lunes, 9 de septiembre de 2013

Intervención militar en Siria y la hipocresía moral

Información sobre el ataque químico http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2013/08/ataque-quimico-en-siria-mera-estrategia.html

"Después nos sorprendemos con lo de Siria y llevan los americanos toda la puta vida igual"

Se habla de una inminente intervención militar en Siria. Hay quien lamenta que no se haya producido antes, que Estados Unidos y sus aliados no “reaccionaran” hasta ahora. No ha sido desinterés, sino más bien una apuesta estratégica calculada.

Desde hace dos años diversas potencias occidentales, así como sus aliados en Oriente Medio, intervienen en Siria de forma más o menos subterránea, proporcionando armas e información de inteligencia a los rebeldes. Francia y Estados Unidos, entre otros, han suministrado ayuda militar a los grupos armados de la oposición. La CIA y los servicios secretos británicos trabajan en el terreno apoyando a los rebeldes sirios y aconsejando a los países del Golfo sobre los grupos a los que deben armar.

El material bélico facilitado a los rebeldes que luchan contra Assad ha llegado principalmente a través de los países del Golfo y Turquía, y ha sido medido con precisión desde 2011, para que estos no dispusieran de armamento pesado. De este modo los ‘rebeldes’ han podido herir pero no tumbar el gobierno de Assad; han contado con capacidad suficiente para resistir pero no para vencer. Y así, el conflicto se ha mantenido en un nivel que permite a ambos bandos sobrevivir, desgastándose. Es el punto muerto, la situación indefinida que hasta ahora ha convenido a algunos actores internacionales involucrados de un modo u otro en el conflicto.

No es algo nuevo. En los años ochenta, cuando estalló la guerra entre Irán e Irak, Washington proporcionó apoyo, armas e información militar a Bagdad, y de hecho Sadam Hussein empleó gas sarín estadounidense contra población iraní y kurda. Pero en una estrategia de doble juego EEUU también facilitó secretamente armamento a Irán entre 1985 y 1987 a través de una red de tráfico de armas estadounideses e israelíes organizada por la CIA.

Con los beneficios de ese negocio, Washington apoyó a la Contra nicaragüense y a la guerrilla afgana que luchaba contra las tropas soviéticas en Afganistán. La operación fue conocida con el nombre de “Irangate”. De este modo Estados Unidos contribuyó a la prolongación de la guerra entre Bagdad y Teherán, con el propósito de desgastar a dos países estratégicos y con petróleo y de dejarlos fuera de juego. Si ambos perdían, Washington ganaba.

La búsqueda de una partida de ajedrez en tablas

En el caso sirio se considera que si algún bando gana, Estados Unidos pierde (y con él, Israel). Es la premisa aceptada en ciertos círculos políticos y diplomáticos occidentales. Por eso se ha apostado por la guerra del desgaste, por el punto muerto, por una situación indefinida. Ahora que Assad había tomado ventaja con respecto a sus enemigos, la comunidad occidental anuncia un nuevo nivel de intervención en Siria.

Así lo expresaba esta semana, sin pudor alguno, Edward Luttwak, del Center for Strategic and International Studies, en un artículo publicado en The New York Times:

“Un resultado decisivo para cualquier bando sería inaceptable para Estados Unidos. Una restauración del régimen de Assad respaldado por Irán aumentaría el poder y el estatus de Irán en todo Oriente Medio, mientras que una victoria de los rebeldes, dominados por las facciones extremistas, inaguraría otra oleada de terrorismo de Al Qaeda.

Solo hay un resultado que puede favorecer posiblemente a Estados Unidos: el escenario indefinido. Manteniendo al Ejército de Assad y a sus aliados, Irán y Hezbolá, en una guerra contra luchadores extremistas alineados a Al Qaeda, cuatro enemigos de Washington estarán envueltos en una guerra entre sí mismos...”.

La espuma de las intenciones reales

Si viviéramos en un mundo idílico podríamos creer en la bondad de la política internacional. Las guerras serían esas misiones de paz de las que tanto hablan los dirigentes occidentales, y los gobiernos se moverían impulsados tan solo por la defensa de los intereses de los ciudadanos. Pero nuestro mundo dista mucho de ser idílico.

La Historia, esa gran herramienta para analizar también nuestro presente, nos demuestra que a veces las versiones oficiales de un gobierno son solo la espuma de sus posiciones reales. Que detrás de posturas públicas aparentemente altruistas se esconden políticas ilegales y criminales. Que por debajo de los discursos oficiales en nombre de la defensa de los derechos humanos se mueven intereses económicos y geopolíticos.

No hace falta rebuscar mucho para encontrar ejemplos:

El apoyo de Estados Unidos a los golpes de Estado y a las dictaduras en la Latinoamérica de los años setenta; las mentiras para invadir y destrozar Irak, las excusas para invadir y ocupar Afganistán, la negación sistemática de crímenes de guerra, de asesinatos de civiles, la creación de centros de tortura diseminados por todo el mundo, la aceptación por parte de Europa de los vuelos de la CIA, el uso de aviones no tripulados -drones- para cometer asesinatos extrajudiciales, el empleo de uranio empobrecido, la venta a armas a gobiernos evidentemente dictatoriales y represores y así un largo etcétera.

Casualmente esta misma semana la CIA reconocía algo ya sabido: Su papel detrás del golpe de Estado que en 1953 derrocó al primer ministro iraní Mohamed Mossadeq, elegido democráticamente y que había nacionalizado el petróleo iraní, hasta entonces explotado por Reino Unido principalmente.

Recientemente también se ha hecho público un contrato por el que Estados Unidos facilitará bombas racimo a la monarquía absolutista de Arabia Saudí, que suministra armamento a los rebeldes sirios.

Los únicos árbitros

Las potencias occidentales pretenden erigirse de nuevo como árbitro desinteresado al que hay que llamar cuando las cosas se ponen feas. Se presentan a sí mismas como “solucionadoras” de conflictos a través del uso de bombas y del impulso de operaciones militares aparentemente “limpias, justas y breves” (eso dijeron de Irak, cómo olvidarlo).

EE.UU y sus aliados no parecen dispuestos a esperar los informes de los inspectores de Naciones Unidas antes de atacar Siria, lo que sienta un peligroso precedente.

El régimen de Assad es responsable de represión, de miles de muertos, pero en este caso no se ha probado aún que sea el autor del ataque con armas químicas. Podría serlo, de hecho es uno de los seis países que no ha firmado la Convención de control de armas químicas (su vecino, Israel, no la ha ratificado). Pero lo serio -y lo legal- sería esperar a las conclusiones de la ONU sobre la autoría del ataque y, tras ello, buscar otras opciones alternativas al lenguaje de las bombas. De lo contrario se estará apostando por una guerra nuevamente ilegal, que no contará con la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Si hoy Washington y sus aliados actúan como "árbitros" para decidir si hay que atacar o no un país, mañana otra nación puede reivindicar el mismo "derecho".

Las otras "obscenidades morales"

El primer ministro británico, David Cameron, ha dicho que el ataque con armas químicas en Siria es algo “ absolutamente aborrecible e inadmisible”, el presidente francés François Hollande ha anunciado que “Francia castigará a los que han gaseado a inocentes” y el secretario de Estado estadouniense, John Kerry, ha afirmado que el uso de armas químicas es una obscenidad moral.

Cabe preguntarse si el empleo de fósforo blanco en Faluya (Irak) por EE.UU no es una obscenidad moral ni un acto "aborrecible, inadmisible". Es legítimo plantearse si no sería pertinente, por tanto, castigar, tal y como Francia ha defendido, a los que han gaseado a inocentes, como Israel en Gaza o Estados Unidos en Faluya.

Que hable de obscenidades morales un Estado que en tan solo la última década ha asesinado, herido, torturado, secuestrado o encerrado sin cargos a cientos de miles de personas es cuanto menos llamativo. Que potencias que legitiman secuestros, torturas, asesinatos extrajudiciales y cárceles como Guantánamo traten de erigirse una vez más como adalides de los derechos humanos y las libertades resulta un tanto delirante. Y que un Premio Nobel de la Paz vaya a apostar una vez más por la vía militar demuestra el marco
orwelliano en el que nos hallamos.

En medio del laberinto de intereses internos, regionales e internacionales se encuentra la población civil siria, castigada por la violencia, dentro de un conflicto del que también son responsables los actores regionales e internacionales implicados desde el inicio.

En estos dos últimos años, la guerra en Siria ha provocado 100.000 muertos y dos millones de refugiados, de los que más de un millón son niños. Pero parece que estas muertes y estos desplazados no eran hasta ahora una obscenidad moral.

Hay muchas preguntas que no se están respondiendo:

¿De qué forma ayudarán las bombas occidentales a la población siria?

¿Cómo van a evitar víctimas civiles (teniendo en cuenta además los trágicos precedentes)?

¿Se ha valorado que una participación abierta de varios países en el conflicto podría elevar el nivel de confrontación en la región? ¿Cómo evitarán el empleo de más armas químicas en en el futuro?

Y después de esos dos días de ataques, ¿qué? ¿De nuevo la guerra de desgaste, el escenario indefinido, la intervención subterránea?

O por el contrario, ¿más bombardeos, más ataques, más guerra presentada, en pleno siglo XXI, como vía para la paz, mientras se da la espalda a otros caminos, a otras políticas?

Fuente: http://www.eldiario.es/zonacritica/Siria-intervencion-ONU-rebeldes-EstadosUnidos_6_169443068.html

El movimiento contra la intervención puede ser una ventana 
de oportunidad para el martirizado pueblo sirio

La repentina decisión del Presidente Obama de consultar con el Congreso de los EE UU su decisión de atacar Siria, como castigo por la supuesta utilización de armas químicas por las tropas de Al Assad en varios barrios de Damasco el pasado 21 de agosto, ha abierto una ventana de oportunidad para relanzar el movimiento internacional contra la guerra en Oriente Medio.

El Congreso de los EE UU no comienza su trabajo hasta el 9 de septiembre. Aunque desde 1973 los presidentes de los EE UU pueden ordenar la participación de las fuerzas militares bajo sus ordenes en operaciones exteriores que no superen los dos meses sin tener que solicitar autorización del Congreso, Obama ha tomado esta decisión ante la falta de consenso internacional y en los propios EE UU. El rechazo del Parlamento británico a la propuesta del primer ministro Cameron de participar en la operación de castigo contra el régimen de Al-Assad, con los votos no solo del Partido Laborista, sino también de una importante minoría conservadora, ha puesto de relieve los efectos retardados de un "síndrome de Irak". Como en la Segunda Guerra del Golfo, cuyos efectos devastadores en todo Oriente Medio siguen estando muy presentes, ahora también se alega la existencia y utilización de "armas de destrucción masiva" por un "régimen genocida".

Sin embargo, las pruebas están lejos de ser concluyentes, por no decir verificables. Médicos sin Fronteras ha denunciado la utilización de gases en los recientes combates en los suburbios de Damasco (https://www.msf.es/noticia/2013/siria-miles-pacientes-con-sintomas-neurotoxicos-son-atendidos-en-tres-hospitales-apoyad), pero también el uso intencionado y manipulador de su informe para justificar un ataque de castigo por parte de la Administración Obama ( https://www.msf.es/noticia/2013/siria-reaccion-msf-al-uso-su-informacion-por-parte-gobiernos). La misión de Naciones Unidas que se ha desplazado a Damasco tiene como misión verificar el uso de gases y el origen del ataque. No ha tenido aún tiempo de presentar sus conclusiones al secretario general de NN UU, Ban Ki Moon, ni este de trasladarlas al Consejo de Seguridad. Pero Ban se ha pronunciado ya contra cualquier ataque de castigo contra el régimen de Al Assad.

La Administración Obama ha distribuido cuatro folios con lo que considera pruebas incontestables http://estaticos.elmundo.es/documentos/2013/08/30/informe.pdf) y lo mismo ha hecho Hollande (http://www.lejdd.fr/International/Moyen-Orient/Actualite/Armes-chimiques-les-services-francais-ont-des-preuves-626796). Lejos de establecer una cadena causal, las supuestas pruebas plantean en realidad un silogismo: el régimen de El Assad tiene armas químicas, se han usado armas químicas en Siria, luego solo puede ser responsabilidad de Al Assad. Pero la misma verosimilitud merecen las afirmaciones de la diplomacia rusa de que tiene pruebas de que los dos cohetes empleados fueron disparados desde territorio en poder de las milicias islamistas o, para el caso, las teorías conspirativas que apuntan al Principe saudí Bandar como el responsable de la operación de provocación para justificar la intervención occidental en la guerra civil siria (http://original.antiwar.com/Dale-Gavlak/2013/08/30/syrians-in-ghouta-claim-saudi-supplied-rebels-behind-chemical-attack/). En ningún caso se hacen publicas "pruebas" en un sentido procesal, solo "certezas morales". Es más, aunque la memoria sea corta, estas mismas "certezas morales" se hicieron presentes hace menos de tres meses, como denunció Robert Fisk (http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5926).
(

Puestos a especular, merece la pena preguntarse porque las fuerzas militares de Al Assad, que han recuperado la iniciativa militar en los últimos meses en todos los frentes, gracias al apoyo logístico de Rusia e Iran y militar de los milicianos libaneses de Hezbollah, querían utilizar armas químicas en Damasco, donde la correlación de fuerzas les es más favorable y donde cuenta con el apoyo mayoritario de la población. El régimen de Al Assad puede ser una dictadura despiadada, incluso impredecible para los observadores occidentales (no así para los israelíes o turcos), pero no es idiota: sabe perfectamente que la utilización de armas químicas supone cruzar una linea roja establecida desde el comienzo de la guerra civil hace dos años por EE UU y sus aliados. La internacionalización del conflicto, la intervención aérea de EE UU y Francia abriría la vía a una intervención terrestre de Turquía en el norte de Siria contra el PKK y sus aliados kurdo-sirios, extendería el conflicto al Libano y polarizaría todo Oriente Medio en un conflicto interimperialista entre Arabia Saudí y Qatar por un lado e Iran por el otro, con Siria e Irak como terreno de enfrentamiento. Ese es el escenario que quiere evitar Al Assad y sus aliados rusos e iraníes a toda costa.

Este escenario tiene otra consecuencia: hace imposible cualquier salida a la guerra civil en Siria que no sea militar. Bien con la derrota final de una de las partes -lo que parece imposible mientras se mantenga el apoyo exterior a unos y otros, a falta de una invasión terrestre como la sufrida por Irak- o, lo que es mas probable, que la sectarización religioso- politica del conflicto suponga una partición territorial de facto por las distintas milicias, como ya ocurre en Irak, dependiendo del apoyo exterior que reciban.

Ello acabaría con cualquier espacio para la movilización popular, muy limitada y subordinada ya al conflicto militar que hegemonizan las distintas corrientes islamistas y las fuerzas de Al Assad. Sería la puntilla final de la Primavera árabe, en la que las fuerzas progresistas minoritarias no parecen capaces de la acumulación de fuerzas necesaria como para ser un actor político independiente frente a la lucha por dirigir un proceso contrarevolucionario entre los ejércitos herederos del nacionalismo anticolonial árabe y las distintas corrientes del islam político.

En este sentido, merece la pena recordar el destino trágico de la izquierda iraki, primero, y siria, después. Nadie lo representa mejor que Michel Kilo, disidente marxista encarcelado por el régimen de Al Assad por negarse a apoyar la intervención siria en el Libano (http://traduccionsiria.blogspot.com/2012/01/michel-kilo-nosotros-no-somos-libano-y.html). Sus intentos, apoyado por algunos países europeos, de ampliar la presencia de los sectores laicos republicanos en la Coalición Nacional Siria se vieron frustrados completamente en la Cumbre de Estambul, hegemonizada por las corrientes islamistas, en especial los Hermanos Musulmanes. La situación en el interior de Siria es aun peor si cabe para la izquierda, que trabaja en los Comités de Coordinación Locales, en constante confrontación con la oposición armada islamista, como nos recuerda Joseph Daher, uno de sus militantes, en una reciente entrevista (http://syriafreedomforever.wordpress.com/2013/08/24/imperialism-sectarianism-and-syrias-revolution/).

Sin embargo, la experiencia hace unos meses de la mediación de Kilo en Ras al Ayn entre las distintas milicias (http://beta.syriadeeply.org/2013/03/michel-kilo-negotiated-tenuous-truce-ras-al-ayn/#.UiNm4ssaySM) y la posición de los dos partidos comunistas que forman parte del régimen de Al Assad (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=173281) apunta a la necesidad de recuperar un espacio político para la negociación y la resolución interna del conflicto en el que el actor principal sea el pueblo sirio. La condición necesaria es la progresiva desmilitarización del conflicto sobre la base del rechazo de cualquier intervención exterior.

Esta ha sido de hecho la posición mantenida por los dos Enviados Especiales del SG de Naciones Unidas, Kofi Annan y Lakhdar Brahimi: una vía diplomática que permitiese una negociación interna (http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5986). La mayor dificultad de esta opción, después de 100.000 muertos y dos años de destrucción sistemática del país, no se encuentra en las partes enfrentadas en la guerra civil, sino en sus patrocinadores externos.

Se abre ahora una ventana de oportunidad: si en las próximas semanas se desarrolla un potente movimiento antiguerra a nivel internacional puede ser un factor determinante en la neutralización de los apoyos externos y la apertura de negociaciones humanitarias entre las partes para limitar el conflicto sobre el terreno, como un primer paso en su desmilitarización, como ocurrió en Ras al Ayn. Un espacio en el que podrían volver a actuar políticamente la izquierda y los sectores populares y crear las condiciones en las que sean creíbles las ofertas de negociación y reforma constitucional propuestas por el régimen de Al Assad. El movimiento antiguerra cuenta ahora a su favor con la legalidad internacional, con la posición de la Asamblea General de Naciones Unidas, frente a quienes pretenden actuar como policías imperiales al margen del Consejo de Seguridad.



Hasta ahora hemos asistido impotentes a la tragedia de Siria. En las próximas semanas, levantando un movimiento internacional contra la intervención, tenemos la oportunidad de ofrecer una esperanza al pueblo sirio y reunificar a la izquierda, dividida entre quienes han priorizado la resistencia a los EE UU y sus aliados en Oriente Medio, apoyando a un régimen dictatorial que no dudó en colaborar con EE UU en los programas de tortura de la "guerra contra el terrorismo", y quienes han defendido la resistencia popular al régimen, silenciada por el ruido de las armas de las milicias islamistas que quieren imponer un nuevo califato.


No le neguemos al pueblo sirio esta última oportunidad.

Fuente: http://www.aporrea.org/internacionales/a172744.html

El ataque contra Siria es en realidad contra Irán

Antes que comience la guerra occidental más estúpida en la historia del mundo moderno –desde luego me refiero al ataque a Siria que ahora todos tendremos que tragarnos–, bien se puede decir que los misiles crucero que con tanta confianza esperamos que barran una de las ciudades más antiguas de la humanidad no tienen nada que ver con Siria. La intención es dañar a Irán.Se trata de golpear a la república islámica ahora que tiene un presidente nuevo y vibrante –en oposición al orate Mahmud Ajmadineyad–, y cuando tal vez comienza a ser un poco más estable. Irán es enemigo de Israel. Por tanto, es enemigo de Estados Unidos. Así pues, lancen los misiles contra el único aliado árabe de Irán.

No hay nada placentero en el régimen de Damasco. Tampoco estos comentarios deslindan al régimen en lo referente al gaseo masivo. Pero tengo la edad suficiente para recordar que cuando Irak –entonces aliado de Washington– usó gas contra los kurdos de Halabja, en 1988, no tomamos Bagdad por asalto. De hecho, ese ataque tuvo que esperar hasta 2003, cuando Saddam Hussein ya no tenía gas ni ninguna otra de esas armas que alimentaban nuestras pesadillas.

También recuerdo que la CIA sostuvo en 1988 que Irán era culpable de los ataques con gas en Halabja, palpable mentira enfocada en el enemigo de Estados Unidos al que Saddam combatía por cuenta nuestra. Y en Halabja murieron miles, no cientos. Pero así son las cosas. Distintos días, distintos raseros.

Y supongo que vale la pena señalar que cuando Israel dio muerte a más de 17 mil hombres, mujeres y niños en Líbano, en 1982, en una invasión supuestamente provocada por el intento de asesinato del embajador israelí en Londres por la OLP –fue Abu Nidal, amigo de Saddam, quien arregló ese ataque, pero eso no importa ahora–, Washington se limitó a llamar a los dos bandos a ejercer contención. Y cuando, meses antes de esa invasión, Hafez Assad –padre de Bashar– envió a su hermano a Hama para exterminar miles de rebeldes de la Hermandad Musulmana, nadie musitó una palabra de condena. Las reglas de Hama, es como mi viejo amigo Tom Friedman tituló cínicamente a aquel baño de sangre.
Como sea, en estos días hay una Hermandad diferente, y Obama no se animó siquiera a decir ¡bu! cuando un presidente electo democráticamente, miembro de esa organización, fue derrocado.
Pero aguarden. ¿Acaso Irak, cuando era nuestro aliado contra Irán, no usó también gas contra el ejército iraní? Claro que sí. Yo vi a las víctimas de ese perverso ataque de Saddam, con heridas como las de la batalla de Ypres, en la Primera Guerra Mundial –debo añadir que oficiales estadunidenses recorrieron más tarde el campo de batalla y rindieron un parte a Washington–, y no lanzamos ni siquiera una maldición al respecto. Miles de soldados iraníes en la guerra de 1980-88 murieron envenenados por esa arma vil.
Yo viajé aquella noche de regreso a Teherán en un tren de militares heridos y en verdad olí la sustancia; hubo que abrir las ventanillas de los corredores para liberar el tufo del gas. Esos jóvenes tenían heridas sobre heridas, literalmente. Tenían horribles llagas en las que flotaban otras aún más dolorosas, cercanas a lo indescriptible. Sin embargo, cuando se les envió a hospitales de Occidente para recibir tratamiento, los periodistas escribimos, luego de contemplar evidencias de la ONU más convincentes de las que probablemente llegaremos a obtener desde el exterior de Damasco, que eran presuntas víctimas del gas.
Entonces, ¿qué, en nombre del cielo, estamos haciendo? Después de que incontables miles han perecido en la atroz tragedia de Siria, de pronto –ahora, luego de meses y años de prevaricación– nos molestan unos cuantos cientos de muertos. Terrible. Inconcebible. Sí, es cierto. Pero el trauma de esta guerra debió impulsarnos a la acción en 2011. Y en 2012. Pero ¿ahora? ¿Por qué?

Sospecho que sé la razón. Creo que el despiadado ejército de Bashar Assad tal vez está ganando contra los rebeldes que armamos en secreto. Con ayuda del Hezbolá libanés, el aliado de Irán en Líbano, el régimen de Damasco destrozó a los rebeldes en Qusayr y quizá esté en el proceso de acabar con ellos en el norte de Homs. Irán está profundamente involucrado en proteger al gobierno sirio. Por tanto, una victoria de Bashar es una victoria para Irán. Y Occidente no puede tolerar victorias iraníes.

Y ya que estamos en el tema de la guerra, ¿qué pasó con esas magníficas negociaciones israelí-palestinas de las que tanto alardeaba John Kerry? Mientras expresamos angustia por los perversos ataques con gas en Siria, la tierra de Palestina sigue siendo engullida. La política del Likud israelí –seguir negociando la paz hasta que no quede nada de Palestina– continúa a toda marcha, razón por la cual la pesadilla del rey Abdalá de Jordania (mucho más potente que las armas de destrucción masiva con las que soñábamos en 2003) sigue creciendo: que Palestina acabará siendo en Jordania, no en Palestina.


Pero si hemos de creer a las tonterías que salen de Washington, Londres, París y el resto del mundo
civilizado, es sólo cuestión de tiempo para que nuestra veloz y vengativa espada aniquile a los damasquinos. Observar a los líderes del resto del mundo aplaudir esta destrucción es tal vez la más dolorosa experiencia histórica que debe soportar esta región. Y la más vergonzosa. Excepto porque también estaremos atacando a musulmanes chiítas y sus aliados ante el aplauso de musulmanes sunitas. Y de eso están hechas las guerras civiles.


Hacia una guerra regional

Actualmente, tal como lo explica un funcionario estadounidense en el muy completo informe que publica el International Crisis Group (icg), “una guerra siria de alcance regional se está transformando en una guerra regional alrededor de Siria”. Una nueva “guerra fría” divide a Oriente Medio, similar a aquella que en los cincuenta y sesenta vio enfrentarse al Egipto nasserista aliado de los soviéticos con la Arabia Saudita aliada de Estados Unidos. Pero los tiempos cambiaron: el nacionalismo árabe se ha debilitado, los discursos confesionales se propagan, y cabe preguntarse sobre la continuidad de los estados y las fronteras surgidas de la Primera Guerra Mundial.

Siria, con sus decenas de miles de muertos, sus millones de refugiados, la destrucción de su infraestructura industrial y de su patrimonio histórico, es la principal víctima de este enfrentamiento. La esperanza nacida en la primavera de 2011 se convierte en pesadilla. ¿Por qué aquello que fue posible en El Cairo no sucedió en Damasco?

El presidente egipcio Hosni Mubarak fue derrocado con cierta facilidad al menos por dos razones. Las elites y los estratos sociales ligados a la camarilla en el poder nunca sintieron realmente amenazados sus privilegios, menos aun su integridad física. Se tratara de empresarios, altos mandos del Ejército o responsables de los servicios de seguridad, todos pudieron reconvertirse tranquilamente tras la revolución. Sólo una ínfima minoría fue llevada –con mucha lentitud y reticencia– ante los tribunales. Por otra parte, la partida de Mubarak no generó ningún trastorno en la situación geopolítica regional. Estados Unidos y Arabia Saudita podían adaptarse a cambios que no habían deseado, pero que no amenazaban sus intereses fundamentales, con la condición de encauzarlos.



En Siria el escenario es completamente diferente. Desde el comienzo de la protesta, el uso ilimitado de la violencia por los servicios de inteligencia permitió al régimen ganar preciados meses y organizarse. Indujo a la militarización de la oposición y a la escalada, incluso a la “confesionalización”, para alimentar el temor de importantes sectores de la población: no sólo las minorías sino también la burguesía y la clase media urbana se asustaron por el discurso extremista de ciertos grupos de la oposición y la afluencia de combatientes extranjeros puestos en escena por el régimen.

A medida que los cadáveres se acumulaban, toda transición sin espíritu de revancha se tornaba imposible, y, lamentablemente, sectores relativamente amplios de la sociedad que temían por su supervivencia en caso de un triunfo de los “islamistas” se sumaban al régimen.

El espantajo islamista asusta, más aun cuando es agitado desde hace años en numerosas capitales occidentales y da crédito al discurso de Damasco dirigido a Francia: “¿Por qué ayudan en Siria a los grupos que combaten en Mali?”.

El régimen se valió también de su posición estratégica respecto de sus dos principales aliados, Irán y Rusia, que se involucraron en el conflicto de manera mucho más determinada que los países árabes o los occidentales; una determinación que tomó desprevenidos a sus adversarios.

Para Irán, desde la revolución de 1979 Siria es el único aliado árabe seguro, el que lo apoyó en todos los
momentos difíciles, especialmente frente a la invasión iraquí de 1980, cuando todos los países del Golfo se movilizaban en favor de Saddam Hussein. Mientras que el aislamiento iraní se acentuó estos últimos años –siendo objeto de implacables sanciones estadounidenses y europeas, y no puede descartarse el riesgo de una intervención militar israelí y/o estadounidense–, la implicación de la República Islámica en Siria, a falta de ser moral, constituye una decisión estratégica racional que la elección del nuevo presidente Hassan Rohani probablemente no modifique. Líneas de crédito al Banco Central sirio, suministro de petróleo, envío de consejeros militares: Teherán no escatimó ningún medio para salvar a su aliado.

Este compromiso lo llevó a incitar a Hizbolá, con el aval del Kremlin, a involucrarse directamente en los combates. Desde luego, la organización y su secretario general pudieron alegar que, tanto de Líbano como de los demás países árabes, miles de combatientes islamistas ya llegaban a Siria; pero semejante intervención no puede sino agravar las tensiones entre sunitas y chiitas –los incidentes armados se multiplican en el Líbano– y llevar agua al molino de los predicadores sunitas más radicales.



Judas Priest - Breaking the law: 


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