor de una mercancía que necesitaban los nobles para fastidiar al emperador», sostiene Roca Barea.

El Imperio español sufrió un constante choque de trenes contra los nacionalismos emergentes del siglo XVI, del que acabó naciendo el protestantismo y la propaganda moderna. Al igual que su padre, Felipe II reaccionó con torpeza ante una rebelión en los Países Bajos instigada por la nobleza local y camuflada de guerra religiosa. «En ideologías como la protestante es necesario construir un enemigo común y colocarle todas las cualidades del mal. La contrapropaganda española fracasó estrepitosamente porque los pueblos católicos no han sabido manejarla. Felipe II pensaba que la verdad se terminaría imponiendo y eso pocas veces ocurre».

–Nada más empezar el libro presentas tus cartas ideológicas y tus convicciones religiosas, ¿es algo imprescindible para hablar de estos temas?

–Era necesaria la presentación de mis cartas ideológicas porque al final este es un libro de opinión sobre la Historia. Pero no hay que ser de derechas o de izquierda para defender que ha existido una leyenda negra. Ha habido pocos españoles más allá de Julián Juderías y Loyot que hayan explicado realmente la envergadura de esta leyenda negra tan bien como Salvador de Madariaga. Y no se puede decir que Madariaga fuera ideológicamente de derechas.

–Hay quien directamente dice que no existe esta leyenda negra o que ya no está en vigor.

–Eso es porque han asumido un paquete ideológico donde la leyenda negra está presente. Hay que tener en cuenta que no existe el vacío: si se quita la leyenda negra del argumentario de muchas ideologías habría que relatar otra historia de Europa a modo de sustitución. Y es difícil que la gente acepte una historia diferente de la que se escribió en el siglo XIX, cuando toda la propaganda protestante contra españa se convirtió en historia normalizada y oficial.

–En el libro lo primero que explicas es que la imperiofobia es algo que han sufrido prácticamente todos los imperios.

–La imperiofobia es muy habitual. Está muy arraigada en el ser humano como protesta al poder hegemónico. Los italianos vivían en una Europa dominada por los españoles y cuando se cabreaban decían que pareciera que eran los primogénitos de Dios. No obstante, cabe señalar que una cosa es este resquemor (algo inconsciente) y otra el proceso de construcción consciente que dio lugar a la leyenda negra. No es algo difuso, en el libro expongo que es una actividad muy bien organizada, donde ciertas oligarquías tienen un fuertísimo vínculo con los intelectuales y un control sobre los mecanismos con los que se escribe la historia.

–¿Cómo es posible que algunos imperios hayan esquivado esta imagen tan negativa sobre ellos, como es el caso del Imperio británico?

–El Imperio romano sufrió también su particular leyenda negra, pero hay procesos de reconciliación y rehabilitación que son efectivos a lo largo de los siglos. En el caso del Imperio británico, directamente no creo que fuera un imperio, porque el Colonialismo es un fenómeno diferente. Los imperios son fenómenos de expansión con integración por replicación, esto es, emplean grandes herramientas de integración de pueblos distintos. Por el contrario, el Colonialismo no genera mestizaje, ni cultural ni racial. Para los ingleses una cosa era la metrópoli y otra las colonias.

–Es hasta cierto punto lógico que los enemigos de estos imperios inventen mentiras, pero en qué punto consiguen que los propios países calumniados asuman estas leyendas como ciertas.

–Los imperios necesitan mantener viva la autocrítica para poder mejorar y aprender de los errores. En el caso español, la autocrítica ayudó a desarrollar el Derecho internacional en la Universidad de Salamanca y las leyes en defensa de los indígenas. Sin embargo, otra cosa es que esta crítica, ya negativa, sea asumida cuando los imperios ya ni siquiera existen. Lo sorprendente de España es su resistencia, su tenacidad y su capacidad de soportar todas estas mentiras. En el mundo británica la crítica está totalmente prohibida. Si alguien critica su historia desaparece de la visibilidad. Todavía no me he topado en mi vida con un solo inglés que supiera que Shakespeare era católico. Cuando se lo dices se quedan a cuadros y lo niegan.

–EE.UU. es el actual imperio y quien recibe el aluvión de críticas, ¿las está gestionando mejor que España?

–No sé si está teniendo más éxito. Los estudiosos norteamericanos de la leyenda negra española han entendido al momento lo que ocurrió con España y las similitudes con el caso de EE.UU. No hay un solo estudioso americano que haya negado en la actualidad la leyenda negra, mientras que algunos británicos como Henry Kamen han rebajado su importancia o han dicho que no tienen vigencia.

–Al final la conclusión a la que llega la leyenda negra es que los anglosajones son superiores a los latinos.

–Ese es el hilo sobre el que se ha extendido la idea generalizada hoy de que el norte es trabajador, virtuoso, cumplidor y los inventores del todo lo bueno de Occidente. Eso a pesar de que es manifiestamente falso. El primer avance hacia el lujo en el estilo de vida se produjo en la Italia renacentista, que cultivaba la elegancia y el bienestar.

–¿Entonces en la prima de riesgo también hay rastro de la leyenda negra?

–Ocurre siempre que hay problemas. En 2008, el norte con toda su propaganda volvió a excitar a la opinión pública en la idea que la culpa de la crisis la tenía el sur y su atraso crónico. La prima de riesgo ha subido en los países del sur y bajado en el norte, a pesar de que Alemania es quien más problemas de pago tuvo en el siglo XX y de que Gran Bretaña tuvo una crisis enorme en 1976. España, en cambio, lleva pagando todas sus letras sin fallar en sus obligaciones desde 1898. Te has preguntado alguna vez ¿qué une a todos los PIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España)? Pues que ninguno es protestante.

–Los europeos de su tiempo decían de los españoles que tenían su sangre contaminada por mezclarse con los judíos, pero luego uno de los puntales de la leyenda negra es el supuesto fanatismo español contra los hebreos. ¿Cómo es esto compatible?

–Ha habido un montón de expulsiones de judíos en Europa y todas más terribles que en España, porque aquí no hubo un decreto de expulsión sino de conversión; y sin embargo solo se recuerda la de 1492 en el imaginario. Esto es porque en el origen del Sionismo los sefarditas magnificaron su importancia social en la Península ibérica y así justificaron la caída del Imperio español por las consecuencias de esta expulsión. Pero eso es imposible si precisamente un siglo después del decreto España se había convertido en el país más poderoso de Europa. Un relato exagerado de la importancia de los judíos en la España de los Reyes Católicos que además sirve a los protestantes para decir que los españoles tenían la sangre contaminada.

–La Inquisición española es presentada muchas veces como el máximo exponente de la intolerancia religiosa en la historia.

–El contexto en el que se desarrolla la Inquisición era de una intolerancia religiosa generalizada en Europa. Todo el mundo lo era, pero la diferencia estaba en cómo se gestiona esta intolerancia en cada territorio. Se podía hacer como en el centro de Europa con la persecución bárbara contra brujas o las quemas que hizo Calvino de los católicos; o bien como en España con el tribunal de mayores garantías procesales de su tiempo: la Inquisición. En este sentido, el primer autor que niega las cifras de la inquisición es un inglés estudioso del derecho del XIX que, comparando el derecho anglosajón con el derecho romano, llega a la conclusión que el Santo Oficio no pudo provocar tantos muertos con un proceso legal tan complejo.

–A lo mejor el problema de la Inquisición para que perdure en la memoria no está en las crifras, sino en que se alargó mucho en el tiempo. Hasta 1834 no se abolió definitivamente.

–Lo de alargarse en el tiempo no es buen referente, porque la Inquisición española terminó mucho antes de que fuera legal enterrar a un católico en Inglaterra. Tampoco es cierto que la Inquisición ejerciera una represión cultural realmente efectiva. Los memoriales de los arbitristas que elevaban a los Reyes Habsburgo o los textos de muchos clérigos eran altamente críticos con la Monarquía y a esa gente no le pasaba nada. Hay cosas que se escribían entonces que no se permitirían ni siquiera hoy. Esto generó un enorme espacio de libertad de expresión que el país aprovechó. Imagínate que el ataque de Francis Drake a Cádiz provocó un choteo increíble, lo que demuestra que nunca hemos tenido problemas a la hora de hablar de las derrotas como sí les ha pasado a los ingleses.

–En la América hispánica también parecen haber calado profundamente estas cuestiones.

–Políticos hispanoamericanos de derecha y de izquierda han acudido con frecuencia a píldoras de la leyenda negra para justificar el fracaso económico de Sudamérica. Aunque luego te encuentras con hechos irrefutables como es que la América hispánica en 1812 era mucho más rica que el norte. Mejores ciudades, más infraestructura, correos más rápidos que en Europa. Los americanos deberían reflexionar sobre qué ocurrió para que se produjera el empobrecimiento que de sus ciudades, la caída del poder adquisitivo de su población y, en el caso mexicano, la pérdida sustancial de territorio.

–El genocidio provocado por los españoles en la población también resulta recurrente, ¿existen datos que justifiquen esta idea?

–Es una palabra muy ofensiva y demasiado fácil de pronunciar. Ni siquiera tenemos datos de cuánta población había antes de la llegada de Cristóbal Colón. Si sabemos que la gente estaba muriendo es porque los funcionarios de la Corona y los clérigos fueron informando y tomando medidas como la creación de hospitales y medidas de cuarentena.

Los españoles eran muy pocos y necesitaban a la población local para levantar un imperio de esa magnitud. Si hubieran hecho como los ingleses en el norte, que estaban aislados y solo crecieron tras la independencia a base de la llegada de europeos, hubieran tenido un problema demográfico.

–¿El mestizaje de los españoles demuestra que ellos no eran tan racistas?

–Los españoles también eran racistas, pero nunca tanto como para entorpecer el desarrollo biológico. Hernán Cortés era racista pero tenía un hijo mestizo («los latidos de mi corazón») que adoraba más que a los legítimos; mientras que dos siglos después el presidente de los EE.UU. Thomas Jefferson vendió a los hijos que tuvo con una esclava negra. Esta incapacidad de los pueblos germánicos para mezclar su sangre es algo incomprensible ya desde tiempos de los romanos, que se asombraban de que sus soldados germanos pudieran estar años sin tener relaciones sexuales por no mezclarse con otras poblaciones.

Fuente: http://www.abc.es/cultura/libros/abci-maria-elvira-roca-barea-hernan-cortes-tenia-hijo-indio-adoraba-mientras-jefferson-vendio-hijos-mestizos-201703010122_noticia.html


El discurso de la Leyenda Negra se va transformando con el paso de los años

Pregunta.- Así que el clásico autoodio del español está vinculado con la leyenda negra.
Respuesta.- Sin duda. Al asumir los tópicos de la hispanofobia, se da por supuesto que todo lo español es malo, que lo que hay de español en nosotros es la peor parte de nuestro ser.

P.- ¿Está viviendo un repunte ese autoodio o nunca se fue?
R.- Nunca se fue. Van ya para tres siglos de hispanofobia asumida. Pero en determinadas ocasiones, en épocas de crisis y de incertidumbre, hay una recidiva. Ahora los nacionalismos periféricos que nacieron en el XIX y que son por definición hispanófobos se han aliado con la izquierda antisistema, cada vez más fuerte, y esto naturalmente tenía que producir un rebrote.

P.- ¿Cómo sería la cronología de las ideologías asociadas a la leyenda negra? ¿Va del protestantismo a la izquierda?
R.- En efecto. Aunque la primera manifestación de la leyenda negra surge con el humanismo italiano, y ya es visible en el siglo XV. Desde el primer momento muy vinculada al antisemitismo. El español es malo porque es medio judío. Con el protestantismo, los españoles además de ser marranos, ignorantes, son hijos del Demonio. Esta imperiofobia feroz la encaja como un guante la Ilustración francesa, porque conviene a los intereses de su país, naturalmente. Pero con el cambio de dinastía, en el siglo XVIII, la hispanofobia se hace española. Nuestras elites imitan lo que viene de París, porque para ser moderno había que parecer francés, había que pensar que era cierta la barbarie española en América, que la Inquisición era una atrocidad, que la historia de España es pura intolerancia, que este país era atrasado y bárbaro... Más tarde el liberalismo y el nacionalismo rampante en el siglo XIX hicieron lo que faltaba para que la hispanofobia se asumiera en España.

P.- ¿Entonces la hispanofobia es previa al descubrimiento de América? 
R.- Es anterior. Muy anterior. La idea de que España es un país medieval y caballeresco, lo que hará viajar a los románticos a España con tanta ilusión, es una idea del humanismo. Seis siglos repitiendo la misma tontería, desde Paulo Jovio a Curtius. Lo de América se incorpora tarde al palmarés de la leyenda negra. Es Guillermo de Orange, y las traducciones promovidas por él del texto de Bartolomé de las Casas, con los famosos grabados de De Bry, quien convierte América en un nuevo tópico hispanófobo. A los franceses que habían fracasado estrepitosamente en Canadá esto les vino de perlas. Y los ilustrados lo repitieron hasta aburrir. Porque la ilustración francesa siempre ha estado al servicio de su país, como debe de ser. Esto les honra.

P.- Usted niega rotundamente que de Bartolomé de las Casas dijera, siquiera, una verdad aproximada.
R.- Es asombroso que estemos todavía dándole vueltas a esto. Fray Bartolomé está totalmente desprestigiado como fuente fidedigna. La Brevísima relación de la destrucción de las Indias pertenece a un género literario, el de la polémica religiosa, que incluye en su poética la hipérbole. Fray Bartolomé exagera para producir polémica. Luego fue usado profusamente por los enemigos del imperio. Por otro lado, Fray Bartolomé no fue capaz de soportar la diócesis de Chiapas y el tiempo que estuvo en ella no se interesó por los indios ni aprendió una palabra de una lengua indígena, ni era capaz, como dice fray Toribio de Motolinía con amargura, de distinguir un indio de otro. Él quería vivir en el centro del poder, alrededor de la corte.

P.- ¿Se trató mejor a los indios de Sudamérica que a los de América del Norte?
R.- En Norteamérica no se trató a los indios de ninguna manera. Se les fue expulsando de los territorios conforme se avanzaba hacia el oeste y fueron paulatinamente desintegrándose y desapareciendo en las reservas. El mundo indígena y mestizo que hay en América es hispano. Esto no necesita demostración. Solo hay que abrir los ojos. Los españoles crearon un imperio en América mezclándose con los indios.

P.- ¿Qué papel juega el enfrentamiento entre católicos y protestantes en el asentamiento de la leyenda negra española?
R.- El protestantismo fue un problema político que se manifestó a través de la religión. En el caso alemán es desde luego la primera manifestación del nacionalismo germánico, ya entonces muy agresivo e intolerante. El protestantismo es el resultado del choque de trenes del Imperio español con los nacionalismos emergentes. Lo que el protestantismo hace es crear iglesias nacionales, y esto tenía que colisionar con la visión universalista de lo humano propia del catolicismo. La Iglesia Romana no es de ninguna nación. Pero la iglesia anglicana es de Inglaterra, los príncipes alemanes se declararon jefes de sus propias iglesias territoriales. El protestantismo busca la destrucción de la Iglesia católica porque este era el vínculo común. Naturalmente ese alejamiento, esa ruptura se tenía que justificar y esto sólo podía hacerse convirtiendo a la Iglesia de Roma en la Ramera de Babilonia. Cuando los niños protestantes hacen su catequesis estudian cómo nació su iglesia y cuánto tuvieron que luchar contra Roma y contra la monstruosa y demoniaca España, brazo armado del catolicismo, para poder existir y alejarse moralmente del Anticristo. ¿Cómo quiere usted que desaparezca la leyenda negra?

P.- Isabel I es, con Shakespeare, el personaje que más espacio tiene en el diccionario biográfico de Oxford. ¿Hay falta de autocrítica en ciertas historiografías como la británica, o hay un exceso de autocrítica en la española? 
R.- Toda nuestra relación con la historia de España está desquiciada por la propaganda. La historia de Gran Bretaña que conocemos se escribió en el siglo XIX, momento álgido de la expansión victoriana. Hubo ahí una operación de borrado y maquillaje realmente espectacular. Naturalmente en ella el demonio español tenía un lugar de honor. El fracaso inglés en América se trasforma en un éxito, a pesar de que se pasaron casi dos siglos empantanados; el periodo de hambre, guerras civiles y feroz represión de la época de Isabel I también se metamorfosea en una época estupenda; y Shakespeare triunfa y se pasea por los salones isabelinos, cuando lo cierto es que pasó gran parte de su vida en la semiclandestinidad, y por supuesto, jamás se menciona que era católico. La Armada de Felipe II, que no significó nada para nadie, ni siquiera en aquella guerra, pasa a ser el momento en que Inglaterra le disputa el dominio de los mares a España y se lo arrebata... Lo que hay debajo de la historia oficial que se escribe en el siglo XIX de esos países es falta de libertad, fundamentalmente de expresión, hasta unos niveles que los católicos no podemos ni imaginar.

P.- Los españoles no fueron los primeros en expulsar a los judíos. ¿Pero se fue más tolerante con ellos cuando vivieron aquí de lo que fueron otros países como Francia o Inglaterra?
R.- La situación de los judíos ha sido difícil siempre y en todas partes. Pero en la historia de Israel sólo hay una Sefarad. Durante siglos, los españoles fueron malos cristianos, porque estaban contaminados por los judíos. Esto se usó tanto para explicar su inferioridad moral (idea común a todas las imperiofobias) como su inferioridad racial y la idea duró hasta el siglo XIX. Voltaire la repite hasta aburrir. Pero en esas fechas este tópico hispanófobo gira sobre sí mismo y los judíos se transforman en artillería para demostrar la intolerancia española, como si las expulsiones y persecuciones de judíos no hubieran sido el pan nuestro de cada día en Europa, pero solo la española es popular.

P.- Con la crisis de deuda se volvieron a agitar esos fantasmas contra España, pero también se aplicaron ciertos tópicos -los de los países atrasados del sur- a Grecia y a Italia. ¿Se puede explicar esto también por la vía de la imperiofobia?
R.- En el caso de España, de manera clarísima. No era difícil agitar los tópicos hispanófobos que siguen vivos en la mentalidad europea. Nuestra prima de riesgo ha subido y sigue por encima de las demás. ¿Por qué? Como lobos, ha vuelto la prensa en lengua inglesa a agitar los viejos fantasmas. Hacerlo es fácil y rentable. Ya aparecemos representados como cerdos (PIG'S) en grabados del siglo XVI. Los españoles no se defienden. Al paso que vamos estaremos pagando la misma factura eternamente. ¿Por qué nuestras élites políticas e intelectuales no le explican esto a la gente?

P.- Equipara la imperiofobia al racismo. ¿Qué los une?
R.- Todo. Es condena moral vinculada a la estirpe. Eres malo porque has nacido en un grupo humano que es malo por su sangre, moralmente inferior por el genus al que pertenece. La hispanofobia no puede desaparecer porque está escrita en el ADN de las iglesias protestantes, de dos de las corrientes culturales más importantes que ha tenido el continente, el humanismo y la ilustración; y de las ideologías triunfantes en el siglo XIX, como el liberalismo. Por no hablar de la colisión del Imperio español con casi todos los nacionalismos europeos: los emergentes en el siglo XVI en Gran Bretaña, Países Bajos, y los territorios germánicos, y finalmente triunfantes durante el siglo XIX. El problema es que ni nuestros historiadores ni nuestros intelectuales se han puesto nunca a reescribir la historia, sino a comentar la que escribían los ingleses o los alemanes y luego llegaba a España en francés. Así se fue ahondando más ese fenómeno del extrañamiento de los españoles con sus elites, asunto que tanto inquietó a Ortega. Porque en España para ser un intelectual de prestigio, hay que ser antiespañol. Así que cuando aprieta el zapato, este pueblo se ve solo ante el peligro, así se vio cuando la invasión francesa y así lleva aguantando mucho tiempo. Es verdaderamente un milagro que España siga existiendo.

Fuente: http://www.elcultural.com/noticias/letras/Elvira-Roca-Barea-Es-un-milagro-que-Espana-siga-existiendo/10380


 La hispanofobia no puede desaparecer porque está escrita en el ADN de las iglesias protestantes


¿La leyenda negra española es cronológicamente la primera operación de publicidad negativa de un imperio o hubo algo parecido con anterioridad? Estoy pensando en la pésima visión que los griegos dieron al mundo del imperio persa.

En absoluto es la primera. Lo que sucede es que nuestro conocimiento depende de las fuentes escritas que conservemos. Pero sabemos lo suficiente como para poder afirmar que la intelectualidad griega fabricó una parte destacada de la leyenda negra de los romanos y desde luego de los persas, pero en este segundo caso disponemos de muy poco material. Para demostrar que la leyenda negra no es un fenómeno histórico excepcional he comenzado en mi libro a estudiar el fenómeno en Roma.

¿Quién acuñó el término?

La expresión «leyenda negra» comenzó a utilizarse en torno a 1898 para aplicarse a las deformaciones de la propaganda antiespañola. Es probablemente Emilia Pardo Bazán quien la pone de moda en la prensa, pero es desde luego Julián Juderías quien convierte el sintagma en una realidad histórica concreta y referida a España y quien comienza a estudiarla de manera organizada y sistemática. Sin su obra publicada en 1914 no estaríamos hablando de esto ahora o estaríamos usando otros términos. Se le debe mucho a Juderías, mucho. Demostró un coraje extraordinario y una capacidad poco común para penetrar en los prejuicios y las mentiras de la propaganda que los intelectuales españoles, incluidos los historiadores, habían asumido como verdades incuestionables.

¿Se puede fijar su nacimiento por algún acontecimiento concreto o más bien hablamos de un cúmulo de hechos?

La leyenda negra española no es un fenómeno excepcional. Uno de los propósitos principales de mi trabajo ha sido demostrar que esa idea del excepcionalismo español, en ninguna de sus facetas, es cierta. Nuestra leyenda negra no es más que un caso particular de imperiofobia y esta es un fenómeno universal que se genera siempre que se dan una serie de condiciones: un imperio en expansión y poderes locales que se resisten a ser absorbidos o arrinconados por esos imperios. Si esos poderes locales disponen de una clase intelectual lo suficientemente sólida, comenzará inmediatamente a manifestarse este prejuicio, que tiene siempre un componente racista. La hispanofobia comienza a ser visible en Italia, porque la expansión de los españoles comienza ahí. Y son los humanistas italianos los responsables. Durante varios siglos, el humanismo italiano esparcirá insistentemente la idea de que los españoles son marranos, término que acabará siendo sinónimo de español en la Italia del siglo XVI, por haberse mezclados con los judíos y con los moros. Por lo tanto además son malos cristianos, esto es, moralmente inferiores. Y fíjese si estas visiones arquetípicas están ancladas en el subsuelo de la mentalidad europea, que mucho siglos después vinieron los románticos a España buscando una Edad Media milagrosamente conservada. Luego el protestantismo ampliará esta visión deformada de los españoles igualándolos con el Anticristo y a toda forma de depravación moral. Más tarde la Ilustración remozará los tópicos de la hispanofobia añadiendo la ignorancia y el retraso cultural. Y finalmente el liberalismo vendrá a darle a todo esto el lustre de la modernidad.

Con respecto a la acción de los españoles en las Indias, algunos historiadores dan por bueno el testimonio de Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación mientras que otros consideran que el dominico exageró. ¿Qué opina?

Hace ya tiempo que nadie medianamente informado se toma en serio las afirmaciones de fray Bartolomé. Si los datos de fray Bartolomé son ciertos, cada español, incluidos mujeres y niños, que puso el pie en América desde 1492 tuvo que matar catorce indios diariamente hasta las independencias en el siglo XIX. Fue Philip Wayne Powell el que hizo el cálculo en su estupendo libro El árbol del odio. Esto es inverosímil, claro está. Lo que hay que preguntarse es por qué se hizo famoso fray Bartolomé y por qué lo conocemos. Su obra clave y mil veces citada, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias llevaba décadas editada sin que nadie le hiciera mucho caso. Y, de pronto, se convierte en un best-seller y se traduce a varios idiomas. ¿Por qué? Porque sirvió de argumento principal a una de las campañas de propaganda orangista destinada a animar el alicaído secesionismo neerlandés. Era como decir «así tratan los españoles a los habitantes de su imperio; si hasta ellos mismos lo dicen; ¿pero no veis lo que os va a pasar?». Le costó a Orange mucho promover una nueva rebelión y solo pudo hacerlo con ayuda de Francia e Inglaterra.


¿Hubo grandes excesos a lo largo de toda la conquista española de América o solo en los inicios, como defienden algunos?

La conquista de América se hizo con los pueblos indígenas y hubo luchas pero hubo pactos, muchos pactos y duraron siglos. De eso nació el Derecho de Indias, una rama peculiar del derecho español.

¿Qué le parece la opinión de algunos políticos españoles que cada Día de la Hispanidad denuncian que hubo genocidio contra los pueblos indígenas durante la conquista?

Los europeos, incluidos nuestros políticos del buen rollito, dicen «indígenas» y se quedan tan panchos. Hacen gala de un desconocimiento edénico sobre lo que nombran, pero se sienten con derecho a opinar, como todo europeo cree que lo tiene. Así que dicen «indígenas» y se creen que todos son uno, que todos los indios son el mismo indio, que solo nosotros tenemos individualidades y diferencias. De esta convicción profunda y nunca expresada vino a nacer el disparate del buen salvaje de Rousseau. Mire: había muchos indios, muchas clases de indios, con muchas lenguas y profundas diferencias culturales entre sí y los españoles del siglo XVI, que tenían la cabeza mucho más despejada de prejuicios que los de ahora, supieron verlas y supieron relacionarse exitosamente con esa realidad complejísima. Los españoles lucharon contra algunos indios, pero se aliaron con muchos más y supieron hacer de esta mezcla un imperio formidable que ofreció casi tres siglos de paz, prosperidad y mestizaje productivo a una parte grande de la humanidad.

Con respecto a la Inquisición, ¿la leyenda negra exageró el número de muertes? ¿Fue una institución atípica en Europa durante su larga existencia?

No solo exageró, sino que exageró hasta lo increíble, pero eso está ya muy investigado. Otra cosa es que esas conclusiones realistas hayan llegado, no ya al común de la gente, sino incluso al mundo académico. Acabo de leer dos libros, uno de 2011 y otro de 2014, escritos por dos profesores universitarios, en los que vuelve a decirse que la Inquisición fue responsable de decenas de miles de muertos. En la década de los 70, Jaime Contreras y Gustav Henningsen hicieron lo que había que hacer, esto es, estudiar documentos y datos y no repetir las afirmaciones de la propaganda. En su investigación sobre las 44.676 causas abiertas por la Inquisición entre 1540 y 1700 demostraron que había habido 1.346 condenas a muerte. Claro, para hacer esto había que dejarse las pestañas en los archivos. Aquí hay que tener en cuenta además que la Inquisición entendía de delitos que lo son todavía hoy: la falsificación de moneda, documentos, las ediciones ilegales, el proxenetismo, la violencia sexual, etcétera. En un periodo de 20 años Calvino quemó a más de 500 personas en Ginebra por herejía. En una ciudad que tenía unos 10.000 habitantes. Haga números y verá la diferencia desproporcionada que hay entre la persecución por disidencia religiosa en las zonas católicas y las protestantes. Pero insisto: las condenas a muerte de la Inquisición que acabo de mentar no fueron solo por disidencia religiosa. Uno de los propósitos de mi trabajo ha sido mostrar lo que la historia oficial de Europa no quiere enseñar. Como las leyes de discriminación religiosa que estuvieron vigentes en países como Holanda o Inglaterra hasta mediados del siglo XIX o los pogromos contra los católicos en la Alemania de Bismarck, la Kulturkampf.

En los Países Bajos mentar al Duque de Alba es casi como nombrar al diablo. ¿Tan cruel fue el enviado de Felipe II?

Pues no más que otros. O más bien menos que otros. Lo interesante del conflicto en los Países Bajos no es que Alba fuese transformado en un monstruo. Esto Orange sabía cómo hacerlo y lo hizo con éxito varias veces, con Felipe II, con su segunda esposa Ana de Sajonia€Lo fascinante es cómo el nacionalismo orangista ha conseguido hacer invisible la verdad de aquel conflicto y transformar lo que fue una guerra civil de neerlandeses contra neerlandeses en una guerra de liberación nacional entre opresores españoles y oprimidos holandeses. Esta parte ha sido la más interesante: investigar y comprobar que hubo más holandeses luchando con Alba que contra él y que la mayor parte de las tropas orangistas estaban compuestas por mercenarios extranjeros pagados por Inglaterra, Francia y los príncipes luteranos alemanes.

En su libro estudia la imperiofobia en Roma, Estados Unidos y Rusia. ¿Qué aporta este punto de vista a la leyenda negra española, su falta de excepcionalidad? ¿Encuentra muchas diferencias en el grado de aversión a estos imperios?

El punto de vista de la excepcionalidad encubre en realidad un alivio muy socorrido. Y no solo no es cierto, sino que es dañino. Como todo lo que nos pasa es raro y diferente, ¿para qué vamos a esforzarnos en enderezar las cosas? Demasiado bien estamos con la historia que hemos tenido€ luego a echarle la culpa a otro y a no hacer nada. Y suma y sigue. A eso he dedicado la parte última de mi trabajo. A combatir la idea de que podemos desentendernos de la historia impunemente. Podemos desentendernos, pero impunemente no.

Fuente: http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2016/12/07/leyenda-negra-espanola-fenomeno-excepcional/894943.html


La conquista de América se hizo con los pueblos indígenas y hubo luchas pero hubo pactos, muchos pactos y duraron siglos. De eso nació el Derecho de Indias, una rama peculiar del derecho español.

¿Qué tan profunda es en España la lesión de la relación individuo-historia?

Hay una reacción generalizada en todo Occidente de olvido de la historia que se ha acentuado. Dentro de ese fenómeno, está la situación particular de los españoles, que han querido olvidar la historia de su imperio. Y con españoles me refiero a todos, incluyendo a  los pueblos que hoy son naciones y fueron hijos de ese imperio. Ese olvido ha ocurrido también en otras estructuras de imperio, por ejemplo los romanos: la necesidad de olvidar glorias pasadas. Porque han quedado atrás y su evocación no ayuda al presente.

Desmitifica la versión de la leyenda negra de la conquista y de la España imperial. ¿Cuál es la ideología asociada a la construcción de esa leyenda?

Muchas. La prueba es la perdurabilidad que ha tenido la leyenda negra a lo largo del tiempo. Se ha convertido en parte del aparato de auto justificaciones de ideologías muy distintas en Europa. Es lo que yo llamo la hispanofobia. Tuvo un primer momento en Italia, como una reacción del humanismo. En ese entonces Italia no estaba sometida al imperio, formaba parte de él. Sin embargo, con el paso del tiempo, las elites italianas comenzaron a sentirse molestas y a desarrollar la hispanofobia, que es un proceso que se reafirma en esta idea de que los españoles eran atrasados, muy brutos y de que además tenían su sangre contaminada por los judíos, y por ese motivo se les llamaba marranos. Allí comenzó esa larga serie de tópicos según los cuales España era un país atrasado y que permanece cinco siglos después, con los románticos viniendo a una España que consideran medieval y que ellos realmente aprecian como medieval. La creación cultural es tan extraordinaria que llegarán a ver lo que no existe.

Allí comenzó esa larga serie de tópicos según los cuales España era un país atrasado y que permanece cinco siglos después"

¿No me estará diciendo usted que la baja autoestima o los conflictos de la identidad española van a ser culpa de los italianos?

Comienza ahí el asunto, pero es que después vienen las guerras de religión. Comienza el anti catolicismo, que pasa a formar parte de todas las iglesias protestantes, que señalaban a la Iglesia católica como oscura y corrupta. España había sido hasta entonces la gran defensora del catolicismo, por tanto, esa condena moral a la religión cae también sobre España. Y eso perdura hasta nuestros días. Esa concepción se expresa en los nacionalismos asociados a la retórica del protestantismo y que luego en el siglo XIX obró un efecto negativo a un lado y otro del Atlántico a España. Los alemanes, para la reunificación, necesitaban de un enemigo. La hispanofobia está en el disco duro de las religiones y los nacionalismos en Europa.

¿Hasta qué punto ha interferido eso en la relación que tiene España con su propia identidad?

No ha interferido. La ha construido. En el siglo XVIII, los españoles de un lado y del otro del charco, que es lo que quiero resaltar, asumen como ciertos esos presupuestos: que la disolución de su imperio se debe a la barbarie, la intolerancia y el resto de los tópicos sobre los que se ha construido la leyenda negra. No son capaces de analizar la situación de su presente, sino regresando constantemente a ese pasado. Para entender por qué nuestras naciones se han deteriorado, pasando de estar en el furgón de cabeza al de cola, hay que saber y entender algunas cosas. En el siglo XIX empieza una nueva escenificación de la leyenda negra, que es el aparato de auto justificaciones que usaron distintas repúblicas nacidas del desmembramiento del imperio español. En América y España asumieron como propios los argumentos de los enemigos del imperio, quienes decidieron minar la confianza. De ella carecemos los españoles, mexicanos, colombianos. Así es imposible salir de las tendencias disgregadoras que padecemos en España, o del atraso económico.

En el siglo XIX empieza una nueva escenificación de la leyenda negra, que es el aparato de auto justificaciones que usaron distintas repúblicas nacidas del desmembramiento del imperio español"

¿Cuál es la versión actualizada de la hispanofobia?

La versión contemporánea de la hispanofobia se constituye en el argumentario de todas las tendencias disgregadoras, tanto ideológica y políticamente como desde el punto de vista del territorio. Todas las tendencias disgregadoras asumen los tópicos de la leyenda negra. Es destructivo para unos y para otros. Hasta que los españoles e hispanos no seamos capaces de tener una relación sana con ese imperio que fue y ya no existe, hasta que nos seamos capaces de mirarlo como parte de nosotros mismos y como una fuente de inspiración y aprendizaje, del furgón de cola no nos sacará nadie. Eso nos hunde en el auto-rencor.

Asegura que la conquista española no fue tan violenta y desacredita a Fray Bartolomé de las Casas como fuente fiable.

Eso no lo digo yo. Lo han dicho muchos trabajos e investigaciones. Alguien con sentido común sabe que el pobre Fray Bartolomé de las Casas está desautorizado. Los suyos eran textos de polémica religiosa. No pretendía hacer historia. Sus cifras son absolutamente demenciales. Para cumplir esas cifras que él dice tendría que haber 14 muertos diarios por cada español desde Cristóbal Colón hasta las independencias.

¿Cuáles han sido los errores e incorrecciones esenciales en la construcción de ese relato histórico de Leyenda Negra?

Lo que ha ocurrido con Fray Bartolomé de las Casas era muy corriente. Los curas a lo largo del tiempo han escrito textos para provocar polémica. Forma parte de su educación, se escribía contra alguien que defendía otro argumento. Lo que Bartolomé hace con la Brevísima es un género, con una tradición específica y que incluye todo esto. Fray Bartolomé publica la Brevísima y durante 25 años nadie le hace caso en Europa. La convierte en un bestseller el hecho de que fue traducida para convertirla en un nuevo elemento que animara el espíritu secesionista en Holanda, que estaba un poco alicaído, y para decir: “Estos son los horrores que hicieron los españoles. Hay que salir corriendo de este imperio porque mirad los que nos va a  pasar”. ¡25 años después de publicarse la Brevísima en Sevilla!

A cada uno interesó que el demonio español fuera el peor de todos, porque así defendían sus intereses. A partir del XIX, cuando el imperio se viene abajo. Ya no hay ánimo ni tampoco elites intelectuales capaces de enfrentarse valientemente a esa versión"

¿De quién es la responsabilidad de eso?

Habría que escribir otro libro para aclarar esas responsabilidades. Comenzando por el aparato propagandístico que se puso en marcha desde el siglo XVI hasta el repunte en el XIX. A cada uno le interesó que el demonio español fuera el peor de todos, porque así defendían sus intereses. A partir del XIX, cuando el imperio se viene abajo. Ya no hay ánimo ni tampoco elites intelectuales capaces de enfrentarse valientemente a esa versión de la historia de Occidente y se ha asumido sin más y que podría pasar, por ejemplo, por la comprobación de cómo las leyes de represión de la Iglesia protestante eran más duras y más humillantes que las del lado católico. Ayer vi un reportaje de National Geographic sobre la Inquisición donde repetían uno a uno todos los tópicos que documentalmente se han demostrado que son falsos. ¿Por qué se siguen repitiendo? Porque siguen generando confort a toda la ideología disgregadora que se siente mejor encontrado un enemigo al cual echarle la culpa de todo.

Que España tenga una relación conflictiva con su pasado imperial llega a ser lógico. Pero que eso ocurra con el siglo XX, por ejemplo, con la Transición... Eso sobrepasa la hispanofobia.

La sobrepasa, pero nace en ella. El hecho de haber dado carta de naturaleza a todos esos puntos de vista disgregadores se debe al hecho de que asumimos el discurso sobre nuestra propia maldad y de nuestra propia barbarie. Los españoles en el siglo XVIII y XIX dimos carta a todas las ideas generadas por los enemigos de ese imperio para demostrar nuestra propia inferioridad. A partir de ese momento todas esas ideas han vivido y convivido con nosotros y afectan a todo. Todo lo nuevo que pueda existir será automáticamente cuestionado y producirá frentes de división y discusión, y eso pasa tanto aquí como al otro lado del Atlántico. No hemos sabido unificar nuestro discurso histórico de forma que se constituya como una base de crecimiento cultural y a partir de ahí los problemas que hay son los que ya existían y hay poca esperanza de que dejen de existir.


Hay un reproche directo a las elites españolas en lo que dice.

Voltaire murió exiliado en Francia por sus Obras prohibidas, y jamás escribió una palabra en contra de su país. Es parte de ese discurso único de Francia, que no tocan ni los de la derecha ni los de la izquierda, porque hacerlo implica condenarse al ostracismo. Hay determinados puntos de costuras que los franceses e ingleses no tocan, porque de ellos depende la cohesión social que garantiza su supervivencia. Esa actitud de Voltaire es la que los ilustrados comprendieron que tenían que tener con su país, porque en el XVIII pasaba por enormes dificultades y no podía salir adelante de otra forma. Nuestros intelectuales asumieron toda la hispanofobia que venía con la Ilustración y a los franceses les interesaba que así fuese. Desde entonces hemos tenido este problema, que Ortega lo notó y lo trabajó, sobre el extrañamiento de los españoles respecto a sus clases intelectuales, que no contribuyen al mejoramiento de su país y que se pasan la vida argumentando y dando razones a todas esas ideas que fueron creadas por gentes que eran enemigos de España. Desde entonces eso ha variado, porque cada generación hereda a la anterior. De todos los problemas, ese es el nudo de todo este asunto. Que no hayamos sido capaces de imponer, de hacer que nuestras elites intelectuales y políticas trabajen en provecho de su propio país y no en provecho de sí mismos. Eso sí que es un buen problema.

Fuente: http://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/Maria-Elvira-Roca-intelectuales-Espana_0_1027697384.html



Los imperios perduran si son capaces de integrar a los pueblos que los componen


Pregunta. Para un tema de estas características, su ensayo se está vendiendo bastante bien. ¿A qué se debe?

Respuesta. He sido la primera sorprendida. Es un libro amargo, pero supongo que se debe a que levanta la autoestima. Arcadi Espada, autor del prólogo, dice que en realidad esto es un libro de autoayuda para españoles.

P. ¿Falta autoestima?

R. Los españoles tenemos un problema de autoestima desde hace siglos. Comienza en el XVIII con los Borbones. Desde entonces se aceptan como verdades los tópicos de la leyenda negra, que no son más que propaganda antiespañola creada por el mundo protestante y asumida por la Ilustración francesa. Los intelectuales españoles han tenido que ser hispanófobos para tener prestigio.

P. ¿Esa leyenda negra sigue viva?

R. Sí. Hay que acabar con la absurda idea de que la leyenda negra y sus consecuencias son cosa del pasado. Dos de las grandes corrientes culturales europeas, el humanismo y la Ilustración, siempre han sido hispanófobas. Los españoles aparecieron en el escenario europeo convertidos en gente con sangre impura. “Marranos” fue el primer epíteto. Era un pueblo atrasado, medieval, racialmente impuro y mal cristiano por mezclarse con los judíos.

P. Pero España expulsó a los judíos.

R. El tópico de los españoles de sangre impura fue muy útil en una época en la que ser antisemita era lo normal. Después, en el siglo XIX, con el imperio hundiéndose y el surgimiento de un sionismo deseoso de buscar culpables, aparece la idea de que España fue especialmente terrible con los judíos. Pero en España solo hubo una expulsión y se ofreció la conversión. En el resto de Europa las hubo por docenas. En Inglaterra, el rey Eduardo acabó con todos los judíos. Hasta la época de Crom­well no hay ningún documento que mencione la presencia de un solo judío. Pese a todo, se empezó a decir que los españoles perdieron el imperio por la expulsión de los judíos, los únicos que tenían talento y capacidad financiera. Ese es el mecanismo de la leyenda negra: un hecho se magnifica hasta convertirlo en un suceso único de proporciones gigantescas. Es muy sutil.

P. Sostiene en su ensayo que la Inquisición no fue para tanto.

R. Hay que juzgar las cosas en su contexto. No se pueden aplicar los criterios morales de 2017 a hace 5 o 10 siglos. La tolerancia religiosa, digna de tal nombre, en Europa no llegó hasta el XIX. Desde 1560 hasta 1700 hubo 1.300 condenas a muerte por la Inquisición, y no eran todas por disidencia religiosa. La mayoría castigaban delitos comunes. En 20 años, Calvino quemó a 500 personas por herejía.

P. La conquista de América ha sido descrita como un genocidio.

R. Nadie sabe en realidad cuánta gente había, por lo que nadie sabe cuánta desapareció. Hubo epidemias demoledoras y esa fue la principal razón. Pero el imperio tomó medidas, como el establecimiento de cuarentenas, y se levantaron muchos hospitales. Los españoles eran pocos y el imperio estaba lleno de gente. La imposición generalizada por la fuerza parece poco creíble y no hubiera perdurado. Se pactó con los pueblos indígenas.

P. Pero el imperio español tuvo sus miserias

R. Absolutamente. Pero hay una percepción engañosa. Los imperios perduran si son capaces de integrar a la gente. Si no, se resquebrajan rápidamente, como pasó con el imperio británico, el de Alejandro Magno o el de Napoleón. En cambio, el imperio español fue un milagro: 300 años de paz en un territorio de 20 millones de kilómetros cuadrados con gente diversa. Eso sí, aquí todos pensando en los indios que murieron en América mientras nadie se acuerda de los horrores de la época de Leopoldo II en Congo, la presencia de los ingleses en China o a la responsabilidad del imperio británico en la hambruna irlandesa… Por encima de eso hemos pasado de puntillas.

P. ¿Cómo se han protegido esas naciones de sus leyendas negras?

R. No tienen leyenda negra porque nadie la ha creado. Hay un choque entre dos cosmovisiones en Europa. Una es la del mundo católico. Tendemos a culparnos, por aquello de la responsabilidad que la moral católica exige al individuo. El resto de las mentalidades europeas son duales, el bien y el mal, la luz y las tinieblas: uno es bueno porque existe un malo, que es el católico. Lo asombroso es que la Europa católica, que se ha visto perjudicada sistemáticamente por esa versión de la historia, la acepte como verdad sin serlo.

P. ¿Levantar la autoestima de los españoles es una forma de enfrentarse a las aspiraciones independentistas actuales?

R. En España hay un problema interno. Creo que si se dividiera en trozos, a las distintas partes les iba a ir peor. Pero que los países del sur de Europa estén divididos beneficia al norte. ¿Qué nos habría pasado en la crisis de deuda si el país hubiese estado dividido? Nos habríamos convertido en un protectorado de Alemania. Los ingleses se han ido para evitar la hegemonía alemana. Lo políticamente correcto ahora es decir que les va a ir mal. Pero eso está por demostrar. Estoy a favor de la UE, pero no de cualquier modo. Lo que debilita al sur es un mal negocio para nosotros.

P. Bueno, en España hemos ido de pelotazo en pelotazo y nos hemos endeudado más de lo aconsejable.

R. En Italia también, pero no les ha pasado tanta factura. En las mismas condiciones de endeudamiento, las primas de riesgo son mayores para España. Mientras, Alemania, que nunca ha pagado sus deudas, se convierte en el destino del dinero de todo el mundo. El pensamiento en el mundo financiero es que los países del norte son cumplidores, laboriosos y exigentes. Los del sur, en cambio, son corruptos, vagos, malos socios y malos pagadores. Son los PIGS: Portugal, Italia, Grecia y España. Fíjese qué armonía. Todos países no protestantes de Europa. Es pura y simplemente racismo.

P. Parece que los culpables de los problemas de España sean los demás.

R. No del todo, claro. Pero conviene saber que el cotarro internacional que crea y destruye opinión pública se maneja muy bien desde el mundo protestante. Los países que no lo son lo manejan fatal. Y eso influye. Todavía existe la idea de que en España no se trabaja y que nos echamos la siesta, pero luego las estadísticas muestran que es uno de los países que más horas trabaja.

P. La refutación de la leyenda negra fue utilizada por Primo de Rivera y Franco para defenderse de las críticas que venían desde el exterior.

R. No creo que la influencia del franquismo sea determinante en este tema. La construcción de la leyenda negra viene de mucho antes. Se ve perfectamente ya en todos los autores del XVIII.

P. Unamuno pasó de decir que España era “la nación más denostada de la historia” a asegurar que sufría “manía persecutoria”.

R. La generación del 98 está lastrada por unas circunstancias históricas que no supieron afrontar. Pero aquello fue una píldora muy amarga. Dejó una costra que hay que levantar.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/02/27/actualidad/1488186245_628784.html



              

LA IMAGEN DE ESPAÑA EN EL EXTERIOR: http://www.realinstitutoelcano.org/wps/wcm/connect/1c9cbb004f0195cd88d6ec3170baead1/Noya_Imagen_Espana_Exterior.pdf?MOD=AJPERES

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