24 de marzo de 2018

Santiago Armesilla: "Ser comunista en España conlleva defender la unidad en sentido centralista y no ser izquierdista indefinido"

Publicado por: Arturo C. Fernández-Le Gal



Santiago Armesilla es Doctor en Ciencias Políticas. Su último libro "El marxismo y la cuestión nacional española" (El Viejo Topo, 2017) ha generado debate en la izquierda de nuestro país por plantear un proyecto marxista para España que se enfrenta con la visión de la mayoría de los partidos, sindicatos y asociaciones. Además de los aspectos fundamentales de su libro hemos querido conocer su opinión sobre los retos a los que se enfrenta el pensamiento marxista en el contexto de caos ideológico en el que está sumido tras la caída de la Unión Soviética.


¿Qué razones te llevaron a escribir "El marxismo y la cuestión nacional española"? 

Yo he estado años investigando sobre la cuestión nacional en textos clásicos del marxismo-leninismo. La ausencia de un libro que en concreto tratara estas cuestiones respecto de España siempre me llamó la atención. Cuando en 2006 me hice con los Escritos sobre España que la Fundación de Investigaciones Marxistas editó junto a Trotta en el año 1998, me di cuenta de que Marx y Engels sí habían trabajado bastante en su análisis sobre España, y me llamó tremendamente la atención que ningún partido político dizque marxista en España haya tomado en consideración lo que se decía ahí a la hora de conformar un proyecto marxista para España. Cuando más adelante leí lo que sobre la nación y el Estado decían Lenin y Stalin, así como Rosa Luxemburgo, entendí que, en verdad, era imposible que ningún partido político, sindicato de clase o asociación cultural que se definiese marxista tuviese un proyecto para España porque no ha existido nunca, en realidad, un proyecto marxista para España. 

Esto tiene dos lecturas, tanto antimarxista como marxista. La lectura antimarxista equivale a pensar que la idiosincrasia española es incompatible con el marxismo, que "Marx no encaja en lo hispano", como me dijo un sujeto una vez. Sin embargo, esto es absurdo. El materialismo histórico de Marx es encajable en cualquier tipo de sociedad política y es aplicable a todas las culturas, como ha probado el siglo XX, cuando sociedades tan disímiles entre sí como Cuba, Granada, Corea, China, Rusia, Yemen del Sur, Angola o Polonia han podido tener regímenes inspirados en el marxismo. No hay esencialismos culturales que hagan incompatible una sociedad política particular con una doctrina filosófica, económica y política raciouniversalista como la marxista. Por eso, lo que nos queda es la explicación marxista, que a mi juicio consiste en afirmar la tesis de que no ha existido nunca en España un marxismo netamente español, y por extensión, no ha existido en el mundo de habla hispana un marxismo construido y pensado en español, no en alemán, en ruso o en chino. Lo más cerca, a nivel filosófico, es el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, que incluye el materialismo histórico en su cuerpo doctrinal, por mucho que digan algunos buenistas ahora que quieren separar a Bueno de Marx. 

Es más, a nivel político esto tiene implicaciones históricas muy importantes, sobre todo en lo que respecta al comunismo patrio. Yo me atrevo a afirmar que quien no sostenga las tesis de mi libro, que no son mías, que son las de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Rosa Luxemburgo, pionera del bolchevismo occidental y puente político y doctrinal entre la revolución rusa de octubre y Europa occidental y América en su día y hasta ahora, no es realmente comunista. Que será otra cosa, un neofeudalista separatista étnico, un socialdemócrata, un humanista, un anarquista individualista, o directamente un inconsciente. Pero no un comunista. Es más, hay gente que ha estado toda su vida militando en formaciones comunistas, levantando hoces y martillos en banderas, e incluso han sido represaliados por el franquismo. Gente muy digna de ser reconocida en su esfuerzo por una sociedad diferente a la capitalista. Sin embargo, son esfuerzos vanos al no seguir la máxima de Lenin, "sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario". Claro que por las razones que doy en el libro, era imposible conformar un movimiento revolucionario comunista en España durante todo el siglo pasado en sentido definido estricto. Lo más cerca que estuvimos, pero no lo fue plenamente, fue la Guerra Civil. Pero después, imposible. 

Así pues, ser comunista en España, siguiendo el materialismo histórico, el marxismo-leninismo, conlleva defender la unidad de España en sentido centralista, ser absolutamente antiseparatista y anti-izquierdista indefinido. Hay gente que no ha sido comunista en su vida que se dice tal y defiende todo lo contrario a lo que el comunismo verdadero ha de defender. Algunos de estos sujetos dan pena, otros lástima, y otros directamente son un obstáculo a la conformación de un comunismo definido, real, como movimiento en España. Y la hostilidad política, teórica y práctica, para con ellos ha de ser total. Habrá algunos que cambien y evolucionen a posiciones comunistas. Eso requiere tiempo, paciencia, pedagogía y comprensión. Porque salir de una ideología para llegar a otra es siempre un proceso doloroso, abandonas una cosmovisión del mundo para adoptar otra, y dejas gente por el camino, amigos, familiares, parejas, etc. Te conviertes en una persona nueva en cierto sentido. Y para algunos ese es un proceso muy difícil de aceptar. Para ayudarles a ser comunistas también fue escrito este libro. 


Hablas de la leyenda negra como una de la causas de la ausencia de un marxismo español y en español. ¿Hasta qué punto ha influido? 

La leyenda negra es, en términos marxistas clásicos, una superestructura ideológica nacida fuera de España, durante la tardía Edad Media en Estados que hoy forman parte de la actual Italia, y que luego pasó a los Estados europeos antiespañoles y anticatólicos que lideraron la reforma protestante, particularmente Inglaterra, Holanda y los Estados centroeuropeos que hoy están al norte de Alemania. Luego pasó a la Francia ilustrada, por lo que estamos hablando de una superestructura ideológica sin la cual no se pueden entender esas naciones políticas tampoco en su conformación histórica y en su dominio de clase burguesa. Con la Guerra de Sucesión Española, a principios del siglo XVIII, la leyenda negra pasa a ser una superestructura ideológica también en el poder español, con el cambio de los Austrias a los Borbones como aristócratas dominantes en nuestra monarquía, llevándose consigo toda la ideología ilustrada antiespañola de entonces. La nobleza, el alto funcionariado y la gran burguesía que empezaron a formarse en España disputaron su hegemonía a las clases dominantes que, siendo aristocráticas también, funcionariales e incluso burguesas, a las que hay que incluir al Alto Clero, dominaban ya la España anterior, la de los Trastámara y, luego, la de los Hagsburgo. Para medrar en el nuevo poder, había que asumir la leyenda negra en la propia española. Con la dialéctica de clases y de Estados que se produjo desde entonces, con cuatro periodos revolucionarios burgueses, que hicieron la nación política española entre 1808 y 1863 (el periodo revolucionario burgués que conformó, según Lenin, las grandes naciones políticas de Europa occidental y de América, va de 1789 a 1871, con lo que España está dentro de ese periodo y de esas grandes naciones políticas occidentales de Europa y América), más tres periodos revolucionarios en los que el movimiento obrero y campesino ya está organizado, entre 1868 y 1939, las ideas que sobre España tenían las clases dominantes anteriores a 1715, antes de la hegemonía borbónica, han seguido presentes hasta ahora, pero no ha sido dominantes, siendo dominante la leyenda negra. 

La salvedad sería, parcialmente, las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Franco, lo que ha servido como excusa a algunos para asociar la idea de España y su historia con el franquismo, cuando curiosamente el franquismo asumió la leyenda negra de manera pasiva, algo que se plasma en su acción política exterior al romper sus lazos con la idea de Hispanidad que, incluso, defendían conservadores como Ramiro de Maeztu, al querer Franco instaurar un imperio colonial español en el noroeste de África a costa de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Como eso no pudo ser, Franco vendió España al bloque geopolítico anglogermánico capitalista en la Guerra Fría. Y eso permitió conservar la leyenda negra a nivel ideológico superestructural, incluso en el ámbito político conservador. El peso de la leyenda negra es enorme porque es paralizante de cualquier tipo de revitalización nacional, la cual es imposible incluso desde parámetros fascistas como los del nacionalsindicalismo de Ramiro Ledesma, el cual pensó que España estaba en decadencia desde hacía 200 años, cuando eso no era realmente así. Hay un libro fantástico llamado "España 1700-1900: el mito del fracaso", del historiador económico David Ringrose que refuta esa idea derrotista y fatalista de España que Ledesma compartió con otros, como Ortega y Gasset o los noventayochistas. Yo diría incluso que el fascismo español tiene mucho de noventayochista, y a mi me parece que, aparte de la riqueza literaria de la Generación del '98, políticamente hablando no comprendieron jamás a España. Junto con otros factores históricos, la leyenda negra ha sido una losa ideológica considerable. Y acabar con ella es prioridad para las fuerzas políticas de vanguardia que, en España, quieran hacerse con el poder y realizar transformaciones políticas y generacionales de calado. 


Hay quien considera que la construcción nacional española es defectuosa o inacabada y que eso justifica su destrucción 

Si eso fuese así, España no existiría. No existen construcciones nacionales inacabadas. Esa idea forma parte de esa superestructura ideológica que supone la leyenda negra antiespañola. Tratan de asemejar España a un Estado fallido, y Estado fallido es Somalia, Yugoslavia, la URSS o Checoslovaquia. Un Estado fallido es un Estado que ha dejado de existir. Hay muy pocos Estados en el mundo sin tensiones separatistas. E incluso los que los tienen, como España, China, Rusia, el Reino Unido, Italia, Turquía, la India, Dinamarca o Canadá, entre otros, son Estados fuertes, consolidados, reconocidos internacionalmente por otros y con una importante presencia en la política exterior. Esa idea hay que combatirla en tanto esté conectada con la leyenda negra. Es leyenda negra.



Te suelen acusar de nacionalista español ¿Es cierto? 

En España, hay una denigración del término "nacionalismo" por la apropiación de la misma que tuvo primero con el franquismo y, después, con ETA. La gente asocia nacionalismo a etnicidad, sectarismo, autoritarismo y violencia. Y a ello le contrapone términos como "constitucionalismo", que es el patriotismo constitucional de Habermas, que trata de evadir la herencia nacionalsocialista en Alemania. La Constitución Española de 1978 está muy inspirada en Alemania, y de ahí que los partidos del régimen, cada uno a su manera, eviten definirse como nacionalistas españoles, y prefieran hablar de patriotismo constitucional, que es lo que defienden Ciudadanos, PP y PSOE. En el caso catalán, ERC y la CUP no se definen como organizaciones nacionalistas catalanas, aunque lo sean, y hablan de independentismo. En el fondo, quieren constituir una república catalana habermasiana, socialdemócrata, homologada completamente a las naciones políticas liberal-demócratas de Europa occidental y América, con mercado pletórico capitalista e integración en la UE y en el euro. Nacionalistas se reivindican a sí mismos los grupos neofascistas, tanto españolistas como catalanistas y vasquistas, aunque en el País Vasco la idea nacionalista, que es de base étnica, es común a todas las fuerzas separatistas, incluido el PNV. En otras regiones, como Andalucía, Galicia, Asturias, Canarias, etc., el nacionalismo étnico, mezclado con socialdemocracia y liberalismo, no se opone al patriotismo constitucional pero apenas lo menciona para definirse. Algunos en las fuerzas españolistas hablan de diferenciar nacionalismo de patriotismo, pero siempre en términos habermasianos. Y ahí también cae María Elvira Roca Barea, por ejemplo. 

Pero la diferenciación, de primero de carrera de políticas, es entre nacionalismo étnico, basado en el romanticismo alemán, y que exalta la lengua, la etnia-raza, el suelo, la sangre e incluso la religión (lo que llaman algunos nacionalismo a secas, lo que evidencia que el nacionalismo étnico ha conseguido apropiarse del término sustantivo eludiendo el adjetivo, como si ellos fueran los verdaderos nacionalistas, algo que gusta mucho en el fascismo y en el nazismo), y entre nacionalismo político, el que defiende la nación política de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes, el conjunto de habitantes de un territorio estatal que comparten la misma herencia política, jurídica, económica y cultural, y que continúan un legado histórico para continuarlo en el futuro de manera civilizada. Son los herederos de la idea filosófica de Civilización, defendida por Engels como estadio superior de la antropología humana, y siguiendo en esto a Morgan. Este nacionalismo político, cívico, es común a todas las izquierdas políticamente definidas (jacobinismo, liberalismo, anarquismo, socialdemocracia, comunismo, maoísmo), con diferencias fundamentales entre sí a la hora de entender la cuestión del Estado y la hegemonía de clase que exista. Y a este nacionalismo político se le llama patriotismo, pero reduciéndolo a la defensa de la última constitución existente, que suele ser liberal-socialdemócrata. Doménico Losurdo ya dijo que todo internacionalismo proletario marxista que se precie, si quiere triunfar y ser hegemónico en un país, debe ser profundamente nacional, pero en sentido político, nunca étnico. El nacionalismo chino es político, no étnico. Si fuese étnico, eso acabaría como Yugoslavia. El nacionalismo soviético fue también político, aunque al final los nacionalismos étnicos, incluido el ruso, fueron los que triunfaron, fracasando el soviético. 

Así pues, si ser nacionalista español es defender una España étnicamente pura, en la que solo se hable español, en la que esté perseguido el mestizaje sexual racial, en el que España sea un apéndice de Europa, en el que el racismo sea ideología dominante, que es lo que defiende el Hogar Social Madrid y lacra similar, entonces soy antinacionalista español. Ahora bien, si ser nacionalista español es defender la soberanía política y la independencia económica de España, su libertad, la herencia revolucionaria de los liberal-revolucionarios del siglo XIX, la Constitución de Cádiz, la España "de ambos hemisferios" frente a Europa, el patriotismo revolucionario de los comunistas de la Guerra Civil, del antifranquismo, los escritos de Marx y Engels sobre España y el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, entonces sí soy nacionalista español. 


Al final del libro comentas que ya existen las herramientas para la reconstrucción del marxismo en España. ¿Ves movimiento en ese sentido? 

Que se den las condiciones no implica que vaya a pasar. Y más que reconstrucción, yo hablaría directamente de construcción, la cual se puede realizar a partir de los elementos que defino en las conclusiones del libro. Sí veo movimientos en ese sentido, pero erráticos, polémicos. Existen grupos nuevos como Reconstrucción Comunista, la escisión en dos del PCPE, la readopción del marxismo-leninismo por parte del PCE, la cual me parece más administrativa que doctrinal, pues hablan de centralismo democrático como quien habla de aplicar a Google las ideas del Libro Rojo de Mao Tse Tung. ¿Qué sentido tiene un partido comunista con una doctrina marxista-leninista, convertido en una ONG dentro de una matrioshka de partidos y movimientos sociales de izquierda indefinida a los que se tiene que someter para pillar cacho de silloncitos en parlamentos municipales autonómicos o nacionales? Lo de la "unidad popular", planteado desde Izquierda Unida-PCE, es más una batallita interna para que algunos se coloquen y poder vivir de la política (se creerán "revolucionarios profesionales" a lo Lenin, cuando no son más que fontaneros con altas dosis de analfabetismo funcional mezclado con ideologías postmodernas) que un esfuerzo real por construir el marxismo español. Sin embargo, incluso dentro de esas tesituras hay batalla. Ya lo dijeron Marx y Engels, el Partido se fortalece depurándose. Pero aquí no deberíamos referirnos a ningún partido institucionalizado concreto, sino al conjunto de grupos y movimientos que trabajan, mal que bien, por la emancipación de todas las clases de trabajadores en España del yugo del capital y de la dictadura de la burguesía. 

También hay que señalar los dos años que, desde la muerte de Gustavo Bueno, su fundación está dedicando al análisis del marxismo-leninismo y del materialismo dialéctico. A la contra muchas veces, pero también de manera equivocada, a mi juicio. Es imposible entender el materialismo filosófico de Gustavo Bueno sin su asunción del materialismo histórico de Marx. No otra cosa es la propuesta de Bueno de "vuelta del revés de Marx". Lo que ocurre es que, al tratar de separar completamente el materialismo filosófico del materialismo histórico, están esclerotizando el primero, convirtiéndolo en un gnosticismo escolástico sin implantación política real más allá de una mera injertación en la realidad a través de tesis doctorales y publicaciones, pero sin impacto en organizaciones de masas ni capacidad para ejercerse desde el poder. A mi juicio, la construcción del marxismo español, y en español, se llame así o no, requiere, además de la depuración política de las filas del Partido de los trabajadores, la fusión nuclear entre materialismo filosófico y materialismo histórico (marxismo-leninismo, más avances teóricos y prácticos realizados a posteriori del derrumbe de la Unión Soviética), desechando el materialismo dialéctico, que ya no tiene aplicación posible, y la idea de implantación política minimalista, como injertación, hacia una maximalista, desde el poder político tras un proceso revolucionario trascendental. 


¿Por qué se han parcializado las reivindicaciones sociales en Occidente? 

"Occidente" no existe, propiamente hablando. Es una idea que, como "Modernidad", está asociada a las superestructuras políticas e ideologías de la burguesía de las naciones que iniciaron el proceso colonizador en el siglo XVII (Holanda, Inglaterra, Francia, y luego Alemania y Estados Unidos). En todo caso, el proceso de descomposición progresiva del sistema-mundo que estas naciones han generado, a las que luego se unieron Portugal, España y toda Iberoamérica como apéndices suyos, es la base para esa parcialización de reivindicaciones. Parcialización que es coherente con las figuras del consumidor satisfecho del mercado pletórico capitalista en los sistemas políticos liberal-socialdemócratas en que viven. Una reivindicación social, en estos países, es al mismo tiempo una demanda de consumo ante unas ofertas de compra de bienes y servicios que, estiman, deben ampliarse y diversificarse lo máximo posible, con lo que todos salen ganando, tanto movimientos sociales como productores de mercancías. Durante la acción reivindicativa social, los sujetos maximizan su utilidad marginal, tratando de que el último bien de un stock de mercancías iguales arrastre el precio de todos los demás porque es el más barato, supuestamente. No ven que es más barato por el proceso productivo tecnocientífico, en vez de serlo por el grado de satisfacción última que proporcione. Este fenómeno económico es la base de las reivindicaciones políticas de los movimientos sociales en los países capitalistas. Y lo que la globalización del American Way of Life pretende es universalizar este tipo de relación entre el Estado, los mercados y los ciudadanos. 

La parcialización de las reivindicaciones sociales es el fundamento vital de la idea-fuerza, también mítica, de sociedad civil, que no es otra cosa sino una secularización de la idea de Ciudad de Dios de San Agustín de Hipona, que los cátaros trataron de recuperar en una pureza mal entendida en el siglo XII. El 15M son los nuevos cátaros, y entre medias de unos y otros, haciendo las veces de nexo histórico en parte, están los sublevados protestantes de Europa central, que señalaron el camino hacia el individualismo y el subjetivismo más extremo por vía de la ruptura con Roma y con el auge del capitalismo y los Estados-nación. El comunismo trató de romper con esa dinámica, pero su caída en 1991, y su transformación en socialdemocracia liberal en el mundo capitalista, no ha hecho sino lograr reafirmar esos procesos. Así pues, eso que se llama "ciudadanismo", "parcialismo" o "neoliberalismo progresista", también neoliberalismo cultural (mal llamado "marxismo cultural" por la Alt-Right, el neofascismo y los ultramontanos), tiene su base en los procesos históricos que rompen con la comunidad tradicional reaccionaria, patriarcal, asimétrica y jerárquica, y establecen un horizontalismo extremo que solo puede sostenerse con el fomento del individualismo también más extremo. Sin embargo, la pirámide social sigue incólume, porque este neocatarismo laico de los movimientos sociales no puede acabar con ella, ni lo pretende. 


Muchas fuerzas de izquierdas siguen asumiendo las "identity politics" mientras su apoyo popular y rigor político caen en picado ¿por qué este gusto por el fracaso? 

Para ellas no es un fracaso. La izquierda dominante hoy día es la izquierda indefinida, una izquierda que, según Bueno, no tiene un proyecto definido con respecto del Estado. Esta izquierda indefinida tiene tres modulaciones. La primera es la izquierda extravagante, sobre todo las ONGs y los llamados movimientos sociales. La segunda es la izquierda divagante, que son básicamente los "intelectuales" y los artistas, los cuales solo pertenecerán a una izquierda políticamente definida cuando militen en organizaciones definidas como tales, o cuando sus trabajos y obras refieran a esas izquierdas definidas, con proyecto definido respecto del Estado. Y la tercera es la izquierda fundamentalista, la mezcla de las dos anteriores, que se define como "izquierda" a secas, sin matizar, y que se concreta organizativamente en confluencias tipo Syriza en Grecia o Unidos Podemos en España. 

Al carecer de proyecto político, de planes y programas fuertes, consistentes, estas izquierdas indefinidas acaban, si son extravagantes, concretándose en demandas parciales (género, matrimonio gay, ecología, veganismo, antitaurinos, prostitución, etc.), en elucubraciones teóricas anacrónicas si son divagantes (por ejemplo, en si Felipe II era de derechas y la Reina Isabel I de Inglaterra de izquierdas, de ahí la asunción por la mayoría de la izquierda divagante de la leyenda negra antiespañola) o, si son izquierda fundamentalista, se tratan de definir juntando a unos con otros en un pastiche partidario cuyo único texto fundamental de consenso acaba siendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. La cual es perfectamente asumible por el capitalismo, ya que nace en su seno, es puramente liberal-socialdemócrata. Las "identity politics" son pura izquierda indefinida que, a nivel extravagante, se plasma en movimientos sociales y en asociaciones universitarias, mientras que a nivel divagante se plasma en todas las teorías filosóficas postmodernas. A nivel fundamentalista, los Derechos Humanos son perfectamente compatibles con las "identity politics". 

En el fondo, que un partido político de izquierda fundamentalista caiga en picado les da igual, porque su prioridad son las demandas concretas, no un proyecto político definido respecto del Estado. De ahí la dificultad de los equilibrios en Unidos Podemos, porque si la confluencia cae se volverá a intentar en el futuro, ya que la situación histórica en que nos encontramos les permite recuperarse. Esta izquierda indefinida lleva medio siglo siendo muy importante en Europa occidental y en América, y es la hegemónica desde hace al menos un cuarto de siglo. El problema de enfrentarse a todo esto es que las izquierdas indefinidas nutren de militancia y, a veces, de ideas a las izquierdas definidas. Y confrontarlas, por tanto, es tan necesario como convencer a la gente más despierta de esa izquierda indefinida para que se definan. Cosa que no pocas veces resulta en un proceso infructuoso. 




¿Cuáles deberían ser los principales puntos del programa de ese proyecto de Estado para resultar exitoso en España? 

Es necesario adoptar el marxismo-leninismo y el materialismo filosófico para, desde la fusión nuclear de ambos, generar un único átomo de una potencialidad crítica inmensa, que aplicado a la praxis política como materialismo político tenga una potencialidad revulsiva, revolucionaria, también inmensa. Solo así podremos definir un proyecto político serio respecto del Estado y en la doble dialéctica que sirve como motor de la Historia real: la dialéctica de clases y de Estados. 

A nivel de dialéctica de clases, es necesario organizar a todas las clases de trabajadores españoles y residentes en España (que no hayan delinquido) en un Partido de cara a la conquista del Estado, un Estado liberal-burgués que es una de las democracias capitalistas más avanzadas del mundo, con lo que el marco de lucha cambia con respecto al momento en que surgió el movimiento obrero en España. Esa conquista del Estado burgués requiere, ipso facto, de su destrucción, esto es, de la destrucción de todo tipo de organización institucional que pueda devolvernos al estado anterior de cosas. El Estado socialista resultante, la hegemonía el Partido y de los trabajadores, debe permitir la "extinción progresiva" del nuevo Estado, esto es, la extinción de toda condición de posibilidad de volver al estado anterior. La "extinción" del Estado socialista es la continuación necesaria de la destrucción del Estado burgués. Pero esto no implica el fin de toda forma de sociedad política, o si me apuras, de toda forma de Estado. El comunismo final es compatible con la existencia todavía del Estado, pero en sentido burgués ni tampoco en sentido proletario. La dictadura del proletariado es el periodo de transición entre el Estado capitalista y el comunismo, el cual es, además, una idea regulativa de la praxis política y teórica del movimiento comunista, tanto antes de la toma del poder como después, y no una situación a implantar desde un mundo de las ideas de estirpe neoplatónica. En todo caso, el comunismo, como sociedad postestatal es compatible con la existencia de la forma Estado sin capitalismo y sin socialismo, sin burguesía ni proletariado, sino con otras formas de agrupación social y con una transformación de muchas de las categorías de la economía política tal y como la conocemos hoy día. En la dictadura del proletariado, aliada con otras clases de trabajadores, sigue habiendo lucha de clases, y el paso del capitalismo al socialismo no se produce nada más llegar al poder. La dictadura del proletariado es la condición necesaria, pero no suficiente, para pasar del capitalismo al socialismo. Durante la misma puede seguir existiendo la burguesía, como clase dominada y controlada por el Estado, a la que se oprime, y exprime, para el desarrollo de las fuerzas productivas, como ocurre ahora en China o en Vietnam. De igual manera que el capitalismo obligó a los aristócratas a reciclarse, convirtiéndose muchos en burgueses, para sobrevivir en el nuevo modo de producción que surgió tras el derrumbe del feudalismo, los burgueses tendrían que reciclarse para convertirse en otra cosa, aprovechable durante el ejercicio de la dictadura del proletariado. 

Dicho esto, me parece necesario pensar en acciones políticas y económicas prácticas. Habría que suspender la actual constitucion de facto federal, y establecer una nueva Constitución, Republicana, Unitaria, Centralista y Unicameral, sin representación territorial de ninguna clase. El Senado debería ser eliminado. La nueva Constitución debería dar importancia al Estado centralizado y a las provincias por encima de las autonomías, que deberían ser todas suprimidas. La gestión administrativa tiene que hacerse en coordinación con las diputaciones provinciales, que pasarían a ser las nuevas regiones, y a través de ellas con las unidades municipales. Esto ayudaría a impulsar planes económicos necesarios para reindustrializar el país. No hay que dejar el turismo y el sector servicios de lado, porque son un fuerte económico para España. Pero hay que aprovechar lo bueno y explotable que tienen ya las provincias, sobre todo las más despobladas, agrícolas y ganaderas, también pesqueras, para desarrollar en cada capital de provincia al menos un centro puntero de I+D+i que permita reorganizar la economía provincial de España. Aquí tendrían un gran papel las Universidades. Ninguna sobra, como afirman los neoliberales. Todas pueden ser reutilizables a la hora de ser nexo del desarrollo de las provincias y de la generación de empleo en las mismas. Un cambio en el modelo productivo fomentaría la natalidad, que no puede levantarse solo a base de inmigración. Los inmigrantes han acabado adecuándose a las tendencias demográficas actuales de España, y tienen el mismo número de hijos que los nacionales. Y al llegar aquí compiten por los mismos puestos de trabajo con menor cualificación, tirando a la baja los salarios. Pero ellos no son los culpables de ello, sino el hecho de que España tenga un modelo productivo de inserción en la división internacional del trabajo que nos haya situado como un mero gestor de servicios turísticos para jubilados, estudiantes y obreros de los países ricos de América del Norte y de Europa occidental. Hay que fomentar la inmigración legal y perseguir la ilegal, y a mi juicio hay que fomentar especialmente la inmigración legal iberoamericana, que es la que mejor se adapta a nuestra idiosincrasia natural. Hay que "rehispanizar España" frente a la anglogermanización de nuestro país. Y eso solo se puede hacer reforzando los lazos de España con el mundo iberófono, del cual forman parte más de 700 millones de personas en los cinco continentes. 

Así pues, un Estado fuerte, con un Partido fuerte y un Gobierno fuerte, que desarrolle el interior de España reexplotando racionalmente lo ya existente es condición sine qua non para que dejemos ser la periferia del centro económico capitalista mundial, si no somos ya el centro de la periferia mundial. Habría, también, que suprimir los cupos tributarios vasco-navarros, recuperar competencias en materias como el suelo, la sanidad, la educación (establecer una única educación a nivel nacional), potenciar la formación profesional, abaratar las matrículas universitarias, subir el salario mínimo interprofesional, establecer la plena igualación salarial por trabajo realizado, establecer un único convenio colectivo laboral a escala nacional, suprimir las policías autonómicas y fusionar Policía con Guardia Civil, reestablecer el servicio militar obligatorio para ambos sexos, aumentar el gasto militar a medida que aumenta la productividad y garantizar la indefinición del contrato de trabajo, así como la propiedad del Estado de todas las viviendas de España, las cuales serían entregadas a perpetuidad a sus inquilinos. Hay que realizar una batalla contra la pobreza, formando a parados estructurales y dándoles trabajo, también a indigentes, ni un solo indigente en las calles y campos de España. Habría que endurecer, también, las penas de cárcel, pues en un sistema socialista de esta clase los delitos tendrían tal gravedad que, desde los más comunes y horrendos hasta los de puro sabotaje, solo pretenderían poner en peligro esta necesaria reconstrucción nacional. A las personas que han cometido delitos menos graves, se les debería reencauzar socialmente a través de buenos programas de reinserción educativa, laboral y comunitaria. Este tipo de programas, a nivel de dialéctica de clases, no pueden hacerse en una, dos o tres legislaturas. El poder que requiere llevar a cabo todo esto requiere, al menos, una planificación epocal de, como mínimo, cincuenta años o más. La nacionalización y socialización de los medios de producción estratégicos es fundamental. 

A nivel de dialéctica de Estados, España no puede cercenar su soberanía política y su independencia económica a tenor de las políticas monetarias del Banco Central Europeo. Tenemos que revisar nuestra pertenencia a la Unión Europea, al Euro y al Tratado de Schengen. No debemos consentir que nos ocurra lo que le ha ocurrido a Grecia. Debemos potenciar nuestras buenas relaciones con China y Rusia, y mantener una diplomacia activa con el mundo árabe, particularmente con el norte de África. Y, por supuesto, potenciar nuestros lazos con la iberofonía, particularmente, y por cercancía, con Portugal. El portugués debería ser el primer idioma de estudio de España, para poder fomentar una confederación ibérica en la que, también, debe entrar Andorra. Debemos llevarnos bien con el resto de naciones europeas y respetar su soberanía, pero siempre poniendo la nuestra por encima de cualquier otra. Y hay que relanzar nuestros lazos con Iberoamérica, con Iberoáfrica (Sáhara Occidental, Cabo Verde, Guinea Bissau, Guinea Ecuatorial, Santo Tomé y Príncipe, Angola y Mozambique), Iberasia (FIlipinas, Macao, Timor Oriental) y con Estados Unidos, donde la población hispana superará en este siglo los cien millones de personas. Eso sí, sin someternos a los dictador geopolíticos de la OTAN-TISA. Si vis pacem, parabellum. Debemos reformular las Cumbres Iberoamericanas para darles una connotación que no le otorgue a España un mero papel de puerta a América Latina de las lavadoras alemanas. Y retomar la idea sugerida por el mexicano Ismael Carvallo, de una Alianza Socialista Iberoamericana, ampliada a toda la Iberofonía. Nuestra política interna es el músculo de nuestra política externa, que ha de ser nuestra acción en el mundo del siglo XXI y del porvenir. 


Hace unas semanas tuvo lugar la primera huelga feminista. ¿Hay un feminismo o varios?¿Son compatibles movimiento obrero y feminismo? 

El feminismo, en sentido unívoco, no existe. Es un mito oscuro y confuso que, como el mito de la izquierda, de la derecha, de la cultura o de la naturaleza (también del ecologismo), encubre el intento de una corriente determinada del feminismo, en este caso la radical, de anular o absorber a todos los demás. El feminismo es plurívoco, lo que equivale a decir que no hay feminismo, que no existe. Hay feminismos, en plural, y enfrentados entre sí incluso hasta la hostilidad más vehemente. Lo del 8M no fue una huelga, fue un paro sindical socialdemócrata de funcionarios y sector educativo sobre todo, con picos de alto seguimiento en Asturias debido a la tradición sindical particular de allí, pero lo determinante fue la manifestación de la tarde. Un éxito sociocultural, un fracaso político-económico y laboral. 

Falta estudiar los feminismos desde posiciones materialistas, pero a priori diría que hoy día, el hegemónico, que es el feminismo radical surgido en la tercera ola feminista, no es más que una derivación del feminismo liberal de la primera ola, al que se han juntado teorías propias del postmodernismo filosófico, del postestructuralismo en sociología y del relativismo cultural. El feminismo marxista surge, como escisión, del feminismo radical, y tiene muy poca presencia real. Además, a mi juicio, dicho feminismo marxista surge como un acercamiento desde el feminismo radical al marxismo, y no desde el marxismo al feminismo radical. Y el orden de factores sí altera el producto. 

Los feminismos no se caracterizan por buscar la igualdad entre hombres y mujeres. Esa definición es muy simple y banal, vacía en realidad. Para buscar la igualdad, primero hay que definir los parámetros de la igualdad buscada. ¿Igualdad legal, salarial, biológica? Sin definir esos parámetros, todo queda muy abstracto en el peor sentido de la palabra. Se sustancializa la igualdad sin definirla, y se cae en la metafísica. En realidad, ha habido movimientos políticos, religiosos y sociales que, definiendo la igualdad desde parámetros distintos (igualdad espiritual en el cristianismo o el budismo, igualdad de oportunidades y ante la ley en el liberalismo, igualdad jurídica y laboral en el socialismo, igualdad como obreros frente a la burguesía en el comunismo marxista-leninista), han defendido eso que dicen defender los feminismos, y de manera más eficaz a nivel de acción y praxis política. 

Los feminismos son un conjunto de movimientos sociales y de teóricas que caen más entre las izquierdas indefinidas que de las definidas, incluidos el feminismo marxista y el liberal. No tienen un proyecto raciouniversalista genérico ni específico respecto del Estado, y menos desconectados de las izquierdas definidas, a las cuales se adscriben más o menos, pero distorsionándolas, tratando de hegemonizar su discurso en ellas y armonizándolo con otros movimientos sociales y de "intelectuales y artistas", lo que equivale aquí y ahora a la tiranía de las izquierdas indefinidas sobre los restos de las definidas. Lo que, en realidad, define a los feminismos, decía, no es la búsqueda de la igualdad, sino el conceptualizar a las mujeres, en general, como un sujeto político propio, como una "clase social" incluso (aplicando aquí más la lógica formal analítica que la lógica dialéctica propia del materialismo histórico), por encima de otras clases sociales, de religiones, de Estados, etc. Y ese es su gran error de base. Las mujeres no conforman una totalidad atributiva universal, con los mismos intereses "de clase", frente a otra totalidad atributiva universal en tanto que "clase" con los mismos intereses, los hombres, entre los que media una institución tomada, también, como totalidad atributiva univesal, el (hetero)patriarcado. Está por ver, incluso, que el (hetero)patriarcado sea, también, una totalidad distributiva universal, sobre lo que yo tengo mis dudas. 

En todo caso, el marxismo-leninismo habló de cuestión femenina más que de feminismos, consciente de las problemáticas particulares de las mujeres de clase obrera respecto a sus compañeros varones, pero también respecto de las mujeres y hombres burgueses, etc. No solo los clásicos Marx, Engels, Lenin y Stalin, sino también Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Alexandra Kollontai, Nadezdha Krupskaia, entre otras, trataron estas cuestiones. Poner a Ángela Davis o similares como ejemplo de "feminismo marxista", obviando los autores y autoras antes dichos, me parece un craso error. Con el feminismo que toma a la totalidad de las mujeres como una "clase social", que no es marxista ni es nada, no se puede ir políticamente hacia ningún tipo de éxito que no vaya más allá de la reforma radical del capitalismo, contando con más mujeres burguesas y emprendedoras entre sí. Al final, lo que se consigue es que sea el propio capitalismo el que vaya destruyendo, poco a poco, los restos de instituciones patriarcales tradicionales que quedaban. El error es pensar que con el capitalismo cae el patriarcado. Falso, el patriarcado se muere lentamente en el capitalismo. Él destruye toda institución tradicional, tanto represora como protectora, que existía previamente a su constitución hegemónica. Pensar que capitalismo y patriarcado caen al unísono es todavía pensar que las mujeres son una clase social universal. Y no hay clases sociales universales a nivel atributivo, desde el marxismo. 



Eres activo en las redes sociales, ¿qué impacto tienen las nuevas formas de comunicación en la toma de conciencia política? 

Antes era más activo, hace años. Yo creo que es una forma bastante buena de "predicar el evangelio", como quien dice. Y con menos costes que hace años, por el abaratamiento de la tecnología para llegar a las personas. Aunque la conexión a Internet hay que pagarla, claro. De todas maneras, el orden de llegada efectiva a través de Internet, piramidal, es primero lo audiovisual (youtube), luego la imagen (memes), después el audio (podcast) y por último el texto escrito. Yo paso buena parte de mi tiempo en temas de investigación y docencia, por lo que lo que más hago es escribir. Es una manera magnífica de fabricar teorías, pero la llegada es más limitad que por las otras vías, aunque las otras también las he tocado. Descarto hacerme youtuber porque, por ahora, me parece que soy más eficaz escribiendo. 

Es necesario dejar un legado teórico a las generaciones futuras. Los tuits se los lleva el viento, como quien dice, mientras que los libros y artículos, así como vídeos o audios, permanecen. Un tuitsar rojo tipo Masa o Profe tienen un impacto limitado en el tiempo, condicionado a la inmediatez del tuit y del momento, y tienen necesidad de ser activos de manera constante, porque si no, no pueden tener impacto. Pero es la pescadilla que se muerde la cola. Así no tienen tiempo ellos realmente para formarse, y eso se nota en sus tuits y en sus apariciones en otros medios. Se les nota con una formación o bajísima (el Profe) o excesivamente elemental, propia del marxismo vulgar (Masa). Con las publicaciones dejas algo que otros seguirán, y el poso es a más largo plazo. Junto a la militancia y el compromiso político, y el ir allá donde te dejen hablar, incluso a territorio hostil, es como puedes llegar a algo. 


¿Qué importancia tienen los símbolos y el folclore en la Era Digital? ¿Crees que ciertos movimientos caen en un excesivo romanticismo? 

Sin símbolos no somos nada. Toda forma de comunicación es simbólica. El lenguaje es un campo simbólico, que además de permitirnos comunicarnos nos ayuda a expresar, construir, producir ideas, fabricar teorías, organizar nuestra praxis política diaria y a más largos plazos. Si a un grupo político le quitas su simbología, que es parte de su producción de ideas y conceptos, le quitas lo que permite construir entre ellos moralidad y ética. 

En la era digital, más que nunca, lo ideológico-simbólico tiene más sentido, y es más necesario defenderlo, porque con la viralidad, la rapidez con la que la información se mueve, lo simbólico ha de estar presente cada dos por tres por todas partes. Siempre ha sido así, pero ahora el bombardeo simbólico, desde los poderes populares ascendentes, ha de ser más constante que nunca. Por eso no entiendo al Secretario del Partido Comunista de Madrid, Álvaro Aguilera, cuando afirma que no se puede recluir al PCE como una Iglesia, enfangada en símbolos. De hecho, las religiones utilizan el lenguaje simbólico como nadie, y las religiones son todas políticas, y han transformado el mundo con una efectividad impresionante, hasta formar civilización. El cristianismo es la religión simbólica por excelencia. ¿Tuvieron que renunciar los cristianos a la Cruz cuando fueron desplazados de Roma a Avignon? Luego volvieron, porque se mantuvieron fieles a sus símbolos, a sus ceremonias, a sus instituciones. El judaísmo lleva haciendo esto desde hace muchos milenios, y no le ha ido mal. 

Los movimientos racionalistas radicales, materialistas, como el comunismo, han de ser también materialistas prácticos, que es como los definen Marx y Engels en La ideología alemana. Ser materialista implica no ser jamás iconoclasta, que es lo que son las confluencias, los movimientos sociales de izquierda indefinida (salvo excepciones, como el feminismo), y sobre todo esos partidos de izquierda fundamentalista como Unidos Podemos que ocultan la simbología comunista, que es sinónimo de ocultar la militancia comunista. Ahora bien, yo estoy con Lenin: "Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario". El principal problema de los grupos minoritarios comunistas actuales es que enarbolan símbolos sin teoría revolucionaria, porque se han quedado atrás, porque carecen de la misma y recurren a la nostalgia cutre. Pero si a los militantes que solo tienen lo simbólico se lo quitas, se lo ocultas, y la teoría que les das es postmodernismo filosófico, izquierdismo indefinido e infantil, progresismo barato, antiespañolismo, relativismo cultural, y te preocupas solo por un puestecito con escaño y sueldo público, que es lo que más le preocupa ahora a al dirección del PCE en Madrid, entonces eres un liquidacionista del siglo XXI. 

Lo simbólico se entreteje con doctrina. La doctrina sin símbolos, iconoclasta, es solidaria del gnosticismo, y además la filosofía que pretende implantarse políticamente de verdad, desde el poder, realiza su acción revolucionaria ayudada de símbolos, de ceremonias e instituciones. Lo simbólico sin esa filosofía que busca dicha implantación política, es un grupo moral de sujetos impotentes y afligidos. Sin teoría revolucionaria y sin símbolos, eres Álvaro Aguilera y la dirección del PCM actual, a los cuales voy a ver entusiasmados pegar carteles electorales con la cara de Íñigo Errejón, al que no soportan. Otro iconoclasta. Con la teoría revolucionaria acertada y entretejida de simbología política, eres Lenin, eres Stalin, eres Mao, eres Fidel, eres el Ché Guevara, eres Chávez. Es la única manera de evitar el romanticismo, al cual lo veo, sin embargo, más positivo que el vacío político del actual PCE de Madrid. 


¿China es la esperanza socialista global? 

Como diría Spinoza, "la esperanza es una alegría inconstante, que brota de la idea de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos de algún modo". Su reverso es el miedo, que es lo mismo que la esperanza pero en vez de ser una alegría es una tristeza. No hay esperanza sin miedo, y viceversa. Si tienes esperanza porque algo suceda, tienes a la vez miedo porque no suceda. Y si tienes miedo de que algo suceda, tienes esperanza de que no suceda. Por tanto, lo recomendable en política es no tener ni esperanza ni miedo, sino aplicar la prudencia. 

Con China debemos ser prudentes respecto de si es la "esperanza socialista global". Yo diría que lo que debemos hacer es defender a China y su construcción del socialismo mientras no se demuestre, por derrumbe de su sistema, de que no era efectivo, como ocurrió con la URSS en 1991. En la República Popular China se encuentran en proceso de dictadura del proletariado, o "dictadura democrática popular" como se definen en la Constitución. No se han tratado la fórmula kruschevista de las "democracias populares". En China no hay socialismo, pero están en la construcción del socialismo por el dominio de la dictadura proletaria y campesina, con una burguesía contenida y controlada por el Pueblo, el Partido Comunista Chino de más de 89 millones de afiliados y el Ejército Popular de Liberación con más de 4 millones de efectivos, entre activos y reservistas. El proceso para entrar al Partido dura dos años y medio. Mientras eso sea así, hay que defender a la República Popular China, como al resto de Estados marxistas-leninistas que quedan. 

Otra cosa es que, en China, la generación de izquierda políticamente definida sea la sexta generación que señalaba Gustavo Bueno en "El mito de la izquierda, la "izquierda asiática", el maoísmo. A diferencia de la quinta generación, la comunista de la Komintern, la sexta sigue activa, viva y con una efectividad universal tal que va a convertir al Imperio del Centro en la primera potencia mundial en unas décadas, cuando ya lo es en varios aspectos. China es ya la primera economía mundial por delante de Estados Unidos en PIB per capita, pero no en paridad de poder adquisitivo, en lo que es segunda potencia mundial, tras el Imperio useño. Lo están haciendo realmente bien. Y hay que tener en consideración de que China pretende ser un Imperio socialista centrípeto, no centrífugo como la URSS. No busca la expansión del comunismo mediante una Komintern y un apoyo tácito a procesos de descolonización, liberación nacional o comunistización de la sociedad, que en el fondo es una forma muy cristiana de expansión imperial generadora. China busca otra cosa, tradicional en su idiosincrasias cultural: ser el Sol, mientras el resto de naciones del mundo son planetas orbitando a su alrededor. Esa es su forma de ver la geopolítica mundial, y también de ver en su momento la expansión del socialismo. Teniendo todo esto en cuenta, ¿hay que contar con China para construir el socialismo en otras latitudes? Más bien hay que tenerles de referencia y apoyarles, y apoyarse en ellos. Ahora bien, si en algún momento existe una séptima generación de izquierda políticamente definida, a mi juicio, no surgirá de una recomposición en China de la izquierda asiática. Sino de una reconstrucción adaptada al siglo XXI de los restos que quedan aprovechables de la izquierda comunista. 


Por último, ¿qué proyectos tienes para el futuro? 

Seguir publicando artículos y libros. Seguir en la docencia y en la investigación, y seguir puliendo la geometría de las ideas que estamos fabricando. Seguir también militando junto a los mejores camaradas, y avanzar juntos hacia ese horizonte que estamos trabajando.


14 de marzo de 2018

Escenario final del conflicto sirio



El mundo cambia de base y con ello sus símbolos. En el pasado, las guerras se decidieron en Washington, París o Londres. Se firmaban los tratados de paz en Ginebra o Camp David. Ahora el escenario es otro. La paz se firma en Astana y Sochi, dos ciudades que son símbolos de mediación y que han ingresado por derecho propio en los anales diplomáticos. Las conversaciones de paz, actualmente en marcha, prejuzgan el escenario final del conflicto sirio.

Primera premisa, la oposición armada desarticulada, fragmentada e impotente carece de poder real en el campo militar, pero aun así sigue exigiendo la partida de Al-Assad como condición previa a la negociación. Sus valedores occidentales (en especial Francia, Reino Unido y EEUU) tienen claro que no estamos en 2012 cuando el gobierno sirio estaba contra las cuerdas, sino en 2017 cuando ese mismo país ha conseguido la victoria militar. Es un hecho evidente incluso para el presidente Trump que ha reconocido la nueva situación.  Firmó un primer memorándum secreto en Aman el 8 de noviembre entre Jordania, Rusia y EEUU definiendo los ejes básicos del acuerdo de paz. Era sabido que Jordania había albergado uno de los Estados mayores de planificación contra Siria, de ahí la importancia de la participación de este país. Israel se ha opuesto, pretendía crear una zona tapón de unos 60 Km alrededor de sus fronteras controlada por gobiernos “neutrales”. La negativa rusa paralizó la propuesta. Israel ve con temor que su “archienemigo” iraní mantenga o amplíe la base militar de Al-Kiswah en territorio sirio muy cerca de la frontera israelí (46 km). La respuesta israelí a estas negociaciones fue el bombardeo (1 de noviembre) de una fábrica de cobre fundamental para reparar las conexiones eléctricas en el país.

A pesar de la oposición israelí, el memorándum se dio a conocer el 11 de noviembre en Vietnam al margen de la Cumbre de la APEC que se celebraba en ese país. La Declaración incluye avances importantes. Participación de todos los sirios en los procesos electorales que se avecinan incluidos los residentes en el exterior. Hasta ahora su participación había estado sujeta al arbitrio de la “Coalición Internacional contra el terrorismo” liderada por EEUU. Washington  había impedido la participación en las sucesivas elecciones que se habían producido en Siria en estos años (presidenciales, legislativas y municipales saltándose como es evidente la Convención de Viena)

A pesar de las evidencias, una parte importante de la oposición, la teledirigida desde Riad, aún pretende conseguir lo que no ha obtenido en el campo militar. Su única fuerza son los atentados indiscriminados contra la población civil que desgraciadamente perdurarán durante un tiempo y el apoyo de Israel. Los diferentes espacios de negociación primero en Astana en 2016 y 2017 y que concluyen en Sochi en noviembre de 2017 (en ese momento Putin invitó al presidente sirio a abrir la reunión, que contaba con la presencia del otrora “archienemigo” Erdogan y el aliado iraní) han construido una nueva alianza y una nueva relación de fuerzas. Putin se presenta como el gran artífice de la paz y al mismo tiempo como el vencedor. El 10 de diciembre ordenaba, cumplidos los objetivos militares, el repliegue de las tropas rusas en Siria. El marco que saldrá de las conversaciones entre Turquía, Rusia, Irán y Siria abarca diversos aspectos: el primero la permanencia de Al-Assad como mínimo hasta el 2021 fecha del final de su mandato (que puede renovarse teóricamente hasta 2028). El segundo la organización de elecciones que incluirían listas con la oposición y la tercera una nueva constitución.

En estos años de guerra ninguno de los objetivos previstos inicialmente en el Plan anglo-franco-estadounidense ha sido conseguido. La cuestión fundamental era derrocar a Al-Assad y reemplazarlo con los takfiris (Daesh, Al-Qaeda, al-Nusra, ISIS, llámense como se llamen). Para lograrlo era necesario alcanzar una serie de metas. Primera, destruir un fuerte estado árabe secular junto con su estructura política, ejército y servicios de seguridad. Segunda, provocar caos y horror en Siria, para justificar la creación, por parte de Israel, de una “ zona segura” más al norte del Golán ocupado. Tercera, iniciar una guerra civil en el Líbano lanzando los takfiris contra Hezbollah. Cuarta, evitar la creación de un eje chiita Iraní-Iraquí-Sirio-Libanés. Quinta, dividir Siria a lo largo de líneas étnicas y religiosas. Sexta, crear un Kurdistán que pueda usarse contra Turquía, Siria, Irak e Irán. Séptima, permitir que Israel se convierta en el poder indiscutido de Medio Oriente y forzar al Reino de Arabia Saudita, Qatar, Omán, Kuwait y todos los demás a recurrir a Israel para cualquier proyecto de gas o gasoducto. Octava, aislar y finalmente atacar a Irán con una amplia coalición de fuerzas. Novena, eliminar cualquier centro de poder chiita en el Medio Oriente.

Era un plan ciertamente ambicioso. Israel (el gran promotor del conflicto conjuntamente con Arabia Saudita) tenía suficiente confianza en que a través de su estado vasallo (Estados Unidos) se les proporcionara los recursos suficientes. Todo el plan se ha derrumbado. La alianza informal entre Rusia, Irán, Siria y Hezbollah lo ha derrotado. Israel está llena de furia. Se halla en una situación de pánico total. El informe del Parlamento israelí sobre las maniobras militares extraordinarias celebradas hace tres meses (más de 30.000 soldados movilizados durante 11 días) no ha podido ser más elocuente ni más duro; de fracaso total fueron calificadas.

La situación para Israel no es nada halagüeña. Con un primer ministro inmerso en casos gravísimos de corrupción se enfrenta a una situación no deseada.

Primero porque el Estado sirio ha sobrevivido, sus fuerzas armadas y de seguridad son hoy mucho más capaces. Los sirios se levantaron, tuvieron que aprender lecciones muy duras. En momentos críticos se crecieron. Irán y Hezbollah pudieron taponar los agujeros en la defensa para que el ejército pudiera “extinguir los incendios más graves “. El ejército ha realizado un excelente trabajo desde la batalla de Alepo en la liberación de su país incluidas todas las ciudades.

Segundo, no sólo Siria es más fuerte, sino que Irán y el Hezbollah libanés están tocando las fronteras de Israel. Este movimiento político ha dado un salto extraordinario en el campo militar, es un rival formidable, como reconoce el Estado Mayor judío.

Tercero, el Líbano es sólido como una roca. Incluso el último intento saudí de secuestrar a Hariri se vuelve contra este país, que cosecha fracaso político tras fracaso.

Cuarto Siria permanecerá unida y el Kurdistán como estado independiente no perdurará, la derrota del clan Barzani así lo demuestra. Quinto, millones de refugiados regresan a casa, lo cual obligará a la UE a negociar directamente con Al-Assad. Las costuras europeas se romperán sino se destensa la situación migratoria en Centroeuropa. Las obtusas políticas europeas, francesa e inglesa especialmente, con el apoyo de Rajoy durante estos años obligan a llegar a acuerdos con Damasco que ayuden a la vuelta de los refugiados.



La guerra siria y la victoria de Al-Assad, dibujan un nuevo panorama en Oriente Medio. Rusia ha obtenido las deseadas salidas al Mediterráneo Oriental a través de las bases navales de Tartous (el acuerdo alcanzado entre Moscú y Damasco permitirá el uso de esa base para los submarinos nucleares rusos), la de Mheimim e implantan una base de escucha adicional en el desierto sirio (además de la de Kassab). Moscú ha hecho un buen negocio en la guerra siria, soportando unos costes reducidos mucho menores que los augurados por los estrategas del Pentágono, ha dejado claro que no es una potencia regional como desdeñosamente se la calificaba en la era Clinton u Obama. Por el contrario, ha hecho valer su poderío en un movimiento que obligó a desistir a Obama, en 2013, de un ataque masivo contra Damasco y siendo, gracias a su ayuda militar desde hace dos años, el elemento central que ha permitido una victoria más rápida de lo que se esperaba. Por otra parte, ha ofrecido un escaparate enorme para su tecnología militar, los pedidos especialmente de aviones y carros de combate se han multiplicado. En segundo lugar ha conseguido limitar, de momento, la acción de los grupos terroristas formados en la guerra Siria y que tenían como objetivo especialmente Moscú. Al margen de su influencia en Siria, ha visto su posición reforzada en Líbano donde ha actuado como mediador. Con Turquía que en este momento permitirá el paso de los gaseoductos desde Rusia hacia Europa y que progresivamente está consiguiendo que Ankara se separe cada vez más de la OTAN, la venta de los sofisticados sistemas de defensa antiaérea S-400 y la tecnología que conllevan, acercan cada día más Ankara a Moscú en la misma medida que Turquía se separa de Washington. La visita de Erdoğan a su eterno enemigo desde las guerras médicas (Grecia) anuncia un nuevo estatus quo en la zona que limite las tensiones entre vecinos. Rusia ha fortalecido su relación con Irán, con quién ha construido una alianza sólida y efectiva, los sistemas antiaéreos vendidos a Teherán disuaden a Israel la de la locura de atacar a Teherán. En Egipto donde ha conseguido beneficios económicos importantes al crear una zona económica especial en el Delta del Nilo y ha reforzado sus lazos militares y políticos con el Presidente Al-Sisi. Putin ha conseguido que la aviación militar rusa tenga permiso para sobrevolar espacio aéreo egipcio y no es menos importante su buena relación con Argelia. El Mediterráneo, segundo objetivo geoestratégico ruso desde la época de Iván el Terrible o Catalina la Grande va camino de hacerse realidad.

Irán se ha convertido en la otra gran ganadora. Su aporte en términos de hombres y equipamiento básico han sido muy importantes. La victoria en Siria le permite construir un sueño, la posibilidad de una salida indirecta al Mediterráneo, a través de sus nuevos aliados iraquíes y evidentemente sirios. Siria e Irak se han convertido en un elemento de la continuidad territorial de este país y su proyección hacia el oeste. Su alianza con Hezbollah, otro gran vencedor en esta contienda, crea un formidable enemigo en las propias fronteras del Régimen de Israel.

China obtendrá grandes réditos aunque su aportación militar al conflicto ha sido escasa. Se ha limitado a unos pocos oficiales y un contingente de médicos militares, en cambio las inversiones que tiene previsto realizar en territorio sirio, la convertirán en la campeona de ayuda a la reconstrucción asegurándose la continuidad física de la Nueva Ruta de la Seda, a través de Irán, Irak y Siria. Su objetivo va mucho más allá, utilizando la plataforma siria podrá controlar mejor su penetración en la zona balcánica y en el Este de Europa. El puerto del Pireo en manos, prácticamente, de compañías chinas asegura la rápida comercialización de sus productos. Las fuertes inversiones previstas en los países de la zona le aseguran una posición de influencia en la propia UE. Mientras el conglomerado franco-anglo-alemán sólo propone, recortes y más recortes sin solución de continuidad y genera niveles de desigualdad nunca vistos. China promete inversiones en infraestructuras básicas imprescindibles para el desarrollo de esas naciones. La burocracia de la UE comienza a ver con miedo la penetración china en el Viejo Continente.



La nefasta política llevada a cabo por la UE en estos años de guerra, su seguidismo respecto a EEUU, con países como Francia o Reino Unido financiando, armando e interviniendo directamente en una guerra que para ellos era otra nueva guerra colonial ha colocado a la Unión Europea fuera de la nueva ecuación y con gravísimos problemas de credibilidad internacional. Las tensiones a costa de los refugiados en las guerras promovidas por la UE o por países que la componen. Las intervenciones militares en Libia o Siria y su correlato de destrucción, muerte y exilio, han tensado las costuras de la UE hasta límites donde la implosión de la propia organización ya no se percibe como un disparate. Como venimos analizando,  en el bando de los derrotados se incluye sin duda a los países occidentales y en especial a EEUU y Francia. La única victoria que han cosechado ha sido la destrucción de un país y la muerte de decenas de miles de personas (ningún organismo internacional, ninguna ONGD de esas que se dicen importantes pedirán responsabilidades a los dirigentes europeos y norteamericanos por este genocidio). La administración de EE.UU fue perdiendo posiciones desde 2013. Los programas de ayuda a los rebeldes se eliminaron. Los kurdos de las Fuerzas Democráticas Sirias, armados y entrenados por Washington, otros de los grandes perdedores, han sido utilizados y abandonados. Pagarán por esta desconexión. Como último recurso Washington todavía quiere quedarse en el noreste utilizando a esos grupos hasta 2021 como mínimo. Su objetivo sigue siendo la salida de Al-Assad en esa fecha y evitar la reconstrucción del país, privándolo de los recursos proporcionados por el gas y el petróleo del que se han apoderado las fuerzas kurdas. En un peligrosísimo incidente que tuvo lugar el 23 de noviembre, entre bombarderos rusos (SU-25) que intentaban destruir refugios del ISIS en territorio sirio y cazas interceptores estadounidenses (F-22 Raptor) que pretendían impedirlo, estos llegaron a disparar balizas de calor contra los aviones rusos. El incidente se resolvió cuando aparecieron los interceptores rusos (SU-35) armados de misiles aire-aire. El portavoz del Pentágono llegó a afirmar que los aviones rusos habían invadido su “espacio aéreo” ¿Qué resolución de la ONU les autoriza a considerar el espacio aéreo de un país reconocido en la ONU como propio? Washington mantendrá su política de provocación, al margen de lo que firme o no Trump, lo que nos hace pensar hasta qué punto controla el presidente estadounidense su propio “establishment” militar. Pero el tiempo corre en contra de EEUU. Rusia y Siria saben cómo sacar a los contingentes extranjeros de la región. Washington ha perdido, pero seguirá haciendo lo único que sabe hacer, seguir en la medida que pueda, destruyendo y creando dificultades. Si no ganas al menos destruye, parece ser la divisa.

Francia no pesa mucho, con la desastrosa política de Sarkozy y especialmente del pequeño Napoleón (Hollande) apoyando desde el principio a los grupos terroristas han demostrado una vez más su falta de peso internacional. Una labor que no podrá enderezar el actual presidente Macron. Francia ha tenido que permitir que el presidente ejecutivo de la mayor cementera del mundo, una empresa franco-suiza y auténtico símbolo nacional (Eric Olsen…) sea juzgado por colaboración con grupos terroristas. Si la política de Hollande era estúpida, no lo es menos la del actual ocupante del Elíseo, que pretende que la reconstrucción del país y el retorno de los huidos se haga sin que el gobierno sirio controle los fondos que se habrán de destinar. Ignora París que el problema de inmigración ilegal siria lo tiene Francia no Damasco. Federica Mogherini, (ministra de Exteriores de la UE) animada por algunos países centroeuropeos como los del “grupo de Visegrado” ve cómo puede solventar en cierta medida el problema migratorio en Europa y no dejará pasar la ocasión de devolver a los refugiados a su país de origen, aunque implique el reconocimiento de Al-Assad. Las próximas semanas serán cruciales.

Arabia Saudita y Qatar son los otros perdedores tanto es así que su relación antes estratégica ahora se ha envenenado. Riad amenazó a Doha con la invasión militar y el bloqueo marítimo. El apoyo a Qatar por parte de Turquía e Irán, ha hecho desistir a los saudíes cubriéndolos de ridículo.

Se adivina ya el fin de esta fase en el conflicto sirio. Sólo es un momento de calma, las fuerzas criminales que lo provocaron y sostuvieron buscarán otras formas de incendiar la zona. El traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén, no es sólo un hecho burocrático, representa el apoyo otorgado por EEUU a la política genocida practicada por el estado hebreo. Se ha ganado una guerra, pero aún no se ha hecho la paz.

Fuente: https://plataformaglobalcontralasguerras.wordpress.com/2017/12/19/siria-cambio-de-paradigma-excelente-articulo-recomendamos-su-lectura/



Ma Baker - Boney M:

               

2 de marzo de 2018

Por qué la izquierda no es capaz de afrontar problemas políticos. Parcelas e identidad

Intelectuales de la izquierda burbuja descubriendo que a las clases populares les gustan la nación y la familia



Nuestro país, que fue sociológicamente de izquierdas a partir de la Transición, lo es ahora de derechas, aunque parece que en eso no se distancia de la mayoría de países de Occidente. Los resultados electorales de los últimos años no habrían hecho otra cosa que reflejar en la política las tendencias sociales y serían un buen indicativo de cómo la batalla de las ideas ha sido perdida por los partidos de izquierda. Siempre habrá alguien en el lado zurdo de la política que siga negando esto, así como tertulianos de la derecha que insistan en que los rojos han colonizado los medios, la cultura, etc., pero la realidad está ahí fuera.

La izquierda ha tenido mucha culpa en este viraje, aunque buena parte de ella no quiera ser consciente ni del giro social ni de su papel en ese proceso. Hay varios aspectos ligados a esta pérdida de aceptación e influencia sociales que deberían estudiarse. Uno de ellos, y no el menor, es su escasa capacidad para contrarrestar la reacción liberal que tuvo lugar con Reagan y que ha dominado primero los discursos públicos y después las mentalidades de una mayoría ciudadana desde 1980.

Lo que ese modelo proponía lo sintetizó Margaret Thatcher en esta frase: “There's no society”. La primera ministra británica subrayaba con su sentencia que lo colectivo no existía, que nuestro mundo se componía únicamente de seres individuales con sus intereses y preferencias. Este marco de pensamiento dio lugar a numerosas ideas populares todavía hoy: se glorificó a los emprendedores, que habían labrado su camino por sí mismos, se aplaudió a las estrellas deportivas, se celebró el éxito, especialmente el económico, se multiplicaron las invocaciones a que cada cual encontrase su propio camino y su verdadero yo y se fragilizaron los lazos sociales (en el trabajo, en la familia y en las comunidades) que eran típicos de las sociedades precedentes.

Lo que la izquierda defiende

Frente a esta concepción de sociedad, la respuesta que dio la izquierda no fue oponer otro modelo, ni profundizar en el anterior ni inventarse uno nuevo. Más bien, prolongó la propuesta liberal de Reagan, solo que ampliando la unidad de medida. Su forma de contestar a un cambio radical, primero económico y luego cultural, fue sacar al individuo de la ecuación y sustituirlo por los colectivos: la izquierda defendía a las mujeres, los emigrantes, los gais, lesbianas y transexuales, los ecologistas, las minorías étnicas, los jóvenes precarios, las personas en situación de pobreza energética, a las nacionalidades históricas, y todos los demás grupos que pudiera ir sumando.

De modo que tampoco había sociedad, en el sentido de que no había un todo que cobijara a las partes. No había proyecto común: los liberales incitaban a que cada uno mirase por sí mismo, la izquierda a que cada grupo tuviera más derechos. El cierre cohesivo que encontraron a esa marea de neutrones dispersos fue peculiar. Para la derecha, existía un poder central, el del Estado, contra el que había que luchar siempre porque distorsionaba la acción de los individuos, interfiriendo, limitando o prohibiendo sus legítimos intereses y elecciones. Del mismo modo, la izquierda encontraba en el centro de la articulación social un núcleo que combatir, el del hombre blanco, heterosexual, de mediana edad, que ejercía el poder y que oprimía sistemáticamente a los diferentes.


Y ahora, el trabajo

Este esquema no afectó, en el caso de la izquierda, únicamente a su afición a las políticas de la identidad, sino que dibujó un modo de mirar el mundo que han ido aplicando a cada campo que han encontrado. Cuando analizan un terreno, solo ven parcelas. El trabajo es un buen ejemplo, porque cuando lo abordan, repiten la plantilla: hablan de precarios, mujeres, de jóvenes, muchos de ellos cualificados, que no encuentran un puesto dignamente remunerado o que tuvieron que emigrar, o de teleoperadores. No solo quedan fuera el resto de categorías sino que tampoco hay una comprensión de lo que el trabajo significa, de los cambios que ya se han producido en todas sus escalas o de las transformaciones que se esperan, lo que impide, de paso, entender cómo funciona el capitalismo en el que vivimos. Así, más que propuestas o soluciones acordes con los tiempos, lo que ponen sobre la mesa son parches que beneficien a los colectivos que han tenido en consideración. En el peor de los casos, ofrecen la sensación de que el trabajo es poco relevante, porque con la renta básica todo quedará solucionado, lo cual es nefasto para generar simpatías en la sociedad.

El consumo es otro terreno en el que se reflejan de una manera palpable las limitaciones de su esquema. Baste un ejemplo, el de la energía. El recibo de la luz se incrementó de media 10 euros en los cuatro últimos meses, y 2017 se ha cerrado con un aumento anual medio del 10%. Lo que pagamos por la energía que consumimos es mucho más que hace años. Ante esta situación, lo que hace la izquierda es buscar parcelas en las que cavar. Han hallado dos: lo malas que son las puertas giratorias, porque los políticos van a los consejos de administración y luego pasan estas cosas, y la defensa de las personas en situación de pobreza energética. Pero esta es una lectura endeble, porque la primera causa es bien conocida y todo el mundo la denuncia (al menos, en cuanto discurso); porque situaciones especiales para las personas en pobreza energética las reconoce hasta el PP, y tercero, porque eso implica pasar por alto las razones por las que nos están subiendo la luz y, por tanto, impide encontrar formas reales de operar en ese terreno. De nuevo evita todo análisis sistémico, y prefiere centrarse en aspectos parciales. Pero como el problema es general y han subido los precios a todo el mundo, si no eres alguien en una muy mala situación, la izquierda no estará a tu lado; si llegas a final de mes, aunque sea pelado, ya no entras en la parcela que ellos trabajan.



Cuando analizan un terreno, solo ven parcelas

El ejemplo identitario por excelencia

Actuar así construye un notable obstáculo, ya que al centrarse en los subgrupos se han olvidado del conjunto y, de esta forma, pierden muchas opciones tanto de generar simpatía social como de tejer una alternativa válida para una mayoría de españoles. El ejemplo identitario por excelencia en España es buen ejemplo: de tanto congeniar con quienes señalaban al centralismo opresor como nuestro gran enemigo, se ha parcelado el país, de forma que ya no es posible siquiera decir España sin que alguna parte del territorio se sienta incómoda, y, de paso, se ha metido a los partidos de izquierda en una encrucijada que les está perjudicando. Este error se repite incluso en la estructura de los partidos políticos. Unidos Podemos se ha construido a partir de alianzas con grupos dispares, lo cual conduce a frecuentes tensiones internas y tiende a fragmentar la formación, ya que cada uno de ellos busca su interés, a menudo diferente del de los otros grupos de la coalición. Como no existe una idea cohesionadora, porque en su marco teórico no era necesaria, en el momento en que los números van hacia abajo todos se alejan, porque tienen que mirar por sí mismos.

Este olvido del conjunto ha sido criticado recientemente, también desde la izquierda, como bien recogía Víctor Lenore en un reciente artículo. Jessa Crispin, en su estupendo 'Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista', se separa de esas corrientes que centran sus esfuerzos en señalar a personajes individuales olvidándose del carácter global del problema. Actúan como el sector bancario, que crucificaba a Madoff mientras no tocaba una coma del funcionamiento general. Estas son las palabras de Crispin: “No podemos crear un mundo seguro abordando la misoginia con un enfoque individual. Se trata de nuestra cultura en su conjunto, cómo recompensa la inhumanidad, cómo funciona a base de dinero, cómo incita a la desconexión y el aislamiento, cómo genera una desigualdad y un sufrimiento enormes. Ese es el enemigo, el único enemigo que merece la pena combatir”.


Una idea clara de nación

Una crítica similar realizaba Mark Lilla, desde otra perspectiva, en 'The once and future liberal', donde señala que Roosevelt había unido a su pueblo apostando por “la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de vivir sin penuria y la libertad de vivir sin miedo [libertades que Roosevelt exigía para todos en todo el mundo]”. Con una idea clara de su nación y un programa inclusivo, logró integrar las aspiraciones de una gran mayoría de estadounidenses. Y eso, según Lilla, es lo que le falta a la izquierda.

Pero España no está en esa tesitura, sino enredada en sus peleas. Esta falta de comprensión del conjunto, esta parcelación que expulsa a una mayoría de ciudadanos, esos que no pertenecen a ninguno de los subgrupos o que no se reconocen en ellos, se agrava cuando la izquierda sigue anclada en sus esquemas, sin reconocer que algo está ocurriendo ahí fuera y no forma parte de ello. Por sintetizar, hay dos posturas mayoritarias: unos apuestan por conectar con una parte más grande de la sociedad, a la que denominan clase obrera, pero que más que una categoría es la prolongación de esquemas de hace 40 años. Desde su visión, España no ha cambiado mucho; en lugar de hablar de las limpiadoras de hogar que van a casa de los ricos lo hacen de las teleoperadoras, en lugar de los 'heavies' de barrio están los que escuchan trap y reguetón; en lugar de la gente que ha venido del pueblo, la que ha venido de otro país, y de fondo la oligarquía de siempre, los señoritos, que ya no están en el cortijo sino en los consejos de administración de las eléctricas.


La izquierda cultural

Esa visión es refutada por la izquierda cultural, que reconviene a sus primos obreristas con frecuencia para señalarles que, en palabras de Errejón, “las personas no deducen sus posiciones políticas de su posición en el sistema productivo, del lugar geográfico donde viven o de ninguna característica de su nacimiento. Toman posiciones en la vida política a través de identidades, que son relatos racionales y emocionales...”. Esta lectura es curiosa, porque reproduce lo que suele decirse respecto del mérito en el entorno liberal (da igual de dónde vengas o quién seas o tus recursos: si demuestras que vales, triunfarás) aplicado a la identidad (da igual todo, siempre y cuando coincidas con el relato, serás quien tú quieras), y porque tiene el pequeño problema de que cree que es posible operar en el vacío. Y como han demostrado los éxitos del populismo de derechas, no es así. Como solía decirse, las condiciones materiales constituyen el marco en el que se desarrollan los discursos y las identidades de cada época.

Pero, en fin, estas son discusiones ociosas, porque muestran dos posiciones que han renunciado a jugar un papel principal en la política española. Si la izquierda entendiera cómo funciona el sistema en el que se inserta, cuáles son sus variaciones y sus novedades respecto de épocas anteriores, podría establecer opciones inclusivas que resultasen atractivas para la mayoría de la gente en lugar de centrarse en las partes del conjunto. Y si además lograse establecer discursos con los que la gente pudiera identificarse, su suerte sería otra. A juzgar por lo que nos ofrece, queda mucho para llegar ahí. Eso sí, el problema no estará en ellos, sino en quienes de un modo u otro adoptamos una posición crítica con su deriva.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2018-01-12/izquierda-problemilla-lilla-trabajo-consumo-izquierda-cultural_1504711/




A la gente de derechas le importa un pito la percepción que tengan los demás sobre su ideología, mientras que a la gente de izquierdas este asunto le obsesiona hasta la psicosis

Se escribe sin parar sobre los motivos por los que la derecha está aplastando a la izquierda en todas las elecciones y todos los países, pero no he leído a un solo analista que señale la ventaja más indiscutible y absoluta que tiene el bando conservador. ¿Preparados? Es simple. A la gente de derechas le importa un pito la percepción que tengan los demás sobre su ideología, mientras que a la gente de izquierdas este asunto le obsesiona hasta la psicosis.

Cada ideología tiene su miedo atávico. Quizás el más atroz para la derecha sea la posibilidad de que un hijo le salga marica. Es un peligro concreto y poco probable, siempre que el hijo no pase demasiado tiempo en casa de su catequista. En cambio, la gente de izquierdas vive acojonada por una amenaza mucho más tangible: que cualquier desconocido los llame fachas, machistas, racistas, etc. Es decir: que cualquiera piense que no son de izquierdas.

Por eso envidio a la gente de derechas. Si alguien los llama progres, lo más probable es que se rían en su cara. De ahí que se permitan decir que son de centro. Juegan a confundir porque no les importa lo más mínimo el verdecito. ¿Recordáis que Gallardón se pusiera nervioso cuando 'El País' decía que era un alcalde tan guay que incluso podría ser del PSOE? Evidentemente que no. Pero pensad en los nervios de Errejón cuando medio Podemos empezó a llamarlo menchevique. Para un izquierdista no hay nada peor.

En realidad, no deberíamos preocuparnos tanto, pero no podemos evitarlo. Pensemos un momento en lo que significa ser de izquierdas. ¿Preocuparse por el Tercer Mundo, leer a Marx, creer en la redistribución de la riqueza, luchar por la dignidad de los saharauis, llevar pegatinas en el jersey? Un poco de todo eso, pero sobre todo algo mucho más extenuante: es hacer un esfuerzo constante de relaciones públicas.

¿Queréis pruebas? Vale. ¿Cuántos libros existen sobre lo que significa ser de derechas? Ni uno solo. Coged ahora cualquier libro de política progresista de las mesas de La Central, y las probabilidades de que os topéis con alguna clase de manual de autoayuda para izquierdistas serán enormes. Y más. ¿Cuántas canciones para adolescentes hablan sobre lo mucho que mola ser de derechas? Exacto, ni una. Pero haced un repaso a las letras de todos los grupos estilo Reincidentes y, cuando terminéis, podréis escribir un manual de izquierdismo y con un poco de suerte vender tres ejemplares en La Central.

Un brevísimo ejercicio de imaginación terminará de asentar esta teoría. Imaginemos un mundo en el que todos los habitantes son de derechas y estaremos viendo un lugar en el que han desaparecido por completo las discusiones ideológicas. El equilibrio parece la consecuencia lógica de hacer trampas con la balanza, pero ahora imaginemos lo contrario, un mundo donde todos los habitantes son de izquierdas. ¿Cabe imaginar un escenario donde abunden más las valoraciones sobre la ideología de los demás?

La psicosis, el postureo y la vigilancia mutua de la izquierda son las tres patas del bicho que la está devorando por dentro. Y esto es así porque una parte de la izquierda, además de vivir obsesionada con su propia ideología, vive obsesionada con la ideología de los demás. Son lo que llamo para mis adentros la izquierda facha: dogmáticos, superficiales y autoritarios. Vigilantes de oficio que encuentran un enorme placer y cosechan un gran éxito en el ejercicio inquisitivo de desenmascarar.

Una parte de la izquierda vive obsesionada con la ideología de los demás. Son lo que llamo para mis adentros la izquierda facha

Pues bien: son más fuertes que nunca y le están alfombrando el camino a la derecha. El miedo atávico de los izquierdistas a ser considerados fachas se ha convertido en nuestra mayor debilidad. Dedicamos tanta energía a los ejercicios enrevesados de corrección política y a la gestión pública de la reputación y la identidad, que no nos queda ni un suspiro para sacar de La Moncloa a Mariano Rajoy, y no digamos para planificar una alternativa sólida a las políticas atroces de precariedad y austeridad.

Dado que esto no tiene pinta de ir a cambiar en los próximos años, los auténticos fachas podéis estar tranquilos. Pase lo que pase, vais a ganar.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2018-01-12/izquierda-facha_1504874/



Cuando tu oferta principal, aquello que cohesiona a grupos dispersos, es la promesa de triunfo y fracasas, la magia se rompe

Muchos lectores probablemente lo ignoren, pero la izquierda anda metida en un proceso de debate interno desde que comenzó a circular un reciente artículo de Víctor Lenore en el que se hacía eco de varias voces críticas con el entorno neoprogresista. El texto sirvió de espoleta y recibió tantos ataques furibundos como alabanzas.

El artículo llegó en el momento justo, y Lenore es un buen blanco para establecer la discusión a partir de la persona mucho más que de las ideas, por lo que era previsible que generase polémica. Pero el trasfondo es más profundo que la indignación ante un texto en concreto, y tiene bastante que ver con la crisis en que anda inmerso Podemos y con el desánimo que se ha generado en la izquierda española ante la falta de una alternativa política real y concreta en un instante difícil. Pero para entender qué se está moviendo, conviene recapitular.

“Sabemos tener éxito”

Cuando Podemos irrumpió, prometió algo que no tenía que ver con un modelo de España, con una idea clara de la economía o con una visión de futuro; creó notables expectativas por dirigirse a los suyos con unas palabras que llevaban mucho tiempo esperando oír: “Vamos a tener éxito”. Dado que su arranque fue espectacular y lograron pasar de la invisibilidad política a ocupar el centro del debate, se empezó a creer en sus líderes como las figuras que serían capaces, por fin, de ganarse a grandes capas de la población. Ese era el centro real de su discurso, y esa fue la fuerza que cohesionó a grupos políticos de posiciones dispares en torno a nuevos dirigentes.

La otra pata de su oferta fue una teoría con la que justificaban su posición, pero que en lugar de contener una visión sobre la sociedad y sobre nuestro futuro, desplegaba una serie de argumentos con los que reforzaban la idea de fondo, que ellos sí sabían triunfar. El problema es que todas sus reflexiones teóricas eran sobre estrategia, sobre cómo llegar a lo más alto, pero apenas sobre los problemas concretos de la sociedad. A eso le añadieron un cierto desprecio por sus predecesores, en plan “vosotros sois el pasado, retiraos, no comprendéis lo que está pasando y vais a permanecer siempre en el lado izquierdo y muy minoritario del tablero”. Eran jóvenes, eran listos y tenían la fórmula.

Y así fueron las cosas hasta que la promesa se rompió. Ocurrió exactamente la noche de las últimas elecciones generales, las segundas. No había más que echar un vistazo a la foto de familia para entender hasta qué punto la sensación de fracaso era grande, y lo más importante, cómo cada uno de ellos culpaba a los demás. Al día siguiente, publiqué un artículo titulado 'Por qué Podemos está muerto', en el que subrayaba que ya no tenían opciones como partido de mayorías, que fue criticado como propaganda derechista en esos sectores, y en el que hacía una apuesta de futuro que se ha ido cumpliendo. Pero era muy fácil de prever: cuando tu oferta principal, aquello que cohesiona a grupos dispersos, es la promesa de triunfo y fracasas, la magia se rompe. Entonces queda la materialidad del partido: facciones que se llevan entre mal y muy mal, problemas personales entre los líderes, un conjunto compuesto de formaciones que no están integradas en la tuya, como eran las confluencias, y una dinámica interna que no conducía a la reflexión general sino a la culpabilización ajena, cuando no a la purga. El futuro no podía ser bueno.

El futuro ya está aquí

Estamos en ese momento en el que el futuro les ha encontrado. Podemos se ha convertido en una IU fuerte, carece de peso en la política nacional y, peor aún, casi nadie en España confía en que pueda remontar el vuelo. Las elecciones catalanas han supuesto una constatación cruel de cuál es su lugar hoy. Y entonces llega el artículo de Lenore, que mete el dedo en el ojo justo cuando está más sensible.

Iglesias está encerrado con sus fieles, Errejón piensa que ha llegado la hora de tomar Madrid (hasta está convencido de que ganará las elecciones) y después el partido, e IU anda pensando si es mejor o peor ir de la mano de los primos a las próximas generales. Todos están reflexionando sobre qué hacer, y entienden urgente tejer nuevas estrategias que les permitan regresar a posiciones mejores. Eso en el lado más o menos amable; en el otro, está la lucha por situarse en las listas de las siguientes elecciones, algo que también condiciona los debates.

¿Y qué han hecho?

En este contexto, que alguien les diga que están fracasando, que hasta la derecha lo ha hecho mejor y que,de seguir así están condenados a permanecer en círculos minoritarios, ha servido para que iniciaran un debate que estaban deseando tener y que nadie se atrevía a proponer en público. No es extraño que la reacción más frecuente a los artículos citados fuera: “No tienen razón, pero...”.

Pero una vez puestos a ello, han hecho dos cosas. La primera resultaba muy previsible, como era la de atacar a los mensajeros, en algunas ocasiones mediante alusiones gruesas, en otras mediante reprobaciones ideológicas; lo cual no deja de ser sorprendente, ya que la misma gente que contribuyó al fracaso venía a enmendar la plana a los críticos como si nada hubiera pasado.

Obreristas contra culturalistas

La segunda deriva es todavía peor, porque han oído lo que querían oír. Después de todo lo ocurrido, siguen manteniendo los mismos debates que antes (hace, dos, tres, cuatro años). Sus discusiones tratan acerca de la estrategia y no de los problemas comunes de los españoles. Los partidarios de las posturas obreristas se oponen a los culturalistas, otros insisten en que la clave es la estructura interna, que tiene que ser mucho más democrática y participativa para que la gente acuda en masa, y se enredan con discusiones sobre alta y baja cultura, sobre si los votantes de Trump fueron o no los obreros, o sobre si la culpa fue de Vistalegre I.

Dicho de otro modo, cuando los resultados les han señalado que van por mal camino, se han cerrado sobre sí mismos; quien decía que la solución eran Laclau y Gramsci, ahora cree que todo se arregla con más Laclau y Gramsci; quien insistía en la necesidad de llegar a la clase trabajadora, ahora cree que no hay otra que ser mucho más obrerista; quien defendía un partido mucho más horizontal, cree que la única solución es quitar poder a los líderes y dárselo a las bases. Y así sucesivamente. Cuando la realidad les ha desmentido, su apuesta consiste en hacer más de lo mismo.

Otra mirada

Los resultados electorales y su apoyo social les han señalado que hay elementos fuera de su marco de pensamiento que deberían tener en cuenta, que es hora de que amplíen la mirada y de que tomen en consideración otras perspectivas y otras variables, porque las suyas no les han servido para lo que prometieron. Una de ellas sería entender qué revela sobre nuestras sociedades que Cs gane en Cataluña, Trump en EEUU, que Le Pen sea la segunda fuerza en Francia o que la derecha esté triunfando en toda Europa, y en esa dirección también iba el artículo de Lenore.

Hay muchos más cambios sobre los que reflexionar, pero no es la dirección que han elegido: prefieren discutir de nuevo entre ellos, aunque en esta ocasión lo hagan a través de personas interpuestas. En realidad, algunos de estos debates lanzados en la izquierda no son más que ajustes de cuentas que reproducen a otra escala lo que se ha estado haciendo por arriba: culpar a los demás de que las cosas vayan mal.

Posibilidades interesantes

Se pueden hacer muchas lecturas sobre por qué la izquierda está fracasando, pero sin duda esta es una de ellas, y no de las menores: esa ruptura de las posiciones comunes en circulitos privados, en pequeñas escuelas, que alejan a quienes no piensan como ellos, es un problema grave. Y con una derivada sustancial: que no les permite salirse del marco teórico en el que habitan. Discuten entre ellos, se entienden porque hablan una lengua común, que a menudo no es comprendida por el resto de la sociedad, se vuelven contra los de fuera, pero no son capaces de añadir nuevas ideas, de tomar en cuenta otras perspectivas o de replantearse sus ideas incluso cuando los hechos ofrecen motivos de duda.

¿Son estos los únicos debates que están produciéndose en la izquierda? Desde luego que no. Hay otros en los que participa gente con talento, que entiende que la situación no es la mejor y que es prioritario comenzar a pensar en el futuro. Que tienen vocación de encontrarse con los demás, de aprender de otros puntos de vista, de pensar fuera de su tradición, que prefieren lo común a las parcelas (las ideológicas y las territoriales). Algunas de estas aportaciones ya se han producido (y, por suerte, desde fuera de Madrid). Si estas voces son mayoritarias en el debate, y no las de las capillitas que creen tener la fórmula para salvar el mundo, se abrirán posibilidades mucho más interesantes para el futuro.

Fuente: https://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2018-01-28/y-luego-dicen-que-por-que-fracasa-la-izquierda_1512110/




La derecha también es culpable del independentismo por su tolerancia por interés electoral

Los debates sobre el futuro de la izquierda se han vuelto demasiado comunes, y de un tiempo a esta parte algo más enconados. Es normal, ocurre cuando los resultados no son buenos, lo que facilita que sus distintas facciones se culpen entre sí de los problemas. Estos enfrentamientos son contemplados con socarronería y satisfacción desde el otro lado de la línea ideológica, cuando no desde la hilaridad, y un buen ejemplo es el tuit de Jorge Bustos, el periodista autor de 'Vidas cipotudas': “Intelectuales de la izquierda burbuja descubriendo que a las clases populares les gustan la nación y la familia. Ya solo falta que descubran que también les gusta el capitalismo y llegamos por fin al siglo XXI”. No se trata de la opinión de una persona en concreto, sino de que su ironía define de un modo preciso el sentir de buena parte de la derecha: hemos ganado, la sociedad está de nuestro lado y hasta los otros se están dando cuenta.

Pero la derecha española y europea, la que ha venido gobernando o actuando como principal partido de oposición desde hace décadas, haría bien en guardarse sus chanzas hacia los rivales y empezar a mirar hacia dentro, porque está demostrando poco ojo respecto de los problemas que vienen. Su ceguera respecto de los tiempos queda dibujada en las afirmaciones de Stephen Schwarzman, CEO de Blackstone Group, en el Foro Económico Mundial en Davos 2018, cuando le preguntaron por los riesgos globales: "Es un momento de enorme ebullición, parte del cual ha sido creado por un estupendo crecimiento económico. Y la fiesta es realmente buena, sirven muy buena comida y bebida y estamos ganando dinero...”.

Un cambio radical

Hay varios motivos, si hablamos en términos puramente pragmáticos, por los que deberían abandonar sus copas durante un rato. Si examinamos el sur de Europa, en Portugal la derecha perdió el gobierno, como ocurrió en Grecia, y también en Italia, donde se está imponiendo Cinque Stelle y resurge la Liga Norte. Por no hablar de Francia, el país que tuvo que inventarse a Macron en unos meses para frenar al Frente Nacional. España resiste, pero a qué precio. Recordemos todo lo que hubo que hacer (dos elecciones, el apoyo de Cs, torcer el brazo al PSOE) para conseguir que hubiera Gobierno, y no perdamos de vista el presente, ya que se está empujando con insistencia desde las élites a Rivera para ver si logra superar a Rajoy de una vez.

O fijémonos en el Reino Unido, donde siguen los conservadores en el poder pero pagando el precio de haberle comprado las tesis al UKIP y consentir la salida de la UE. O Alemania, donde Merkel se perpetúa, pero con la necesaria ayuda de unos socialistas cada vez más empeñados en desaparecer. O EEUU, donde un candidato ridículo fue capaz de doblar sucesivamente el espinazo al partido republicano y al demócrata.

Nacionalismo, ley y orden

Reparemos en el resto de Europa. Bloomberg acaba de publicar un análisis sobre los resultados electores de las pasadas décadas en 22 países europeos, en el que señala cómo el apoyo a los partidos populistas de derecha y los de extrema derecha es el mayor en los últimos 30 años. Obtuvieron como promedio el 16% del voto en las elecciones parlamentarias más recientes en cada país; en 1997 era del 5%. Fijémonos en lo que ocurre en Hungría y Polonia, o en Eslovaquia, o en Finlandia, Suiza y Austria. O en por qué la República Checa quiere acercarse mucho más a Rusia.

Estos nuevos partidos no están tan contentos con el capitalismo existente, global y muy liberal como nuestra derecha afirma: son mucho más nacionalistas, ponen el acento en la ley y el orden, y a menudo adoptan posiciones proteccionistas. Pero todo esto, y hay que resaltarlo, era esperable, porque es el fruto de la traición de la derecha a su propio electorado.

¿Familia y religión?

Si la izquierda se olvidó de sus votantes, en el otro lado de la calle tampoco pueden sacar pecho. La traición a los suyos ha sido muy evidente en muchos terrenos. Por ejemplo, con la familia, un eje central del pensamiento conservador. En España, las posibilidades de tener hijos y mantenerlos son mucho más complicadas, y todo conspira para que exista una natalidad baja. La relación con los mayores no es la idónea, porque la escasez económica y los horarios laborales no permiten que nos hagamos cargo de las personas que, al envejecer, necesitan cuidados; y si los mayores tienen buena salud, se convierten en quienes crían a los nietos o en quienes ayudan a los hijos económicamente cuando las cosas van mal: y si la familia es monoparental, las dificultades para compaginar el trabajo y los hijos son enormes. Tampoco en un terreno que siempre les ha sido propio, como es el de la religión, han sabido contentar a los suyos. Se han acercado instrumentalmente a ellos, han realizado declaraciones más altisonantes o menos, según conviniera, pero son un sector claramente descontento.

Y para qué hablar de la nación. El asunto catalán ayuda, porque sirve para activar el sentimiento patriótico, pero, seamos honestos, cada vez que había que hacer concesiones para que alguno de los partidos nacionalistas apoyase al Gobierno no pusieron ni una pega. Entonces la unidad no importaba tanto. Si la idea de España fuera tan importante, se habría hecho algo para evitar que fuésemos un país sin peso en Bruselas o Berlín, y que no fuese conocido solo por el ladrillo, el sol y los servicios. Tampoco ha habido un plan para mejorar la vida del común de los españoles, sino que, antes al contrario, no han hecho más que empeorarla. (O las cesiones a los nacionalismos periféricos por interés electoral durante toda la democracia)

Pymes, policías y soldados

Si echamos un vistazo a los grupos que tradicionalmente apoyaban a la derecha, el panorama no es mejor. Los autónomos y los pequeños empresarios lo tienen más difícil que nunca: más cargas, más impuestos, más dificultades. Quienes siguen votando a la derecha deben hacerlo por tradición, porque no ha hecho más que perjudicarles: tantos años de beneficiar a las grandes empresas a costa de las pequeñas tienen consecuencias. También eran el partido por excelencia de los guardias civiles y policías nacionales, y el resultado para estos colectivos es que tienen menos personal del necesario, sometido a demasiados recortes y con sueldos que no son precisamente elevados. Del ejército ya no hablemos; cuenta cada vez con menos efectivos, por lo que un soldado debe cumplir las funciones de varios, no recibe un especial apoyo por parte del Gobierno, los recortes siguen llegando y su salario deja mucho que desear, en especial cuando se tienen que jugar la vida. Y lo de los taxistas es ya de risa: la mejor forma que se les ha ocurrido de conservar su voto es apoyar a Uber y Cabify. Paro aquí, pero hay muchos más ejemplos. No es extraño, entonces, que el votante vaya buscando otras opciones, por un lado o por otro del espectro ideológico.

Esto no acaba aquí, por más que se lo parezca a nuestros chicos de la derecha. Este capitalismo no gusta ni a los capitalistas convencidos, de manera que imaginad a los demás. Y en un contexto en el que la geopolítica comienza a ser más importante que nunca, las tensiones van a aumentar, no a frenarse.

Lo que viene

Y no puede ser de otra manera. Cuando el 10% más rico de la población española concentra más de la mitad de la riqueza total (53,8%), y el 1% posee una cuarta parte, casi lo mismo que el 70% de la población (que tiene el 32,13%); cuando los salarios siguen bajando en los sectores más necesitados; cuando nos vamos a jubilar más tarde y con pensiones menores; cuando los pequeños y medianos empresarios van cerrando sus negocios para que las grandes empresas sean más grandes; cuando se nos acabe el colchón que padres y abuelos lograron conseguir en años mucho mejores; cuando las empresas nacionales hayan dejado de ser por completo nacionales, y cuando el trabajo escasee aún más como efecto de la digitalización y la robotización, cuando todo eso ocurra, la fractura social será mucho mayor.

Una sociedad desigual produce inestabilidad, y una muy desigual, mucha inestabilidad. Pero la derecha puede seguir refugiándose en mantras tipo la globalización es buena, con la formación se soluciona todo o el peligro son los totalitarismos mientras siguen tomando copas y comiendo canapés caros. Puede pensar que todo está controlado porque Macron ganó en Francia y ellos ingresan mucho dinero, más que antes. Pero no es así. O quizá lo sepan y les dé igual, porque solo aspiran a disfrutar de la fiesta mientras dure. Pero un capitalismo que nos conduce al siglo XIX está abocado a generar muchos problemas internos, y sus descontentos están comenzando a provocarlos.